Christopher Priest - Fuga para una isla

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África ha sido devastada por una breve guerra atómica y sus habitantes huyen por el mundo. Al cabo de un año, dos millones de africanos han llegado a Gran Bretaña, y poco después su desesperación se transforma en violencia, la violencia en anarquía, y la anarquía en una guerra civil de consecuencias imprevisibles. Como ha escrito Brian W. Aldiss, esta obra se sitúa “en la tradición de Wyndham, pero los dulces crepúsculos de Wyndham se han apagado y ahora la noche oscura del alma desciende sobre el mundo”.

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Por mi parte, me sentía intranquilo. La abrasada armazón de la casa de los Martin, frente a la nuestra, era un constante recordatorio de la violencia inherente a las patrullas, y el interminable desfile de gente sin hogar que deambulaba de noche al otro lado de las barricadas era en extremo inquietante.

Yo me encontraba durmiendo la noche en que cayó la barricada de la calle de al lado. Había oído decir que iban a reforzar la patrulla, pero yo estaba libre de servicio.

Nuestro primer conocimiento de la lucha fue el sonido de un tiro disparado en las cercanías. Isobel se llevó a Sally al piso inferior para protegerse bajo las escaleras y yo, mientras tanto, me vestí a toda prisa y fui a unirme a la patrulla de la barricada. Los hombres de mi calle contemplaban de manera sombría los autocamiones del ejército y las camionetas policiales que se hallaban aparcados en la vía principal. Una treintena de soldados armados se encontraba enfrente de nosotros, con evidente nerviosismo y propensión a los disparos impulsivos.

Tres camiones-cisterna pasaron con estruendo y desaparecieron entre la jungla de vehículos aparcados en dirección a la calle de al lado. De vez en cuando escuchábamos más disparos y el parloteo encolerizado. Hubo también algunas explosiones más duraderas y potentes, y un resplandor rojizo que fue apareciendo en las cercanías. Llegaron más autocamiones y camionetas y sus ocupantes corrieron hacia la calle. Nosotros, en nuestra barricada, no dijimos nada, demasiado conscientes de la flagrante provocación y de la insuficiencia absoluta de nuestra solitaria escopeta. Estaba cargada, pero mantenida fuera de la vista. En aquel momento no me habría gustado ser el hombre que estaba en posesión de ella.

Esperamos en la barricada toda la noche, escuchando los sonidos de la batalla a sólo cincuenta metros de distancia. El estruendo fue disminuyendo poco a poco mientras amanecía. Y vimos cómo se llevaban los cadáveres de varios soldados y policías y muchos más heridos eran recogidos por ambulancias.

Ya a plena luz del día, casi doscientas personas blancas, algunas vestidas sólo con pijamas, fueron escoltadas por la policía hacia una flota de ambulancias y autocamiones a kilómetro y medio de distancia. Al pasar junto a nuestra barricada, algunos hombres trataron de discutir con nosotros, pero fueron forzados por los soldados a seguir andando. Mientras pasaban, estuve observando a los hombres de nuestro lado de la barricada, y me pregunté si esa tremenda falta de expresividad estaría también en mi rostro.

Nos pusimos a aguardar que cesara la actividad en el exterior, pero el sonido de armas de fuego prosiguió con intermitencia durante muchas horas. Como no vimos el tráfico normal de la calle supusimos que había sido desviado por necesidad. Uno de los hombres de nuestra barricada llevaba un transistor y escuchamos ansiosos todos los boletines de noticias de la BBC con la esperanza de oír alguna palabra tranquilizadora.

A las diez de la mañana pareció que la situación se había calmado. La mayoría de los vehículos policiales se había ido, pero el ejército seguía allí. Cada cinco minutos sonaba un disparo. Unas cuantas casas de la calle de al lado continuaban ardiendo, pero sin señales de peligro de que los incendios se extendieran.

En cuanto pude me escabullí de la barricada y regresé a mi casa.

Encontré a Isobel y Sally todavía ocultas bajo las escaleras. Isobel estaba francamente descompuesta; había perdido todo su color, las pupilas de sus ojos estaban dilatadas y farfullaba al hablar. Sally no estaba mejor. Sus explicaciones fueron un relato confuso e incompleto de una serie de hechos que habían experimentado de manera indirecta: explosiones, gritos, disparos y el propagante crujido de madera ardiente… Todo ello oído mientras yacían en la oscuridad. Mientras les preparaba té y calentaba algo de comida hice una rápida inspección del daño sufrido por la vivienda.

