Joseph Conrad - Nostromo
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El fiel garibaldino había sobrevivido a tiempos tan desastrosos para servir de ayudante a su general en Palermo, cuando las granadas napolitanas, disparadas desde el castillo, reventaban sobre la ciudad. Había preparado la cena a su caudillo en el campo de Volturno, después de pelear durante el día entero. Y en todas partes sus ojos habían visto ingleses en las primeras filas del ejército liberal. Viola respetaba a la nación inglesa por el amor que había demostrado a Garibaldi, cuyas manos encallecidas en los combates no se retrajeron de besar con respeto las mismas condesas y princesas de Londres, según se decía. Bien podía creerse, porque la nación era noble, y el hombre un santo. Bastaba mirarle una sola vez a la cara para ver la fuerza divina de fe que le alentaba y su profunda compasión de los pobres, atribulados y oprimidos de este mundo.
El espíritu de olvido de sí mismo, la adhesión sincera a la idea de un vasto humanitarismo, sentimientos que inspiraban el pensamiento y aspiraciones de aquel período revolucionario, habían dejado impreso su sello en Giorgio en el austero desprecio de todo medro personal. Este hombre, mirado de sobreojo por el pueblo bajo de Sulaco, por sospechar que guardaba un tesoro enterrado en la cocina, no había dado en toda su vida la menor importancia al dinero. Los que le criaron y educaron en sus primeros años habían vivido pobres y muerto pobres; y él contrajo el hábito de no cuidarse del día de mañana, efecto en parte de una vida de aventuras, excitación y guerrear desenfrenado. Pero su descuido en esta parte era principalmente cuestión de principios. No se parecía al afectado abandono del condottiere; antes al contrario consistía en un puritanismo de comportamiento, hijo de un inmenso entusiasmo, semejante al puritanismo religioso.
Esta vehemente adhesión a una causa había proyectado una sombra de tristeza sobre la vejez de Giorgio; de tristeza porque la causa parecía perdida. En el mundo, destinado por Dios para el pueblo, seguían brillando aún muchos reyes y emperadores. El ingenuo sentimentalismo del antiguo garibaldino hallaba en ese hecho un motivo de tenaz melancolía.
Siempre estaba dispuesto a ayudar a sus compatriotas, que por su parte le mostraban gran respeto en su vida de destierro (como él la llamaba); pero no podía menos de ver que no les importaban nada las desdichas de las naciones, víctimas de la tiranía. Aunque oían de buen grado los relatos de sus campañas, siempre parecían preguntarse qué había sacado en limpio, a fin de cuentas. Al menos no se le veía que le luciera mucho el pelo. "¡Nosotros no pretendíamos hacer fortuna! ¡Sufríamos por amor de la humanidad!", exclamaba furioso a veces; y el tronar de su voz, el centelleo de sus ojos, el ondear de las blancas melenas y la curtida y nerviosa mano, levantada en alto como poniendo por testigo al cielo, causaban honda impresión en sus oyentes.
Mas, cuando el viejo se interrumpía de pronto con un meneo de cabeza y gesto del brazo, que significaban claramente: "¿Qué se saca de hablaros de estas cosas?", los presentes se daban de codos. Reconocían, no obstante, que había en el viejo Giorgio una energía de sentimiento, una firmeza de convicciones, un algo, que ellos llamaban terribilità: es "un viejo león", solían decir. Cualquier menudo incidente, cualquier palabra casual le daban ocasión para discursear largo y tendido, unas veces ante los pescadores italianos de la playa, como ocurrió en Maldonado, otras ante los parroquianos de su país que acudían al tenducho abierto más tarde en Valparaíso.
Ahora, en su hotel de Sulaco, emprendió de repente la prédica una noche en el caf é, situado en un extremo del edificio (el otro estaba reservado para los señores ingleses), ante la selecta clientela de conductores y capataces de los talleres y obras del ferrocarril.
