Joseph Conrad - Nostromo

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Así pues, afirmó una y otra vez este propósito en su despacho de Santa Marta, con voz tan suave e implacable y con guiños tan maliciosos, que los mejores amigos del agraciado le aconsejaron encarecidamente que no intentara el soborno para que se echara tierra al asunto. Hubiera sido inútil. Y aun tal vez peligroso.

Así opinó también una señora francesa, de gran corpulencia y vibrante voz, hija, según decía, de un oficial de elevada categoría (officier sup érieur de l'arm ée), que tenía por residencia un convento secularizado, en el que ocupaba varias habitaciones, inmediatas a las del ministro de Hacienda. Esta rozagante dama, cuando se le acercó alguien en nombre del señor Gould, guardando las formas convenientes y con una cantidad de consideración, movió la cabeza con expresión desmayada. Tenía buenos sentimientos y expresó lo que sentía. No quiso recibir dinero por un servicio que no podía prestar. El amigo del señor Gould encargado de la delicada misión solía decir después que era la única persona honrada que había conocido entre todas las relacionadas con el gobierno de cerca o de lejos.

– Es un cochino asunto que no tiene compostura -había respondido con la entonación bronca y viril que le era natural y empleando frases más propias de una hospiciana que de una huérfana de familia decente. -Es cosa perdida. Pas moyen, mon garçon. C'est dommage, tout de même. Ah! zut! Je ne vole pas mon monde. Je ne suis pas ministre… moi! Vous pouvez emporter vôtre petit sac. (No hay medio, hijo mío. Es lástima, sin embargo. ¡Ah! ¡Fiasco! Yo no robo a mi gente. No soy ningún ministro… ¡ministro yo! Puede usted llevarse su saquito.)

Por un momento, mordiéndose su rojo labio inferior, debió de deplorar allá en su interior la tiranía de los rígidos principios que gobernaban la venta de su influencia en elevadas esferas. Luego añadió con un tonillo intencionado, en que se traslucía un dejo de impaciencia:

– Allez et dites bien a vôtre bonhomme -entendez-vous?- qu’il faut avaler la pilule. (Vaya usted y dígale a su pobre hombre -¿entiende usted?- que hay que tragar la píldora.)

Después de semejante advertencia, allí no había más que hacer sino firmar y pagar. El señor Gould se tragó la píldora, y su efecto fue como si hubiera tomado un veneno sutil que afectara directamente al cerebro. Inmediatamente la mina fue su obsesión constante; y esa obsesión tomó la forma del Viejo del Mar irremediablemente montado sobre sus hombros, como el que, según se cuenta en Las Mil y Una Noches, había atormentado a Simbad el Marino. Comenzó también a soñar con vampiros que le chupaban la sangre. El señor Gould, sin embargo, exageraba las desventajas de su nueva situación, porque la consideraba influido por su sobreexcitada sensibilidad. La categoría y consideración de que gozaba en Costaguana no era peor que anteriormente. Pero el hombre es una criatura desesperadamente apegada a sus intereses; y la extravagante novedad del atropello inferido a su caudal le trastornó los nervios. Todos los que le rodeaban habían sido robados por las bandas grotescas de asesinos que jugaron a Gobiernos y revoluciones después de la muerte de Guzmán Bento. Sabía ya por experiencia que a ninguna pandilla de cuantas se apoderaban del Palacio presidencial le faltaban competencia y alcances para dejar de cometer sus depredaciones por no poder hallar un pretexto, aun cuando al fin el producto de tales arbitrios no respondiera a las esperanzas concebidas. Cualquier improvisado coronel del ejército de harapientos y gentuza que cayera en la localidad, no se mordía la lengua para exponer a un simple ciudadano sus derechos a recibir una suma de diez mil dólares, exigiendo provisionalmente y a dinero contante por lo menos mil. Esto no lo ignoraba el señor Gould, y, armándose de resignación, había esperado mejores tiempos. Pero lo que le sacaba de quicio era el que se le robara con apariencias de legalidad y de negocio. El señor Gould, padre, hombre de carácter honrado y perspicaz, tenía, no obstante, un defecto, y era el atribuir demasiada importancia a las formas y modalidades externas. De este achaque padecen todos aquellos cuyas ideas están afectadas por prejuicios. En el asunto de la mina veía tal malignidad y perversión de la justicia, que aquel ultraje, conmoviendo hondamente su concepto de la moralidad, de rechazo hería su vigor físico. "Esto acabará matándome", solía repetir muchas veces al día. Y realmente, desde entonces empezó a tener fiebre, dolores hepáticos, y sobre todo la idea fija de la violencia con él cometida, sin poder pensar en otra cosa. El ministro de Hacienda seguramente no llegó a comprender la refinada crueldad de su venganza.

