Joseph Conrad - Nostromo

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El presidente del consejo del ferrocarril (procedente de Londres), de rostro afable y pálido, orlado por plateada aureola de cabello blanco y barba recortada, se volvía hacia la señora de Gould, atento, sonriente y fatigado.

El viaje desde la capital de Inglaterra a Santa Marta en vapores correos y en coches especiales del ferrocarril costero de Santa Marta (único construido hasta entonces) había sido tolerable -hasta ameno-, perfectamente tolerable. Pero la travesía de las montañas para llegar a Sulaco, viajando con una antigua diligencia por caminos intransitables, que bordeaban espantosos precipicios…, era mejor no recordarla.

– Dos veces hemos volcado en un día, en la ceja misma de simas profundísimas -refería a la señora de Gould en voz baja-. Y cuando por fin nos vimos aquí, ignoro que hubiera sido de nosotros, a no haber encontrado la hospitalidad de ustedes. ¡Qué lugar más inaccesible es este Sulaco! ¡Puerto y todo como es!… ¡Asombroso!

– ¡Ah! Pero nosotros estamos muy orgullosos de nuestra ciudad. Tiene importancia histórica. Aquí estuvo establecido antiguamente, durante dos virreinatos, el supremo tribunal eclesiástico -le hizo saber la señora expresándose con animación.

– Me sorprende la noticia. No lo hubiera imaginado. Pero mi intención no ha sido rebajar… Usted parece muy patriota.

– La ciudad es deliciosa, aunque sólo sea por su situación. Tal vez no sepa usted que llevo muchos años residiendo aquí.

– ¿Cómo muchos años? No lo comprendo -murmuró mirándola con una ligera sonrisa.

La señora Gould aparecía rejuvenecida por la inteligente movilidad de sus facciones.

El hombre de negocios londinense, positivista de tomo y lomo, que consideraba como fruslerías despreciables todo lo que no significara progreso material, prosiguió:

– Nosotros no podemos devolverles a ustedes su tribunal eclesiástico; pero en cambio les daremos más vapores, un ferrocarril, un cable telegráfico…, un porvenir en el gran mundo, todo ello de valor infinitamente superior a las pasadas magnificencias. Se pondrán ustedes en contacto con algo más grande que dos virreinatos. Pero yo no tenía idea, repito, de que una ciudad de la costa pudiera permanecer tan aislada de las demás partes del globo. Nada: como si hubiera estado escondida un millar de kilómetros tierra adentro, sin linaje alguno de comunicación… ¡Es notabilísimo! Y ¿ha ocurrido aquí algo importante en los últimos cien años?

Mientras el gran personaje financiero hablaba en tono bajo y humorístico, la señora le escuchaba sonriente. Abundando en el mismo sentir irónico, le aseguró que no indudablemente…, nada había ocurrido nunca en Sulaco. Ni siquiera las revoluciones -y ella había conocido dos- habían perturbado en lo más mínimo el sosiego de la ciudad. Habían tenido por teatro las regiones más pobladas del mediodía de la República y el gran valle de Santa Marta, que era como el gran campo de batalla de los partidos. Ese valle ofrecía un lugar apropiado para disputarse el dominio de la capital y permitía además buscar salida al otro océano.

Allí estaban más adelantados. A Sulaco sólo llegaban los ecos de esas grandes contiendas, y, por supuesto, los nuevos funcionarios oficiales, que cambiaban cada vez, salvando las mismas montañas, atravesadas por él en una vieja diligencia con tanto riesgo de perecer o quedar estropeado.

El presidente de la empresa del ferrocarril había gozado de la hospitalidad de la señora Gould varios días, y realmente se sentía agradecido. Hasta después de partir de Santa Marta no echó de menos el ambiente de la vida europea, del que se vio de repente aislado al penetrar en sus exóticos alrededores. En la capital se había hospedado en la legación, viviendo absorbido por las activas negociaciones realizadas con los miembros del gobierno de don Vicente, personas cultas, nada ajenas a las condiciones de los negocios en los países civilizados.

