Christopher Priest - Fuga para una isla

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África ha sido devastada por una breve guerra atómica y sus habitantes huyen por el mundo. Al cabo de un año, dos millones de africanos han llegado a Gran Bretaña, y poco después su desesperación se transforma en violencia, la violencia en anarquía, y la anarquía en una guerra civil de consecuencias imprevisibles. Como ha escrito Brian W. Aldiss, esta obra se sitúa “en la tradición de Wyndham, pero los dulces crepúsculos de Wyndham se han apagado y ahora la noche oscura del alma desciende sobre el mundo”.

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Pensé en Isobel y Sally y supuse que estarían recibiendo un trato similar en alguna otra parte. Mi única esperanza era que nos pudiéramos reunir antes de ir a dormir.

Mientras consumía el segundo cuenco de comida, pude advertir que varios hombres más entraban en la sala de vez en cuando y que recibían el mismo trato sin importar su raza. En mi mesa había más negros que blancos y, pese a que al principio me sentí incómodo, razoné que ellos, en idéntica situación a la mía, no representaban para mí ninguna amenaza.

Dos horas más tarde nos llevaron a otras barracas cercanas, en las que dormiríamos en estrechas camas dotadas de una sola manta y sin almohada. No vi a Isobel y Sally. Por la mañana me permitieron estar una hora con ellas.

Me explicaron lo mal que las trataban en las dependencias femeninas y que no habían podido dormir. Mientras discutíamos esto, oímos un informe relativo a que el gobierno había llegado a un acuerdo negociado con los dirigentes de los africanos militantes y que todo volvería a la normalidad en cuestión de días.

Fue esto lo que nos hizo tomar la decisión de regresar a casa con el argumento de que si nuestro hogar seguía en peligro volveríamos al campamento de refugiados.

Después de enormes dificultades nos pusimos en contacto con un oficial de las Naciones Unidas y le manifestamos que deseábamos marcharnos. Por alguna razón se mostró reacio a estar de acuerdo; alegaba que eran demasiados los que querían irse, y que tal cosa no sería prudente hasta que la situación se hubiera estabilizado. Le dijimos que considerábamos seguro nuestro hogar y él nos advirtió que el campamento se hallaba casi lleno y que si nos íbamos ahora, no podría garantizarnos un lugar en caso de que regresáramos.

Pese a ello, abandonamos el campamento tras recuperar nuestras ropas y nuestro coche. Aunque era obvio que nuestras maletas habían sido revisadas, no faltaba una sola de nuestras pertenencias.

En la época del segundo desembarco de africanos yo me encontraba en una pequeña población balnearia del norte de Inglaterra, en un simposio de académicos. Poco recuerdo de las sesiones. Puedo evocar, no obstante, que el acto estuvo bien organizado y que el programa fue seguido con rigor.

En dos ocasiones consecutivas dio la casualidad de que compartí mi mesa del comedor con una joven de Norwich y nos hicimos amigos. Durante el segundo de nuestros almuerzos en compañía se dirigió a mí un conocido de mis tiempos universitarios. Intercambiamos saludos y él se unió a nosotros en la mesa. Yo no deseaba verle, pero me mostré educado con él. Poco después, la mujer joven nos dejó.

Encontré mis pensamientos vueltos hacia ella durante la tarde, y aunque hice varios intentos por encontrarla, fracasé.

No se presentó a cenar, supuse que se habría ido de la conferencia antes de hora. Pasé el resto de la tarde en compañía de mi amigo universitario. Intercambiábamos reminiscencias de nuestras actividades estudiantiles.

Aquella noche, cuando me estaba desnudando en mi habitación del hotel, hubo una llamada a la puerta. Se trataba de la joven. Entró y compartimos el resto de media botella de whisky que yo tenía. Nuestra conversación fue poco importante. Ella me dijo su nombre, pero lo he olvidado desde entonces. Me pareció que estableceríamos una relación intelectual, aun cuando nuestro tema de plática no pasaba de lo trivial; pero era como si el denso contenido de las sesiones formales del día hubiera agotado la capacidad pensante de ambos, aunque no la habilidad para simpatizar.

