Joseph Conrad - Nostromo

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El hombre, que, molestado tal vez en la proximidad de las voces, se había levantado, hizo arder un fósforo para encender un cigarrillo. La llama iluminó su rostro moreno con bigotes negros y un par de ojos, que miraban de frente; luego, volviendo a arreglar sus ropas, se tendió a la larga y apoyó su cabeza sobre la silla de montar.

– Es el mayoral de la impedimenta, a quien mandaremos volver a Sulaco, ahora que vamos a emprender nuestros trabajos en el valle de Santa Marta – dijo el Ingeniero-. Un sujeto utilísimo, que puso a mi disposición el capitán Mitchell, de la Compañía O.S.N. Ha sido un rasgo generosísimo de Mitchell. Carlos Gould me dijo que lo mejor que podía hacer era aprovechar el ofrecimiento. Parece poseer el secreto de gobernar a todos esos acemileros y peones. No hemos tenido el menor tropiezo con ellos. Escoltará la diligencia que le conduzca a usted hasta Sulaco, secundado por algunos obreros nuestros de la vía. El camino es malo; y la vigilancia de ese hombre puede evitarle a usted algunos vuelcos. Me ha prometido que cuidará de la persona de usted en todo el trayecto, como si se tratara de su propio padre.

El mayoral mencionado no era otro que el marinero italiano, a quien todos los europeos de Sulaco, sobre todo ingleses, siguiendo la defectuosa pronunciación del capitán Mitchell, tenían la costumbre de llamar Nostromo. Y, en efecto, taciturno y alerta, veló excelentemente por la vida del viajero en las partes peligrosas del camino, según el mismo presidente manifestó después agradecido a la señora de Gould.

Capítulo VI

Por entonces Nostromo llevaba ya bastante tiempo en el país para elevar al grado más alto la opinión del capitán Mitchell sobre el extraordinario valor de su hallazgo. A no dudarlo era uno de esos subordinados inapreciables, de los que sus jefes se ufanan con justicia. El capitán Mitchell blasonaba de tener buen ojo para conocer a los hombres; pero no era egoísta reservándose para sí los servicios del habilidoso y capaz italiano, y en la inocencia de su orgullo, iba cayendo en la manía de "ofrecer con frecuencia a su capataz de cargadores" ; lo que, andando el tiempo, había de poner a Nostromo, como una especie de fact ótum universal -como un verdadero prodigio de eficiencia en su propia esfera de vida.

"Es un hombre que daría la vida por mí", solía afirmar el capitán Mitchell; y aunque tal vez nadie pudiera explicarse la razón de tal hecho, si se observaba atentamente las relaciones que entre ellos mediaban, no había modo de poner en tela de juicio aquel aserto, a no tener el genio agrio y estrafalario del doctor Monyghan, por ejemplo, cuya risa acre y escéptica expresaba de ordinario una inmensa desconfianza de los individuos todos del linaje humano. Y no es que el doctor fuera pródigo ni de risas ni de palabras, sino, al contrario, tétrico y taciturno, aun estando del mejor talante. Cuando le dominaba el mal humor, eran terribles los crudos sarcasmos de su lengua de hacha.

Únicamente la señora de Gould podía mantener dentro de los debidos límites la incredulidad del maldiciente en la nobleza de los móviles humanos; pero aun ella (en una ocasión no relacionada con Nostromo, y en un tono que a él le pareció afable) le había dicho también: "Realmente es absurdo exigir a un hombre que forme de los demás mejor concepto que el que tiene de sí mismo."

Y la señora de Gould había abandonado el tema sin dilación. Corrían extraños rumores sobre el doctor inglés. Años atrás, en tiempos de Guzmán Bento, anduvo mezclado, según se susurraba, en una conspiración, que fue denunciada por uno de sus miembros y, al decir de la gente, ahogada en sangre. El cabello se le había vuelto entrecano; su rostro barbilampiño y cruzado por costurones tenía color rojizo, y su costumbre de usar ancha camisa de franela, a cuadros de diversos colores, y panamá teñido era una provocación constante a los usos establecidos en Sulaco. A no ser por la inmaculada limpieza de su atavío, se le hubiera tomado por uno de esos europeos pendularios, que desacreditan a cualquier colonia de su patria en casi todos los países del mundo.

