Joseph Conrad - Nostromo
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El nombre del cruel Guzmán Bento evocaba el recuerdo de numerosas víctimas, además del tío de Carlos Gould; pero a éste siempre le ayudó la circunstancia de tener un pariente martirizado por la causa de la aristocracia, para que los oligarcas de Sulaco, que eran las familias de pura sangre española, le consideraran como uno de los suyos. He dicho oligarcas usando la fraseología de la época de Guzmán Bento; ahora se llamaban blancos y habían abandonado la idea federal. Con tal recuerdo de familia nadie mejor que don Carlos Gould podía reclamar el título de costaguanero; pero tenía un tipo tan característico, que para la gente ordinaria era siempre el ingl és de Sulaco. Parecía más inglés que cualquiera de los turistas de la misma nacionalidad, de paso alguna vez por aquella región, o que cualquier vagabundo misionero protestante, por más que éstos eran entonces enteramente desconocidos en Sulaco; más inglés que los jóvenes ayudantes del ferrocarril en construcción, llegados últimamente, y que cualquiera de los tipos deportistas publicados en los números del Punch, recibidos por la señora de don Carlos con unos dos meses de retraso.
Maravillaba oírle hablar español (castellano dicen allí) o el dialecto indio de la gente del campo con tanta naturalidad. Su acento no tuvo nunca nada de inglés; pero había algo tan indeleble en toda la generación de los Gould -soldados de la independencia, exploradores, plantadores de café, comerciantes y revolucionarios de Costaguana-, que Carlos, el único representante de la tercera generación en un país que se jactaba de poseer un estilo peculiar de equitación, continuaba siendo inglés, aun a caballo. Y esto último no lo digo en el sentido burlón de los llaneros o habitantes de las grandes llanuras, que se creen los primeros jinetes del mundo. Realmente Carlos Gould, dicho sea con la elevada expresión que corresponde, cabalgaba como un centauro. El cabalgar para él no era un género especial de ejercicio, sino una facultad natural, como la de andar derecho para los que están sanos de cuerpo y alma; pero con todo eso, cuando caminaba, bordeando la ruta desigual y polvorienta de los carros de bueyes, en dirección a la mina, con su traje inglés y atalaje exótico, producía la impresión de estar llegando en aquel momento a Costaguana, a su rápido pasotrote, procedente de alguna verde pradera del otro lado del mundo.
Solía hacer su viaje a lo largo del viejo camino español (el camino real del lenguaje popular). Esta vía con su peculiar calificativo era uno de los pocos vestigios que quedaban de aquella realeza, tan odiada, deGiorgio Viola, cuya sombra misma puede decirse que había desaparecido del país, pues aun la estatua ecuestre de Carlos IV, que se alzaba a la entrada de la Alameda, resaltando por su blancura entre el arbolado, no era conocida de la clase baja del país y los mendigos de la ciudad que dormían en las escaleras de la base del pedestal, sino como "El Caballo de Piedra". El otro Carlos que se alejaba torciendo a la izquierda con un rápido golpeteo de cascos sobre el agrietado pavimento de losas, el don Carlos Gould de la vestimenta inglesa, no parecía menos incongruente en aquel medio que la anacrónica estatua, pero seguramente se venía mucho mejor con las realidades de entonces que el regio caballero, representado por el artista en postura de refrenar con una mano su palafrén, mientras levantaba la otra hacia el ala del sombrero adornado con airón de plumas.
La efigie ecuestre del monarca, afeada por las injurias de la intemperie, con su vaga indicación de un gesto de saludo, sugería la idea de que guardaba en su pecho secretos inescrutables sobre los cambios políticos que le habían despojado hasta de su propio nombre. Pero también el otro jinete, el de rostro fino y perspicaz, que cabalgaba sobre su airoso y bien proporcionado bridón, de color tostado y ojo vivo, tenía el aspecto de no dejar traslucir sus opiniones sobre los hombres y las cosas de la República.