Más tarde hicimos el amor en mi cama y ella se quedó en mi habitación el resto de la noche.

El día siguiente era el último de la conferencia y, aparte de una pequeña ceremonia en el salón principal, no habría ya actos formales. La mujer joven y yo compartimos una mesa para el desayuno, sabedores de que era probable de que esa fuera la última vez que estaríamos juntos. Fue durante el desayuno cuando llegaron las noticias del segundo desembarco de africanos y por varios minutos comentamos el significado del hecho.

Tras una confusa discusión con Lateef, me encontré actuando solo en un pequeño pueblo de la costa sur. Había sido muy claro para mí que Lateef no había hecho plan alguno y que mi misión en aquel momento estaba tan mal definida como habían estado sus instrucciones. Por lo que yo sabía, Lateef quería disponer de cierto tipo de armas defensivas contra eventuales ataques futuros, y los hombres que habíamos sido enviados a merodear íbamos a intentar conseguir algunas. Tenía poca idea, o ninguna, respecto a por dónde empezar o qué constituye una defensa efectiva. Yo estaba intranquilo pues la población se hallaba en territorio dominado por los africanos, y a pesar de que no se me molestaba en absoluto, tenía la sensación de que observaban mis movimientos. Todas las tiendas habían sido saqueadas. La calle principal era una desolada línea de almacenes arruinados cuyos estantes habían sido vaciados por repetidos pillajes, pero en una de las tiendas descubrí un instrumento para cortar vidrio, de tamaño pequeño, y lo guardé como única cosa de valor que allí había.

Avancé a lo largo de la orilla del mar. Había por ahí un numeroso grupo de refugiados blancos, establecidos en un tosco campamento de viejas chozas playeras y tiendas de campaña. Cuando me acerqué, me gritaron que me fuera. Caminé por lo que otrora había sido el paseo de la playa en dirección oeste, hasta quedar fuera de su vista.

Encontré una larga hilera de chales que, a juzgar por su aspecto opulento, debían haber estado ocupados por jubilados ricos en otra época. Me pregunté si los africanos planearían usarlos y por qué los refugiados que había visto no acampaban aquí. Los chales, en su mayoría, no estaban cerrados con llave y nada parecía impedir la entrada. Anduve a lo largo de la línea de edificios, echando un vistazo a todos. No conseguí alimentos o algo que pudiera ser usado como arma en ninguno de ellos. A pesar de que muchos seguían amueblados, las posesiones más transportables, como sábanas y mantas, habían desaparecido.

Cuando había recorrido dos terceras partes de la hilera de chales encontré un edificio totalmente desprovisto de muebles y con las puertas bien cerradas. Intrigado, penetré a través de una ventana e investigué. En una de las habitaciones de atrás noté que algunas de las tablas del suelo habían sido quitadas y vueltas a poner. Hice palanca con mi cuchillo y las levanté.

En el espacio por debajo de ellas había una gran canasta llena de botellas vacías. Alguien las había mellado trazando una línea diagonal con una lima en todas y cada una de ellas, para hacerlas así menos resistentes. Cerca de las botellas había un montón de trapos cuidadosamente plegados, cuadrados de unos cuarenta centímetros de lado. En otra habitación descubrí, también bajo las tablas del suelo, diez bidones de gasolina de veinte litros cada uno.

Consideré el uso de bombas incendiarias por nuestra parte y si valdría la pena informar de su presencia a Lateef. Era evidentemente imposible para mí trasladarlas por mis propios medios y sería necesario que varios hombres vinieran al lugar y las recogieran.

En el tiempo que llevaba con Lateef y los otros refugiados, se había producido una considerable discusión sobre los tipos de armas que nos serían de utilidad. Rifles y pistolas eran la primera necesidad, naturalmente, pero resultaban muy difíciles de obtener. Era improbable que alguna vez los consiguiéramos, a no ser que los robáramos. Además, existía el problema de las municiones. Todos llevábamos cuchillos, pero eran de características muy diversas. El mío había sido anteriormente un cuchillo de trinchar que yo había afilado hasta hacerlo de un tamaño y una agudeza útil.

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