Lo que más le interesaba por entonces era la adquisición de terrenos para la vía. En el valle de Santa Marta, donde existía ya otra línea, la gente se mostraba bien dispuesta; y el asunto era sólo cuestión de precios. Habíase nombrado una comisión que fijara el valor de las tierras; y la juiciosa influencia de los tasadores resolvió la dificultad.

Pero en Sulaco -precisamente la Provincia Occidental, cuyo desenvolvimiento se intentaba con el proyectado ferrocarril- hubieron de surgir obstáculos. Por espacio de siglos había yacido aislada tras de sus naturales barreras, rechazando la invasión de los adelantos modernos con los despeñaderos de su sierra, su somero puerto emplazado frente a las eternas calmas de un golfo lleno de nubes y el retrógrado espíritu de los dueños de su fértil territorio -todas las familias aristocráticas de antigua ascendencia española, los don Ambrosio de Tal y don Fernando de Cual, que parecían mirar con disgusto y recelo el paso del ferrocarril por sus posesiones.

De esta animadversión era buena prueba el hecho de haber sido prevenidas con amenazas de violencia algunas de las cuadrillas que trabajaban en el trazado y explanación de la vía, diseminadas por toda la provincia.

En otros casos se habían manifestado pretensiones irritantes en cuanto al precio de los terrenos. Pero el hombre de los ferrocarriles se preciaba de sentirse con ánimos para hacer frente a todas las contingencias. Puesto que se veía combatido en Sulaco por un sentimiento hostil de rutinarismo ciego, él se procuraría el apoyo de otro sentimiento, el del amor al progreso y prosperidad del país, antes de hacerse fuerte tan sólo en su derecho. El gobierno se había comprometido a ejecutar la parte que le correspondía en el contrato hecho con la junta superior de la compañía del nuevo ferrocarril, aunque para ello tuviera que apelar al empleo de la fuerza.

Sin embargo, el presidente de esa junta deseaba el desenvolvimiento tranquilo de sus planes, evitando en lo posible las violencias de la intervención armada. La empresa era demasiado vasta y trascendental y encerraba promesas demasiado halagüeñas, para que la compañía se resolviera a no dejar piedra sin mover.

Por lo mismo discurrió hacer intervenir al mismo Presidente-Dictador en persona en una gira de festivales y discursos, que culminaron en una gran función al celebrarse la ceremonia de dar la vuelta al primer trozo de césped junto a la plaza del puerto. Al fin y al cabo Don Vicente era criatura suya. Este personaje representaba el triunfo de los mejores elementos de la República. Tales eran los hechos; y a menos que los hechos no significaran nada (se argüía a sí mismo Sir John), la influencia de un hombre así debía ser positiva, y su intervención personal no podía menos de producir el efecto conciliador que él necesitaba. Había conseguido arreglar el viaje con la ayuda de un abogado muy listo, bien conocido en Santa Marta como agente de la mina de plata Gould, la empresa y negocio más importantes de Sulaco y aun de toda la nación. Realmente era una mina de incalculable riqueza.

El tal agente, hombre de cultura y habilidad notorias, parecía, aun sin desempeñar ningún cargo oficial, poseer una influencia extraordinaria en las más elevadas esferas gubernamentales. Ello es que pudo asegurar a Sir John la asistencia del Presidente-Dictador a la inauguración solemne de las obras. Añadió que, a pesar suyo, también se había empeñado en venir a la ceremonia el general Montero.

Este jefe militar era al principio de la última guerra un oscuro capitán de ejército, empleado en la frontera salvaje del oriente del Estado, y se había decidido a favor del partido de Rivera en circunstancias que dieron a su adhesión una importancia fortuita. Las vicisitudes de la lucha le favorecieron de un modo admirable; y la victoria de Río Seco (tras un día de pelea desesperada) consagró definitivamente su elevación. Al fin salió nombrado general ministro de la Guerra y jefe militar del partido blanco, aunque en su linaje no había nada de aristocrático. Al contrario, decíase que él y un hermano suyo, huérfanos de una familia del pueblo, habían sido criados y educados merced a la munificencia de un famoso viajero europeo, en cuyo servicio el padre de aquéllos había perdido la vida. Otra versión le daba por padre a un carbonero, que quemaba madera en el bosque, y por madre a una india bautizada, procedente de una región remota del interior.

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