El ánimo de este segundo Carlos, conocido del pueblo con el nombre del "inglés de Sulaco", se mantenía en la serena estabilidad, propia de las conveniencias públicas y privadas, que imperaba en Europa. No mostraba sentir desagrado por la manera estrafalaria con que las señoritas de Sulaco se empolvaban los rostros hasta parecer mascarillas de escayola, animadas por bellos y expresivos ojos, ni por las hablillas y murmuraciones de la ciudad, ni por los continuos cambios políticos y revueltas, promovidas siempre invocando "la salvación del país". Todo parecía aceptarlo con impasible ecuanimidad.
Su mujer, en cambio, no acertaba a ver en aquellas luchas más que un drama pueril y sangriento de asesinatos y rapiñas, representado con terrible seriedad por gente sin juicio y depravada. Durante los primeros días de su vida en Costaguana, la pobre señora solía cruzar las manos con desesperación por no poder tomar los asuntos públicos del país en su genuina significación, concediéndoles la importancia que requería la atrocidad de los procedimientos empleados. Veía en ellos una comedia de ficciones cándidas, en la que apenas había nada de sincero, como no fuera la indignación y terror que a ella le producían.
Carlos, muy tranquilo, retorciéndose los largos bigotes, solía rehusar la discusión de tales asuntos. Una vez, empero, la hizo observar con tono afable:
– Pero, hija mía, pareces olvidarte de que yo he nacido aquí.
Estas breves palabras, como si hubieran sido una repentina revelación, la impusieron silencio. Tal vez el hecho de haber nacido en el país obligaba a ver las cosas de una manera muy diferente. Tenía y había tenido siempre una confianza grandísima en su marido. Desde el primer momento la imaginación de la futura señora de Gould había sido impresionada por la ausencia de sentimentalismo y la quietud de ánimo que caracterizaban a Carlos, considerando estas cualidades como indicadoras de cabal competencia en los negocios de la vida. Don José Avellanos, su vecino de la casa de enfrente, estadista, poeta, hombre de cultura, que había representado a su país en varias cortes europeas (y sufrido indignidades indecibles como prisionero de Estado en la época del tirano Guzmán Bento), solía declarar en la sala de tertulia de do ña Emilia que Carlos unía a las cualidades todas del carácter inglés un corazón verdaderamente patriótico.
La señora de Gould, alzando los ojos al fino, rubio y tostado semblante de su esposo, no lograba descubrir el más leve temblor de sus facciones, al oír las anteriores palabras sobre su patriotismo. Quizá en tal ocasión acabara de regresar de la mina a caballo; porque era bastante inglés para no hacer caso de las horas más calurosas del día. Basilio, con librea de fina tela blanca de hilo y ceñidor rojo, se habría agachado detrás de sus talones en el patio, para desatarle las pesadas y romas espuelas; y a continuación el se ñor Administrador habría subido la escalera de la galería. Hileras de macetas de plantas, alineadas sobre la balaustrada entre los pilares de los arcos, formaban con sus hojas y flores una especie de mampara, ocultando el corredor a las miradas dirigidas desde el cuadrángulo inferior, cuyo piso enlosado es la parte esencial de una casa sudamericana, y donde las tranquilas horas de la vida doméstica son marcadas por los cambios de la luz y sombra sobre las losas del piso.
El se ñor Avellanos tenía la costumbre de cruzar el patio a eso de las cinco, casi todos los días. Don José escogía para hacer su visita la hora del té, porque el rito inglés en casa de doña Emilia le recordaba el tiempo que había vivido en Londres, como ministro plenipotenciario en la corte de San James. No le gustaba el té; y, de ordinario, meciéndose en su silla americana, cruzadas sus lustrosas botitas sobre el descansapiés, hablaba con una especie de complaciente virtuosidad, admirable en un hombre de sus años, conservando la taza en la mano por largo tiempo. Su cabello enteramente recortado era blanco como la nieve; sus ojos, negros como el azabache.
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