La aristocracia de los operarios de la vía, tipos de caras enjutas, morenas, bien proporcionadas, rizos negros y lustrosos, ojos brillantes, amplios pechos y espesa barba, ostentando a veces un arillo de oro en el lóbulo de la oreja, le escuchaba atenta, apartando la mirada de los naipes o de las fichas de dominó. Aquí y allá un vasco de color rubio procuraba entretenerse útilmente, aguardando sin protesta que se le sirviera. En aquel retiro no se propasaba a entrar ningún natural de Costaguana: era el sanctasanct órum italiano.
Hasta los polizontes de Sulaco, cuando patrullaban por la noche, pasaban de largo por esta parte del hotel, limitándose a poner los caballos al paso e inclinarse sobre las sillas para echar una mirada por la ventana a las cabezas de los reunidos envueltas en nubes de humo. El relato declamatorio de Giorgio seguía tronando y sus ecos parecían ir a perderse tras ellos en la llanura. Sólo de cuando en cuando, el ayudante del jefe de policía, caballerete moreno y cariancho, con bastante sangre india en las venas, solía aparecer en el caf é. Dejando fuera a su acompañante con los caballos, avanzaba con sonrisa confiada y socarrona, sin decir una palabra, hasta el largo mostrador. Desde allí señalaba con el dedo una de las botellas del anaquel; Giorgio mismo, poniéndose bruscamente en la boca la pipa que tenía en la mano, le servía. No se oía nada, fuera del leve sonido de las espuelas. Vaciado el vaso, echaba con calma una mirada escudriñadora alrededor del local, salía, y montando de nuevo, se alejaba con su acompañante, dando la vuelta hacia la ciudad.
Cap ítulo V
Tal era el único modo con que vindicaban el ejercicio del poder las autoridades locales entre el numeroso gremio de robustos extranjeros, que cavaban la tierra, hendían las rocas y guiaban las máquinas en beneficio de la gran "empresa patriótica y progresiva". Con estas mismas palabras, dieciocho meses antes, el Excelent ísimo Se ñor don Vicente Rivera, Dictador de Costaguana, había designado la obra del Ferrocarril Central Nacional en su gran discurso, pronunciado al inaugurar los trabajos.
De intento había venido para ello a Sulaco; y con tal motivo hubo entonces una gran comida, un convite, ofrecido por la Compañía Oceánica de Vapores, a bordo del Juno, después de la función celebrada en la playa. El capitán Mitchell en persona se había puesto al timón de la gabarra, toda empavesada con paños y banderolas, que a remolque de la lancha de vapor del Juno trasladó al Jefe del Estado desde el muelle al barco. Habíase invitado a todas las personas de viso, residentes en Sulaco -uno o dos comerciantes extranjeros; los representantes de las antiguas familias españolas, a la sazón en la ciudad; los grandes propietarios de estancias en la llanura, caballeros de neta prosapia, llanos, graves, corteses, sencillos, de manos y pies pequeños, conservadores, hospitalarios y bondadosos. La Provincia Occidental constituía su baluarte; al presente había triunfado el partido blanco, y su Presidente-Dictador era un blanco de los blancos, que ocupaba su sitio sonriendo cortésmente entre los representantes de dos potencias extranjeras amigas. Habían venido con él desde Santa Marta para patrocinar con su presencia la empresa, en que se hallaba comprometido el capital de sus naciones.
La única figura femenina de la reunión era la señora Gould, esposa de don Carlos, el administrador de la mina de plata de Santo Tomás. Las señoras de Sulaco no habían progresado bastante para intervenir en la vida pública en tanto grado. No tuvieron reparo en acudir al gran baile dado en la Intendencia la noche anterior; pero ahora sólo se veía a la señora de Gould, cuyo traje claro y ligero resaltaba en el grupo de negros fracs, detrás del Presidente-Dictador sobre la tribuna tapizada de carmesí, erigida al pie de un frondoso árbol, en la playa del puerto, donde se había celebrado la ceremonia de dar la primera azadonada. Había llegado en el lanchón, lleno de notabilidades, sentada entre el flotar de alegres banderolas en el sitio de honor al lado del capitán Mitchell, que empuñaba el timón; y su elegante atavío daba la única nota verdaderamente festiva en el sombrío grupo del largo y suntuoso salón del Juno.
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