Un cóctel Molotov había hecho impacto en el jardín y prendido fuego al cobertizo. Todas las ventanas de la parte trasera estaban rotas, y varias balas alojadas en las paredes. Mientras estuve en la habitación de atrás entró una bala por la ventana. No me alcanzó por pocos centímetros.

Avancé gateando hasta la ventana y atisbo por ella. Por lo general nuestra vivienda permitía distinguir las casas de la calle de al lado y los jardines intermedios. Mientras estuve arrodillado allí pude ver que sólo la mitad seguía intacta. Por las ventanas de algunas de estas casas observé los movimientos de varias personas. Un hombre, un negro bajito con sucias ropas, procuraba ocultarse en el jardín tras una sección de una valla. Era el que me había disparado. Mientras yo le observaba volvió a disparar, esta vez al edificio contiguo al mío.

En cuanto Isobel y Sally estuvieron vestidas, cogimos las tres maletas que habíamos hecho la semana anterior y las pusimos dentro del coche. Mientras Isobel recorría la casa y cerraba con llave de modo minucioso todas las puertas y armarios, conté nuestro dinero.

Poco después conduje el coche hacia la barricada, donde fuimos detenidos por los otros hombres.

—¿A dónde cree que va, Whitman? —me preguntó uno de ellos; era Johnson, mi compañero de patrulla tres noches antes.

—Nos vamos —dije—. Nos vamos con los padres de Isobel.

Johnson metió la mano por la abierta ventanilla, desconectó el encendido antes de que yo pudiera impedírselo y cogió la llave.

—Lo siento —dijo—. No se va nadie. Si nos vamos todos, los negros estarán aquí en un abrir y cerrar de ojos.

Se habían congregado varios hombres. Isobel, a mi lado, estaba tensa. Sally iba detrás. No me preocupé en pensar cómo le estaría afectando el incidente.

—No podemos quedarnos aquí. Nuestra casa da a esas otras. Que penetren por los jardines es simple cuestión de tiempo.

Vi que algunos de los hombres intercambiaban miradas. Johnson, cuya casa no se hallaba en el mismo lado que la nuestra, dijo obstinadamente.

—Debemos mantenernos juntos. Es nuestra única esperanza.

Isobel se inclinó por encima de mí y miró a Johnson de forma suplicante.

—Por favor —le dijo—. ¿Ha pensado en nosotras? ¿Qué me dice de su esposa? ¿Desea ella quedarse?

—Sólo es cuestión de tiempo —repetí—. Usted ya sabe cuál es la norma en otros lugares. En cuanto los africanos consiguen una calle para ellos, se propagan por el resto del distrito en unas cuantas noches.

—Pero tenemos la ley de nuestra parte —dijo uno de los otros hombres, apuntando con su cabeza en dirección a los soldados del otro lado de la barricada.

—Esos no están de parte de nadie. Podríamos derribar la barricada perfectamente. Es inútil ahora.

Johnson se apartó de la ventanilla del coche y fue a hablar con uno de los otros. Era Nicholson, uno de los dirigentes del comité de la patrulla. El mismo Nicholson se acercó al cabo de unos segundos.

—No se irán —dijo al fin—. Nadie se irá. Saque el coche de aquí y vuelva a sus obligaciones en la barricada. Es todo lo que podemos hacer.

Lanzó la llave de encendido, que cayó en el regazo de Isobel. Mi mujer la recogió. Di vueltas a la manivela de la ventanilla hasta cerrar por completo.

Al poner en marcha el motor dije a Isobel:

—¿Quieres que nos arriesguemos?

Isobel miró a los hombres que había frente a nosotros, el alambre de púas de la barricada y los soldados que había al otro lado. No contestó.

Detrás, Sally estaba llorando.

—Quiero ir a casa, papá —dijo.

Di la vuelta al vehículo y lo conduje lentamente hacia nuestra casa. Al pasar junto a una de las casas del mismo lado de la calle que la nuestra, escuchamos el llanto de una mujer en el interior. Miré a Isobel y vi que cerraba los ojos.

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