Jonathan Kellerman - La Rama Rota

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Hay algo espectral en este caso. El suicidio de un violador de niños, una red oculta de pervertidos, todos ellos gente de clase alta, y una aterrada niña que podría atar cabos sueltos… si el psicólogo infantil Alex Delaware logra hacerle recordar los horrores de que ha sido testigo. Pero cuando lo hace, la policía parece falta de interés. Obsesionado por un caso que pone en peligro tanto su carrera como su vida, Alex queda atrapado en una telaraña de maldad, acercándose más y más a un antiguo secreto que hace que incluso el asesinato parezca un asunto limpio.

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– Me gustaría verle, pero mamá dice que no sabe dónde está. ¿Podría ayudarme a recordarlo el que me hipnotizaras?

– Sería muy difícil, Melody, porque no lo has visto en mucho tiempo… Pero lo podemos intentar. ¿Tienes algo para ayudarte a recordarlo… una foto de él?

– Aja -buscó de nuevo en su bolso y sacó una doblada y mutilada instantánea. Probablemente la había manoseado tanto como a las cuentas de un rosario. Pensé en la foto en la pared de Towle. Ésta era la semana de los recuerdos en celuloide. ¡Ah, señor Eastman, si hubiera sabido que su pequeña caja negra iba a poder ser usada para conservar el pasado como el feto de un nonato en una botella con formol!

Era una desvaída foto en color de un hombre y una mujer. La mujer era Bonita Quinn en días más jóvenes, pero no mucho más hermosos. Incluso en la veintena había poseído una triste máscara como rostro que predecía un futuro inmisericorde. Vestía una ropa que mostraba demasiada cacha desnutrida. Su cabello era largo y liso y estaba separado en la mitad. Ella y su compañero estaban frente a lo que parecía ser un bar rural, el tipo de lugar en el cual tomar copas y que uno halla enfrente cuando da la vuelta a una inesperada curva en la autopista; las paredes del edificio eran de troncos mal desbastados. En la ventana se veía un cartel de la cerveza Budweiser.

Su brazo estaba en derredor de la cintura del hombre, que había colocado el suyo sobre el hombro de ella. Él vestía una camiseta de manga corta, tejanos y botas de cordones. Junto a él era visible la parte trasera de una motocicleta.

Era un tipo bien extraño. Un lado de él… el izquierdo, se caía y se le notaba algo más que una simple impresión de atrofia que iba a todo lo largo de ese costado, desde la cara al pie. Parecía mal hecho, como una fruta que ha sido partida en dos y luego vuelta a juntar pero no con demasiada precisión. Cuando uno dejaba de lado esa asimetría no tenía mal aspecto: alto, delgado, con un cabello lacio que le llegaba hasta los hombros, rubio, y con un espeso bigote.

Tenía en su rostro la expresión de los que se creen listos, que contrastaba con la solemnidad de Bonita. Era el tipo de mirada que uno ve en la cara de los matones locales, cuando entra en un pequeño bar de un pueblo desconocido. El tipo de expresión que uno se cuida muy bien de evitar, porque significa que van a haber problemas y nada más que problemas.

No me soprendía que su propietario hubiera acabado entre rejas.

– Aquí tienes – le devolví la foto y la guardó cuidadosamente en su bolso.

– ¿Quieres hacer otra carrera?

– No. Estoy bastante cansada.

– ¿Quieres volver a casa?

– Aja.

Durante el camino de regreso al apartamento estuvo muy quieta, como si volviera a estar dopada. Tuve la preocupante sensación de que no le había hecho ningún bien a aquella niña, que la había sobreestimulado, sólo para volverla a devolver a una rutina árida.

¿Estaba preparado para jugar el papel de chico bueno que va al rescate de un modo regular?

Pensé en la charla de despedida que uno de los profesores más veteranos de la escuela de graduados había dado a la clase de aspirantes a psicoterapeutas que estaban a punto de graduarse:

«Cuando uno decide ganarse la vida a base de ayudar a la gente que está envuelta en dolores emocionales, también está haciendo la elección de cargárselos a las espaldas durante un tiempo. Al infierno con todas esas chácharas de aceptar las propias responsabilidades, de afirmar el puesto que uno tiene en la vida. Todo eso es pura basura. Cada día de sus vidas van a chocar contra la impotencia. Sus pacientes van a marcarles, como esos pajarillos que se unen al primer ser vivo que divisan en cuanto sacan la cabeza fuera del cascarón. Y si no pueden soportar eso, mejor se hacen contables.»

