John Darnton - Ánima
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– Exacto.
– ¿Cuál es el principio operativo?
– Trabaja como tu tomógrafo de resonancia magnética, sólo que mejor. Lo he revestido con un material que reduce la interferencia del cráneo. Los electrones móviles en el cerebro crean un campo magnético que es recogido por los electrodos. La actividad cerebral es registrada y escaneada en un modelo neuronal en esta pantalla. -Señaló con la cabeza una consola de ordenador que había a un lado. Luego tocó las hueveras-. Aquí está el verdadero descubrimiento. El escáner nos permite leer el cerebro y ver lo que está haciendo. Pero ¿cómo podemos enviar mensajes de regreso? Para eso están estas pequeñas criaturas. Cada una de ellas encaja dentro de los párpados y cubre por completo el globo ocular. No puedes parpadear, de modo que inyectamos solución salina continuamente a través de estas aberturas laterales.
Señaló unos tubos diminutos. – ¿Por qué los ojos?
Quincy lo miró con arrogancia.
– El sistema visual es el camino más eficaz para llegar al cerebro. El nervio óptico es nuestro punto de entrada y podemos recorrerlo como si se tratase de una superautopista justo hasta el interior del cerebro.
Quincy parecía más explícito, ahora que estaba entrando en calor. Continuó con su explicación:
– ¿Qué sucede cuando ves algo? Pues que la retina transforma la luz en señales nerviosas. Estas señales son enviadas a las neuronas internunciales, que las transmiten a través del nervio óptico al núcleo geniculado lateral y luego a la cuarta capa de la corteza visual primaria. -En el lóbulo occipital.
– Exacto. De modo que, básicamente, todo lo que tenemos que hacer es codificar las señales del ordenador para imitar las señales retinales. Eso engaña al nervio óptico, que las conduce hasta el lóbulo occipital. Éxito asegurado. -De modo que no sólo puedes oír lo que dice el cerebro, sino que también puedes hablar con él.
– Así es -dijo Quincy-. Descodificar y codificar, ambas cosas. Un circuito perfecto.
– ¿Y crees que realmente puedes alimentarlo con información? ¿Con conceptos?
– Información, sí. La convertimos en megabits a través del ordenador y la descargamos. Ahora bien, es más difícil con pensamientos abstractos y conceptos. Implican la intervención de más de un centro cerebral. No lo sabremos hasta que no lo hayamos intentado.
– ¿La información permanecerá allí?
'-No hay ninguna razón para que no sea así. Contamos con la capacidad del cerebro para seleccionarla y enviarla al área correcta. Podríamos ser capaces de alcanzar esa vasta zona de la corteza cerebral que no se utiliza. Podríamos, al menos teóricamente, conectarte y proporcionarte una segunda lengua. O implantarte la teoría de la relatividad. O un conocimiento enciclopédico de la pintura del Renacimiento.
A Cleaver le resultaba difícil reprimir su admiración y dudó un momento antes de expresar la idea que le quemaba por dentro.
– O sea, que tú crees… que es posible que pudiese funcionar en sentido inverso…
– ¿O sea…?
– ¿Que el cerebro pudiera salir al exterior?
Quincy se echó a reír.
– Es posible, pero remoto. ¿Quién sabe? He hablado de una autopista… una autopista que corre en ambas direcciones. Si la transmisión nerviosa corre en la otra dirección, podría ser factible conectar el cerebro a un ordenador y explorar su interior para acceder a toda la información que tiene almacenada.
Cleaver sintió que se le aceleraba el pulso e hizo un esfuerzo para que se normalizara. Eso era lo que había estado esperando.
– O sea, que crearías una inteligencia externa, un añadido al cerebro fuera del cerebro.
– Un exocerebro. Una forma de inteligencia mejorada artificialmente. Imagina que se pudiera conectar a Deep Blue con Kasparov. Tendríamos el alcance de la inteligencia humana combinado con la velocidad de cálculo del ordenador.
Volvió a colocar el casco en su lugar y deslizó la camilla nuevamente al interior del tubo.
– Lo único es que… tendría que ser una unión breve. – ¿Y eso por qué?
