– ¿Eso dijo? -Roarke recordó que ella nunca parecía serena cuando dormía-. ¿Recordará todo esto?, ¿lo que me estaba diciendo ahora?
– Tal vez no -dijo Mira-. Pero usted sí, y eso será su?ficiente.
Roarke asintió. Eve estaba a salvo. A salvo una vez más. Se volvió hacia Peabody.
– Agente, ¿cuento con usted para que me dé los detalles?
Eve tenía resaca, efectivamente, y eso no le gustó. No?taba como nudos de grasa en el estómago, y le dolía mucho la mandíbula. Pero entre Mira y los sortilegios de Trina habían hecho que apenas se notaran las contu?siones. Como novia, se dijo mirándose al espejo, podía pasar.
– Estás de fábula, Dallas. -Mavis suspiró emociona?da y dio lentamente la vuelta para contemplar la obra maestra de Leonardo. El vestido le sentaba muy bien, el tono bronceado añadía calidez a su piel y las líneas real?zaban su tipo largo y delgado. La simplicidad del diseño hacía buena la frase de que lo que importaba era la mujer que había dentro-. El jardín está repleto de gente -si?guió muy animada mientras Eve luchaba con su estóma?go-. ¿Has mirado por la ventana?
– No es la primera vez que veo gente.
– Hace un rato había periodistas en vuelo de inspección. No sé qué botón habrá pulsado Roarke, pero han desaparecido.
– Menos mal.
– Te encuentras bien, ¿verdad? La doctora dijo que no tendrías ningún efecto secundario peligroso, pero…
– Estoy bien. -Sólo era mentira a medias-. Cerrado el caso y conocidos todos los hechos, la verdad sim?plifica las cosas. -Pensó en Jerry y sufrió. Al mirar a Mavis con su cara radiante y su cabello con puntas pla?teadas, sonrió-. ¿Tú y Leonardo aún pensáis en coha?bitar?
– De momento sí, en mi casa. Estamos buscando algo más grande, donde haya espacio para que él pueda tra?bajar. Y yo voy a hacer clubes otra vez. -Sacó una caja del escritorio y se la entregó-. Roarke te manda esto.
– ¿Ah, sí? -Al abrirla, sintió placer y alarma a la vez. El collar era perfecto, por descontado. Dos gargantillas de cobre tachonadas de piedras de colores.
– Al final se lo dije.
– Ya lo veo. -Con un suspiro, Eve se lo puso y luego se ajustó en las orejas las dos lágrimas a juego. Su aspec?to, pensó, era el de un guerrero pagano.
– Otra cosa.
– Mavis, no estoy para más cosas. Roarke tiene que comprender que… -Calló mientras Mavis iba hasta la caja larga que había sobre la mesa y sacaba un bonito ramo de flores blancas: petunias. Sencillas petunias de patio trasero.
– Siempre da en el clavo -murmuró. Los músculos de su estómago se relajaron, los nervios desaparecieron de golpe-. No sé cómo lo hace.
– Imagino que cuando alguien te comprende tan bien, tan, bueno, tan íntimamente, es una gran suerte.
– Sí. -Eve cogió las flores y se las llevó al pecho. Al mirarse al espejo ya no vio a una desconocida: era, pensó, Eve Dallas en el día de su boda-. Roarke se va a caer de espaldas cuando me vea.
Riendo a carcajadas, Eve agarró a su amiga del brazo y corrió a cumplir sus promesas.
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