Y, justo en aquel momento, un libro de caja lleno de hileras de números me hubiera resultado una agradable visión.

7

Fui al estudio de Robin a las siete y media. Habían pasado varios días desde la última vez que la había visto y la echaba en falta. Cuando me abrió la puerta llevaba puesto un vestido de gasa blanca que acentuaba el tono oliva de su piel. Su cabello caía suelto y tenía aros de oro en las orejas.

Me abrió los brazos y nos abrazamos durante largo rato. Entramos, aún abrazados.

Su casa es una vieja tienda en la Pacific Avenue en Venice. Como muchos otros estudios de los alrededores, no tiene cartel alguno, y las ventanas están pintadas en blanco opaco.

Me llevó a través de la parte delantera, el área de trabajo, que estaba llena de herramientas a motor: una sierra de mesa, otra de cinta, torno, montones de madera, moldes, escoplos, galgas y plantillas. Como de costumbre, la habitación olía a goma de carpintero y serrín. El suelo estaba lleno de virutas.

Abrió de un empujón las dobles puertas batientes y estuvimos en la zona de vivienda: sala de estar, cocina, altillo-dormitorio con baño, pequeña oficina. A diferencia del taller, su espacio personal no estaba atestado. Había hecho ella misma la mayor parte del mobiliario, y era de sólida madera, simple y elegante.

Me sentó en un blando sofá de algodón. En una bandeja de cerámica estaba dispuesto café con pastel y platos, tenedores y servilletas.

Se sentó junto a mí. Tomé su cara entre mis manos y la besé.

– Hola, cariño -puso sus brazos alrededor de mí. Podía notar la firmeza de su espalda a través del delgado tejido, una firmeza basada en una suavidad curvada y que cedía. Ella trabajaba con las manos y siempre me asombraba encontrar en ella esa especial combinación de músculos y voluptuosidad femenina. Cuando se movía, ya fuera manejando un pedazo de madera en derredor de las rapaces fauces de la sierra de banda o simplemente caminando, lo hacía con gracilidad y confianza. El haberla conocido era lo mejor que jamás me había ocurrido. Sólo por aquello había valido la pena el haber dejado mi trabajo.

Yo había estado husmeando por McCabe, la tienda de guitarras de Santa Mónica, rebuscando entre las viejas partituras de música y probando los instrumentos que colgaban de las paredes. Había estado mirando una guitarra particularmente atractiva, como mi Martin, pero aún mejor hecha. Había admirado el arte del fabricante, era un instrumento hecho a mano, y había pasado mis dedos sobre las cuerdas, que habían vibrado con perfecto equilibrio y sostenido. Tomándola de la pared la había tocado y había sonado tan bien como se veía, resonando como una campana.

– ¿Le gusta?

La voz era femenina y pertenecía a una deslumbrante criatura que estaría en la medianía de los veinte. Estaba muy cerca de mí y no sabía cuánto tiempo llevaba allí. Yo había estado perdido en la música. Tenía una cara en forma de corazón, culminada en una mata exuberante de cabellos castaños. Sus ojos eran como almendras, colocados muy separados, del color de la madera antigua. Era pequeña, de no más de uno cincuenta y cinco, con delgadas muñecas que se abrían en delicadas manos y largos y afilados dedos. Cuando sonreía sus dos incisivos superiores, mayores que los otros dientes, destelleaban marfil.

– Sí. Creo que es excelente.

– No es tan buena – se puso las manos en las caderas, unas caderas muy definidas. Tenía el tipo de silueta, de cintura pequeña, abundante busto y, en general, suavemente cóncava, que no podía ser camuflada por el mono que se había colocado sobre el jersey de cuello de cisne.

– ¿De veras?

– De veras – me cogió la guitarra de las manos y dio un golpecito en la madera-. Hay un punto, justo aquí, en donde la han lijado demasiado, es demasiado fina. Y el equilibrio entre la parte de arriba y la caja podría ser mejor.

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