Les dejé a última hora de la mañana, sabiendo que jamás podría expresar por completo, ni para mí mismo ni para ellos, lo que la breve estancia había obrado en mí. Me dirigí hacia la carretera de la costa.
No tuve dificultad alguna en la barricada. Los hombres que la guardaban fueron incapaces de comprender por qué yo deseaba abandonar la población, pero en cuanto dejé claro que mi auténtico deseo era marcharme, me permitieron pasar. Les dije que quizá regresara aquel mismo día, más tarde, pero me advirtieron que no sería tan fácil volver a entrar como había sido salir.
Caminé tres kilómetros por lo que antes habían sido calles suburbanas. Todas las casas estaban vacías y algunas habían resultado dañadas o destruidas. No vi un solo civil.
En varias ocasiones topé con pequeños grupos de soldados africanos, pero no me molestaron.
Al mediodía entré en una casa abandonada para comer los bocadillos de carne que la señora Jeffery me había dado. Bebí el frasco de té y lo lavé a continuación, comprendiendo que podría serme útil en el futuro.
Bajé hasta la playa y caminé por ella hasta llegar al lugar donde había descubierto el chalé con los materiales para hacer cócteles Molotov. Entré en el edificio por curiosidad y busqué las bombas, pero se las habían llevado.
Seguí andando por la playa. Me senté en los guijarros.
Media hora más tarde, un joven que paseaba por la orilla se acercó a mí. Entablamos conversación. Me habló de un numeroso grupo de refugiados que estaba a unos quince kilómetros hacia el este; se habían adueñado de un barco y planeaban navegar hasta Francia. Me invitó a ir con él. Le pregunté si el grupo iba armado y me contestó que sí.
Charlamos un rato de los africanos y el joven me explicó que esta población había sido plaza fuerte en otros tiempos, mas su organización había decaído. Aunque todavía se encontraban en ella cientos y cientos de soldados negros, estaban muy mal controlados y eran indisciplinados. Inquirí si él sabía algo del supuesto burdel africano y me confirmó su existencia. Dijo que había un gran trasiego de mujeres y que los africanos no tenían reparos en asesinar a las que no querían cooperar.
Me aseguró que el burdel se hallaba a menos de un kilómetro de allí y que podía guiarme si yo quería.
Le di las gracias, pero rechacé su ofrecimiento. Se marchó poco después, dándome instrucciones detalladas para encontrar al grupo que poseía el barco. Le dije que, en caso de que decidiera irme con ellos, estaría allí mismo la tarde siguiente.
Aguardé a que desapareciera de mi vista antes de caminar en la misma dirección.
Anduve lentamente hacia donde el joven me había indicado. Esto me obligó a abandonar la playa y continuar por las calles de la población. Había muchos más africanos en esta localidad y me di cuenta de que no iba a poder acercarme al edificio. Traté de acercarme desde distintas direcciones, pero siempre me detenían y me ordenaban que me fuera de allí.
El cansancio iba apoderándose de mí y regresé a la costa. Me senté en los guijarros y contemplé el mar.
Había mucho petróleo en el agua, y la playa, en numerosos lugares, se hallaba cubierta de un espeso lodo negro.
El silencio me consternó. No había una sola ave marina y las grasientas olas que rompían en la orilla eran despaciosas y carecían de espuma. La marea estaba bajando. En el mar, muy lejos, había un gran buque de guerra, pero no logré determinar su tipo o nacionalidad.
Lo que llamó mi atención por primera vez hacia los cadáveres fue la presencia de un batallón de soldados africanos que llegaron a la playa a medio kilómetro de donde yo me encontraba y después regresaron a la población. Me puse de pie.
Al andar, mis pies eran continuamente succionados por la espesa capa de petróleo que cubría los guijarros. Los cadáveres no podían verse con facilidad y, de no haber sabido que estaban allí, desde lejos los habría confundido con enormes porciones de petróleo coagulado. Todos eran negros y había diecisiete. Estaban desnudos y todos excepto uno eran mujeres. La negrura de la piel no correspondía a la de la pigmentación natural o la acción del petróleo, sino a pintura o betún. Avancé entre los cadáveres y pronto encontré a Isobel y Sally.
No advertí reacción alguna en mi interior. Más tarde sentí tristeza y mucho después una inquietante mezcla de terror y odio.
Aquella noche dormí en la playa. Por la mañana maté a un joven africano y le robé el rifle, y por la tarde me hallé de nuevo en la campiña.
Título original en inglés: FUGUE FOR A DARKENIG ISLAND
Traducción de César Terrón
Diseño de la portada: Julio Vivas
1972 Christopher Priest
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