– Si en este tugurio hay champán, me como el tapón.
– Eh, y con burbujas y todo. ¿Qué te habías creído? -Crack la hizo girar provocando exclamaciones de aprobación entre el público, la cazó al vuelo y la deposi?tó de nuevo en la silla-. Señoras, a divertirse o se van a enterar.
– Qué amigos más interesantes tiene, Dallas -dijo Nadine entre el humo de su cigarrillo. Allí nadie iba a preocuparse por la prohibición de fumar-. Tómese algo. -Levantó una botella de una cosa desconocida y sirvió un poco en lo que parecía un vaso bastante limpio-. No?sotras llevamos ventaja.
– He tenido que obligarla a cambiarse. -Mavis se acomodó en una silla-. Y no ha parado de protestar. -Se le hizo un nudo en la garganta-. Pero lo ha hecho por mí. -Tomó la copa de Eve y la apuró-. Queríamos sor?prenderos.
– Lo ha conseguido. Doctora Mira. Usted es la doc?tora Mira, ¿verdad?
Mira sonrió alegremente.
– Lo era cuando he entrado. Me temo que ahora mis?mo estoy un poco confusa.
– Hemos de brindar. -Peabody, inestable, sobre sus tacones, utilizó la mesa como punto de apoyo. Consi?guió levantar su copa sin derramar más de la mitad en la cabeza de Eve-. Por la poli más cojonuda de esta maloliente ciudad, que va a casarse con el tío más sexy que he conocido, y que, como es más lista que el ham?bre, ha hecho que me asignen de forma permanente a Homicidios. Que es donde debo estar, como podría decirles cualquier gilipollas. Salud. -Apuró el resto y cayó de nuevo sobre su silla, sonriendo como una tonta.
– Peabody -dijo Eve y agitó un dedo delante de su nariz-. Nunca me había emocionado tanto.
– Estoy beoda, Dallas.
– Las pruebas así lo indican. ¿Podemos pedir algo de comer que no tenga ptomaína? Me muero de hambre.
– La futura novia quiere comer. -Todavía sobria como una monja, Mavis se puso en pie de un salto-. Yo me encargo de eso. No os levantéis.
– Ah, Mavis. -La hizo sentar y le murmuró al oído-: Tráeme algo de beber que no sea letal.
– Dallas, esto es una fiesta.
– Y pienso disfrutarla, de veras. Pero mañana quiero tener la mente clara. Es importante para mí.
– Oh, qué romántico. -Sollozando de nuevo, Mavis apoyó la cara en el hombro de Eve.
– Sí, me usan como edulcorante artificial. -Hizo girar a Mavis y la besó directamente en la boca-. Gracias. A nadie más se le habría ocurrido esto.
– A Roarke sí. -Mavis se secó los ojos con los volan?tes que le colgaban de la manga-. Lo hemos preparado juntos.
– Claro. -Sonriendo un poco, Eve echó una nueva ojeada prudente a los cuerpos desnudos que evoluciona?ban en el escenario-. Eh, Nadine. -Llenó el vaso de la periodista-. Ese de las plumas rojas en el rabo no le qui?ta ojo de encima.
– ¿ Ah, sí? -Nadine se volvió para mirar con ojos tur?bios.
– A que no.
– A que no ¿qué? ¿Que no subo ahí? Bah, eso es pan comido.
– Pues hágalo. -Eve le sonrió-. Un poco de acción no nos vendrá mal.
– Cree que no lo haré. -Nadine se levantó a duras pe?nas, se enderezó como pudo-. Oye, tío bueno -le gritó al que tenía más cerca-. Ayúdame a subir.
A la gente le encantó. Sobre todo cuando Nadine se puso a su altura y se quedó en bragas color morado. Eve suspiró ante el agua mineral. Sabía cómo escoger a sus amigos, sí señor.
– ¿Cómo va eso, Trina?
– Estoy en plena experiencia ultracorpórea. Ahora mismo creo estar en el Tibet.
– Ya. -Eve miró de reojo a la doctora Mira. Por la forma en que estaba vitoreando, daba la impresión de que podía saltar al escenario de un momento a otro. Eve no creía que ninguna de las dos quisiera guardar esa ima?gen en los archivos de su memoria-. Peabody. -Hubo de pincharle el brazo con los dedos para obtener una vaga reacción-. Vamos a buscar más comida.
– Eso también puedo hacerlo yo -gruñó Peabody.
