John Darnton - Experimento
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Jude se levantó y su pie pegó contra algo que se deslizó por el suelo. Lo recogió y se lo entregó a Skyler, que lo miró con pasmo.
– Esto era de Raisin -exclamó-. Su soldado de madera. Siempre lo llevaba consigo.
Se lo echó al bolsillo y luego se dirigió hacia la puerta.
– Vamos a la casa grande -dijo.
Mientras viajaba en el metro hacia su apartamento de la calle Ochenta y siete oeste, Tizzie no dejaba de pensar en que, no se enorgullecía de admitirlo, pero lo cierto era que había resultado ser una excelente espía. O, mejor dicho, una excelente espía doble, lo cual era dos veces más difícil, pues requería pensar permanentemente con dos cabezas.
Tío Henry había quedado excelentemente impresionado por su «informe» del viaje a Arizona. Ella había incluido bastantes hechos verdaderos -la terrible visita a la mina, el derrumbe y la enfermedad de Skyler- para dar verosimilitud al escrito. Sin embargo, no había explicado nada que pudiera dar demasiadas pistas. Aquello era como hacer equilibrios en la cuerda floja.
Por ejemplo: ¿debía incluir lo del coche que los persiguió al salir del bar de carretera? Eso dependía de quiénes, a juicio de ella misma, fueran los perseguidores. Si eran gente del Laboratorio y ella omitía el hecho -un suceso tan dramático-, entonces tío Henry se daría cuenta de que su sobrina hacía un doble juego y nunca volvería a confiar en ella. Pero si los villanos habían sido agentes renegados del FBI -y, felizmente, ella había tenido oportunidad de hablar con Jude después del abortado encuentro de éste con Raymond en el edificio Hoover-, entonces incluirlo en el informe supondría dar una valiosa pista a tío Henry. ¿Por qué tenía ella que estar al corriente de que el FBI andaba metido en el asunto? Y si tío Henry ya lo sabía, ¿por qué tenía que enterarse de que ellos también lo sabían? Dilemas y más dilemas.
Al fin, decidió no incluir el incidente en el informe. Y tío Henry no pareció darse cuenta de nada. Esto, a su vez, significaba que tío Henry no sabía nada de la persecución, lo cual hacía que el dedo de la sospecha dejara de apuntar hacia el Laboratorio. De pequeños detalles como aquél sacaban sus conclusiones los espías dobles.
Hubieron otras cosas que tampoco mencionó en el informe. Por ejemplo, no dijo nada del actual paradero de Jude y Skyler, ni de cuáles eran sus planes inmediatos. Le había explicado a tío Henry que los dos hombres temían que las líneas estuvieran intervenidas y evitaban hablar por teléfono de aquellos temas. De lo que tampoco dijo nada -pese a las peticiones en sentido contrario de tío Henry- fue de su vida afectiva. Tío Henry parecía sentir gran curiosidad por saber cuáles eran los sentimientos de su sobrina hacia Jude y Skyler. Y aquello era lo último que ella deseaba reflejar por escrito. Esta mala disposición se debía, en primer lugar, a que le desagradaba la idea de que un hombre metiera la nariz en sus sentimientos más íntimos; en segundo lugar, a que ella conocía a su tío lo suficiente como para temer el uso que pudiera hacer de la información; y en tercer lugar, ni ella misma sabía a ciencia cierta cuáles eran sus propios sentimientos.
Ahora se proponía tomar la iniciativa. Tenía que pasar del departamento de información al frente de batalla. Tío Henry había hablado de unas investigaciones. Tizzie deseaba participar en ellas y no dejaba de pedírselo a su tío. Necesitaba averiguar el motivo de la muerte de su madre y cuál era la enfermedad que afligía a su padre. Si realmente intentaban encontrar una vacuna, Tizzie deseaba participar. Como el propio tío Henry había dicho, le sobraba capacidad profesional para hacerlo. Y, como cualquier científico sabía, era imposible encontrar una vacuna si antes no se conocía la enfermedad. Quizá así podría encontrar algunas respuestas. Y quizá tales respuestas servirían de ayuda a Skyler y a Jude.