Las señoritas de Sulaco, que adornaban con grupos de lindas caras los balcones de la calle de la Constitución, cuando le veían pasar renqueando, cabizbajo, la corta chaqueta de hilo vestida con desgarbo sobre la abigarrada camisa de franela, se decían unas a otras: "Aquí tenemos al se ñor doctor que va a visitar a do ña Emilia. Lleva puesta su chaquetita." El hecho era cierto, pero la significación más honda del mismo se ocultaba a sus sencillas inteligencias. Fuera de que tampoco pensaban mucho en el doctor. Era viejo, feo, instruido -y un poco loco -, teniendo además ciertos ribetes de hechicero, según sospechas del pueblo bajo. Hagamos constar que la chaquetita blanca era una concesión a la influencia humanizadora de la señora de Gould.

El doctor, hombre de lenguaje incorregiblemente mordaz y escéptico, no sabía expresar de otro modo el respeto profundo que le inspiraba la mujer conocida en el país con la denominación de "la señora inglesa". El cínico pesimista le rendía ese homenaje con entera sinceridad; lo cual no era poco para un tipo de su condición. La señora de Gould lo echaba de ver claramente; y por su parte nunca le hubiera pasado por las mientes obligarle a una prueba tan señalada de deferencia.

La esposa del administrador de la mina de Santo Tomé tenía su casa española (que era uno de los mejores ejemplares de Sulaco) abierta siempre para dispensar a sus visitantes las menudas finezas de la hospitalidad. Y lo hacía con llaneza y gracia especiales, guiándose por una atenta percepción de los distintos valores. Poseía en alto grado el don del trato social, que consiste en olvidarse de sí mismo en una infinidad de delicados pormenores y en adaptarse al genio de los demás. Carlos Gould no había reparado bastante en esa notable cualidad de su consorte. Siguiendo las tradiciones de su familia, que, aunque establecida en Costaguana por tres generaciones, acudía siempre a Inglaterra para efectuar allí los estudios y el casamiento, creía haberse enamorado de la joven que ahora era su mujer, en atención a la amable sensatez de que le había dado tantas pruebas; pero no era precisamente esa dote la que le granjeaba la estimación de cuantos visitaban la casa Gould; como había ocurrido, por ejemplo, con todo el cuerpo de ingenieros de la vía, desde el más joven hasta el veterano jefe, que no se cansaban de recordar los excelentes ratos pasados en casa de la señora Gould, mientras sufrían las inclemencias de la intemperie en los altos picos de la Sierra.

Lo más curioso era que la interesada no daba muestras de advertirlo; y si alguien le hubiera hablado de la sentida gratitud con que se citaba su nombre al borde de las nieves en las alturas visibles desde Sulaco, con una sonrisa y la sorpresa reflejada en sus ojos grises muy abiertos, habría protestado de que no había hecho nada de particular por los ingenieros. Y a continuación, tomando cierta expresión reflexiva, habría hecho como que aguzaba su ingenio para hallar la explicación de aquel agradecimiento: "No tenía nada de extraño, porque a los pobres muchachos no podía menos de causarles viva impresión cualquier amable acogida que hallaran en tan remoto país. En ello, sin duda, tenia que entrar por mucho la nostalgia. Todos, a lo que creo, padecemos algo del mismo achaque".

Siempre la movían a compasión los que se sentían tristes por estar fuera de su patria.

Carlos, nacido como su padre en la República de Costaguana, enjuto y alto, con su bigote cobrizo, barbilla de neto perfil, ojos claros de color azul, cabello de ébano y rostro fino, fresco y rubicundo, presentaba todo el aspecto de un extranjero, recién llegado a Inglaterra. Su abuelo había peleado por la causa de la Independencia a las órdenes de Bolívar en aquella famosa legión inglesa, cuyos valientes merecieron, en la batalla Carabobo, ser saludados por el gran Libertador con el dictado de "Salvadores del país". Uno de los tíos de Carlos Gould había sido Presidente electo de la misma provincia de Sulaco (llamada a la sazón Estado) en los tiempos de la Federación, y más tarde había muerto fusilado, de pie junto al muro de una iglesia, por orden del bárbaro general unionista Guzmán Bento. Era éste el Guzmán Bento que, habiendo llegado a ser después Presidente perpetuo, famoso por su implacable y cruel tiranía, alcanzó su apoteosis en la leyenda popular, la cual hizo de él un espectro sanguinario condenado a vagar por los campos, después de haber sido robado su cuerpo, por el diablo en persona, del mausoleo de ladrillo erigido en la nave de la iglesia de la Asunción en Santa Marta. Así al menos se explicó su desaparición a la muchedumbre desarrapada que acudió en tropel, presa de terror, a contemplar el agujero, abierto en un lado del deforme sarcófago de ladrillo, situado frente al altar mayor.

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