– Este proceso requiere tanta potencia, la microcodificación, que el sistema no puede soportarlo durante mucho tiempo sin hacerse pedazos. Imaginamos que duraría unos siete minutos.
– ¿Y qué le sucedería a Kasparov?
– Si aún está allí, yo diría que estaría bien jodido. Esa parte no regresa. Y Deep Blue empezaría a pedir caviar. -Muy gracioso.
Cleaver trató de que sus palabras sonaran sarcásticas, pero era difícil. De pronto sentía un gran respeto por aquel joven desgreñado cuyo rostro estaba cubierto de granos rojos.
– Ahora permíteme que yo te haga una pregunta -dijo Quincy-. ¿Sigues obsesionado con todo ese asunto, cómo lo llamas, el ánima?
Ahora le tocaba sonreír a Cleaver. -Sí y no -respondió.
Scott estuvo paseando arriba y abajo de la sala de espera durante cinco horas. Tenía la sensación de que ya conocía esa habitación de memoria, como si hubiese estado yendo allí desde hacía años. La misma vieja mesa baja barnizada de marrón oscuro y cubierta con revistas ajadas, las mismas persianas llenas de polvo, y los mismos grabados ingleses falsos en las paredes, jinetes con chaquetas rojas persiguiendo a un zorro por la verde campiña.
No se le daba bien esperar. Ni tampoco tratar con grandes instituciones como los hospitales. Su tamaño lo desanimaba y sus sistemas burocráticos ofendían su sentido de la individualidad, provocando en él una rebeldía casi infantil. Tendía a pensar en todos los médicos, enfermeras y ayudantes en el genérico colectivo, representado en el pronombre «ellos», como en: «Ellos no te dicen lo que está pasando. No se morirán si dan alguna información» Y ahora, en ese hospital en particular, se sentía totalmente dependiente de ellos, impotente. No era culpa suya, eran bastante agradables, especialmente esa cirujana, Kate. Pero Scott se sabía un hombre en crisis que observaba cómo su vida se iba por el desagüe sin poder hacer nada. Los médicos, las enfermeras y los ayudantes eran su única esperanza, y no confiaba en ellos.
El tiempo se había detenido, ya no era consciente de él, y, sin embargo, todo, incluso una vuelta alrededor de la sala de espera, le parecía interminable. El mundo se movía a cámara lenta, excepto cuando se desprendía de su eje y comenzaba a sacudirse violentamente.
Ellos le habían dicho, cuando estuvieron reunidos el otro día – ¿cuándo había sido?, ¿sólo había pasado un día y medio?- que la operación sería larga. Pero eso era interminable. El día antes por la mañana, cuando llamó por teléfono para dar su consentimiento, Kate le había respondido con simpatía y apoyo y había conseguido que se sintiera mejor, más fuerte en su certeza, al decirle: «Creo que ha tomado la decisión correcta. Quiere ofrecerle a su hijo todas las posibilidades». Y cuando había llegado al hospital esa mañana, incapaz de desayunar, buscando torpemente el dinero para pagar al taxista, ella se había sentado con él y le había explicado pacientemente todos los detalles de lo que pensaban hacer en la sala de operaciones. Kate había conseguido que todo pareciera factible utilizando un tono distendido, pero él pudo percibir el enorme vacío de incertidumbre. Luego había llegado Saramaggio, y se había detenido en la puerta de la pequeña oficina como lo hacen los hombres altos. Su porte era solemne, pero Scott no pudo evitar tener la impresión de que el cirujano apenas era capaz de contener su nerviosismo. Después de todo, estaba a punto de embarcarse en un «procedimiento» que los estudiantes de medicina_ aprenderían en los años futuros.
Saramaggio había llevado nuevamente a Scott a su despacho, y Kate los había seguido. Una vez allí, el médico les había indicado que se sentaran, uno junto al otro, como si fuesen una pareja, había colgado su chaqueta de lana en el armario, se había puesto una chaqueta blanca y se había sentado detrás de su escritorio para explicar algunos de los «principios básicos», según sus palabras.
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