Se apeó en su estación, compró unas cosas en la tienda de comestibles y llegó a su edificio. Cuando apenas había introducido la llave en el buzón, advirtió que un hombre se hallaba esperando en el vestíbulo. Era tío Henry, que cada vez ocupaba un lugar más dominante en su vida.
Subieron a pie los dos tramos escaleras y Tizzie, que iba delante, reparó en lo mucho que la ascensión fatigaba a su tío. Una vez en el apartamento, le ofreció una taza de té o café, que él no aceptó. El hombre fue directamente al grano.
– Estamos muy contentos con tu informe -dijo-. Hemos decidido admitirte en nuestro laboratorio. Hay mucho por hacer y muy poco tiempo para hacerlo. Existen tres reglas que debes obedecer. Sigue las instrucciones. No hagas preguntas. Y nunca te muevas del lugar que te asignen. ¿Entendido?
Tizzie asintió con la cabeza. Aunque se le ocurrían infinidad de preguntas, se dijo que aquél no era el momento adecuado para formularlas. Sin embargo, supuso que había algo que sí podía preguntar.
– ¿Cuándo empiezo?
– Mañana.
Jude y Skyler no fueron hacia la casa grande por el camino principal flanqueado de viejos robles, pues hacerlo les pareció excesivamente arriesgado. En vez de ello, avanzaron entre los árboles sin perder de vista las ventanas y la puerta del gran edificio, intentando detectar algún indicio de vida.
Y no era que lo esperasen. La casa tenía todo el aspecto de hallarse abandonada. La mayoría de las ventanas estaban rotas, varias tuberías de desagüe se habían soltado y se agitaban a impulsos de la brisa, y un enorme árbol había caído sobre el tejado haciendo que toda una sección se derrumbase. Una de las columnas de la entrada se había desplomado hacia atrás, debido a lo cual la pequeña galería superior se hallaba inclinada y en precario equilibrio.
El lugar parecía viejo, decrépito, encogido… No se parecía en nada a la majestuosa morada que Skyler había reconstruido en su imaginación.
Cuando llegaron a la escalinata, Skyler se adelantó. Subió casi de puntillas los viejos peldaños de madera y trató de abrir la puerta principal. Estaba atascada. Cogió el tirador de latón con ambas manos y tiró con todas sus fuerzas. La puerta se abrió de golpe y pegó contra el muro exterior con tal fuerza que toda la casa pareció estremecerse.
Jude y Skyler se miraron y permanecieron medio minuto en tensa inmovilidad. Transcurrido ese tiempo, se tranquilizaron. Si aquel estrépito no había provocado reacción alguna, lo más probable era que el lugar estuviera desierto. Entraron en el edificio, ya sin miedo de hacer ruido.
En primer lugar se dirigieron a la sala principal del sótano, la misma en la que Julia y Skyler se habían metido a hurtadillas tantísimo tiempo atrás, cuando trataban de espiar a Rincón y de enterarse de lo que éste decía. Mientras bajaban por la escalera, Jude, que iba delante, se volvió a mirar a Skyler y advirtió su expresión de angustia y que su frente estaba perlada de gotas de sudor.
Esto tiene que hacérsele muy duro, pensó Jude.
Entraron en la sala de archivos, que estaba prácticamente vacía. Había dos archivadores a los que les faltaban los cajones. Una mesa había sido arrumbada a un rincón. Sobre el suelo había media docena de papeles. Jude los examinó. Estaban en blanco.
– Nada -dijo Skyler-. Aquí es donde estaban los archivos, toda la información.
A Jude se le cayó el alma a los pies al pensar que no podrían averiguar nada.
Apenas advirtió que Skyler había ido hacia la otra puerta, la que conducía al depósito de cadáveres. Para cuando quiso darse cuenta, Skyler ya había desaparecido y se encontraba en el quirófano. Jude fue tras él.
Afortunadamente, en aquella sala tampoco había casi nada que indicase cuál había sido su uso anterior. Se veían unos cuantos armaritos pegados a las paredes y algunos estantes vacíos.
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