Aun las cartas del señor Gould a su hijo Carlos, muchacho de catorce años, que a la sazón se estaba educando en Inglaterra, dejaron con el tiempo de tratar otros asuntos que el de la mina. El autor de las mismas se quejaba amargamente en ellas de la injusticia, los perjuicios incesantes y la violencia de la forzada adquisición. Dedicaba párrafos larguísimos en exponer las fatales consecuencias anejas a la concesión de la mina por cualquier lado que se la mirase, y a los males futuros, fáciles de prever, expresando su horror ante el carácter al parecer eterno de aquella maldición. Porque la propiedad de la mina se le había otorgado a él y a sus descendientes a perpetuidad. Por tanto rogaba con gran encarecimiento a su hijo que no volviera nunca a Costaguana, ni reclamara allí ninguna parte de su herencia, que a su juicio estaba toda comprometida por la infame concesión; que no la tocara, ni se acercara a ella jamás; que se olvidara de que existía América y emprendiera cualquier profesión mercantil en Europa.

Y todas las cartas terminaban dirigiéndose a sí propio las recriminaciones más amargas por haber permanecido tanto tiempo en aquella madriguera de ladrones, intrigantes y bandidos.

A los catorce años no suele haber discernimiento bastante para comprender cómo la posesión de una mina de plata puede acarrear la desgracia irremediable de la vida; pero una afirmación de tal naturaleza es sin duda muy a propósito para excitar el interés y el asombro de un adolescente, dotado de alguna inteligencia. Con el tiempo el muchacho, sumergido al principio en un mar de perplejidades por las indignadas lamentaciones de su papá, y un tanto apenado de que se hallara en tal situación, empezó a dar vueltas al asunto en su cerebro, durante las horas que le dejaban libres sus juegos y estudios. Al cabo de un año aproximadamente vino a sacar de la lectura de las cartas la persuasión concreta de que su papá se hallaba irremediablemente disgustado por causa de una mina de plata que había en la provincia de Sulaco de la República de Costaguana, donde su pobre tío Harry había muerto fusilado por la tropa, muchos años antes.

Estrechamente relacionada con esa mina, existía además una cosa, llamada la "inicua concesión Gould", escrita al parecer en un documento que su padre deseaba ardientemente "rasgar en mil pedazos y arrojarlos a los rostros" de los presidentes, magistrados y ministros de aquella nación. Y ese deseo persistía, no obstante haber advertido el muchacho que rara vez los nombres eran los mismos en el transcurso de un año. Le parecía natural que su padre alimentara tales propósitos (ya que el asunto era inicuo), pero no sabía por qué lo era.

Posteriormente, al alcanzar mayor madurez de juicio, logró sacar en limpio la verdad del caso, desenmarañándola de las fantásticas intrusiones del Viejo del Mar, de los vampiros y de los vestiglos sanguinarios, que daban a la correspondencia de su padre el sabor de un cuento horripilante, parecido a los más espantables de Las Mil y Una Noches. Al fin el Gould hijo, ya mozo, llegó a estar tan estrechamente relacionado con la mina de Santo Tomé, como el Gould padre que escribía las quejumbrosas e iracundas misivas desde un país situado allende el Atlántico.

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