Siguiendo la dirección de su mirada, Eve vio a Nadine meneando las caderas frente a un negro de más de dos metros con el cuerpo pintado.
– Seguro que sí. Seguro que echaría la casa abajo.
– Lo que pasa es que tengo un poco de tripa. -Se tambaleó, pero Eve la sostuvo por el brazo-. Jake lo lla?ma gelatina. Estoy ahorrando para que me la succionen.
– ¿Está segura? Haga más abdominales.
– Es hereditaria.
– ¿Hereditaria?
– Sí. -Peabody iba dando tumbos mientras Eve la guiaba entre la gente-. En mi familia todos tienen tripa. A Jake le gustan flacas, como usted.
– Pues que le jodan.
– Ya lo he hecho. -Peabody se rió como una tonta y luego se apoyó pesadamente en una barra auxiliar-. Fo?llamos hasta matarnos. Pero usted sabe que eso no basta, Evie.
Eve suspiró.
– Peabody, no me gusta pegar a un agente cuando está en inferioridad de condiciones. Así que no me llame Evie.
– Vale. ¿Sabe cómo se consigue eso?
– Comida -encargó Eve al androide que servía-. Lo que sea y en cantidad. Mesa tres. ¿Cómo se consigue qué, Peabody?
– Pues eso. Lo que usted y Roarke tienen, eso. Cone?xión. Relaciones internas. El sexo sólo es un añadido.
– Claro. ¿Tiene problemas con Casto?
– No. Sólo que ahora que el caso está cerrado no te?nemos mucha conexión. -Peabody meneó la cabeza y antes sus ojos explotaron mil y una luces-. Jo, estoy trompa. He de ir al lavabo.
– Le acompaño.
– Puedo hacerlo sola. -Con cierta dignidad, Peabody se zafó de la mano de Eve-. No me gusta vomitar delan?te de un oficial superior, si a usted no le importa.
– Como quiera.
Pero Eve la vigiló todo el tiempo que Peabody invir?tió en cruzar la pista. Llevaban casi tres horas en el club. Y aunque un día era un día, Eve iba a tener que meter algo en el estómago de sus amigas y ver que todas llega?ran sanas y salvas a sus casas.
Se acodó en la barra, sonriendo, y vio a Nadine to?davía en bragas, sentada a la mesa charlando animada?mente con la doctora Mira. Trina había apoyado la cabe?za en la mesa y seguramente estaba conversando con el Dalai Lama.
Mavis, brillantes los ojos, estaba subida al escenario y vociferaba una melodía improvisada que hacía mover?se a toda la pista.
Maldita sea, pensó al sentir que le quemaba la gar?ganta. Cuánto quería a aquel hatajo de borrachas. Pea?body incluida, pensó, y entonces decidió ir a echar un vistazo al servicio para asegurarse de que su ayudante no se hubiera desmayado u otra cosa.
Había cruzado casi medio club cuando notó que al?guien la agarraba. Como había estado haciendo a lo lar?go de la velada a medida que los parroquianos se dedica?ban a buscar pareja, ella empezó a zafarse.
– Llama a otra puerta, tío. No me interesa. ¡Eh! -El breve pellizco en el brazo le causó menos daño que en?fado.
Pero su vista empezó a nublarse mientras la condu?cían a la fuerza por entre la multitud hasta meterla en un cuarto privado.
– He dicho que no me interesa, caray. -Hizo ademán de enseñar su placa, pero no llegó a encontrarse el bol?sillo.
Alguien le dio un pequeño empujón y Eve cayó de espaldas sobre una cama estrecha.
– Tómeselo con calma. Tenemos que hablar. -Casto se tumbó a su lado y cruzó los pies.
Roarke no estaba de humor para fiestas, pero como Feeney se había tomado la molestia de crear una atmósfera marcadamente hedonista, decidió representar su papel. Era una especie de salón repleto de hombres, a muchos de los cuales les sorprendía verse metidos en aquel ritual pagano. Pero Feeney, con su pericia electrónica, había conseguido dar con algunos de los socios más próximos a Roarke, ninguno de los cuales había querido ofender a alguien de su prestigio negándose a asistir.
Conque allí estaban los ricos, los famosos y los de?más, embutidos en una sala mal iluminada con pantallas tamaño natural en las que aparecían cuerpos desnudos en diversos e imaginativos actos de frenesí sexual, un terceto de bailarinas de striptease ya desnudas, y cerveza y whisky suficientes como para hundir la Séptima Flota.
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