Paul Doherty - La caza del Diablo
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– La caligrafía es hermosa -musitó Ranulfo- y las miniaturas…
– Probablemente es obra de algún escribano monástico. -Corbett volvió a mirar la cubierta del libro, donde estaba grabado el nombre de Henry Braose.
– Debió de ser un hombre muy rico -remarcó Ranulfo.
– Después de que la guerra civil terminara -explicó Corbett-, De Montfort y su partido fueron desheredados. Sus tierras, sus feudos, castillos, bibliotecas y arcas fueron considerados trofeos de guerra. El rey Eduardo nunca olvidó a aquellos que le apoyaron: De Warrenne y De Lacey fueron recompensados con creces. Fue un auténtico saqueo -continuó Corbett-. Y Braose fue uno de los más beneficiados. Bueno, santa Mónica -consultó las páginas del capítulo que empezaba con M. La letra estaba pintada de azul y ribeteada en oro. Corbett estudió la parte inferior de la página y murmuró algo. Ranulfo se acercó y pasó la página con rapidez. Encontró una entrada para santa Mónica y se abalanzó sobre el libro. Lo zarandeó con entusiasmo y empezó a leer la introducción, moviendo los labios en silencio. Corbett se dirigió hacia la ventana, de manera que Ranulfo no pudiera ver su exaltación. De pie, respirando con dificultad, intentaba calmar la emoción que empezaba a despertarse en su estómago. «Pero ¿cómo? -pensó-. ¿Cómo pudo hacerlo? -Contempló el jardín-. El asesino vino aquí, se escondió detrás del muro con la ballesta. Pero ¿por qué abrió Ascham las contraventanas? ¿Y cómo se explica el resto de las muertes?»
– Amo, ya he acabado.
Corbett regresó, cogió el libro y lo colocó en la estantería. Estaba seguro de que allí estaría a salvo: junto con el libro encontrado en la cámara de Appleston, constituía todas las pruebas que necesitaba.
– Será mejor que nos marchemos.
Ranulfo cogió a Corbett por el hombro.
– Amo, ¿qué pasa? -Sonrió-. Habéis encontrado algo, ¿verdad?
– Sólo una sospecha -le guiñó un ojo-, pero no tengo pruebas.
– Y ahora, ¿qué?
– Doucement, como muy bien dice la palabra francesa -replicó Corbett-: con calma, con calma, Ranulfo. Venga, vamos a dar un paseo.
Salieron de la biblioteca. Corbett permaneció irritablemente silencioso mientras caminaban alrededor de la universidad. Luego subieron al piso de arriba y pasearon por las galerías. Entonces, cuando estaban frente a una puerta trasera, Ranulfo se detuvo y señaló una barra de hierro que había cementada en el suelo.
– Como la de la iglesia de San Miguel -observó.
– Es para limpiarse las botas -explicó Corbett ensimismado en sus cavilaciones.
– Según la anacoreta Magdalena -comentó Ranulfo-, el asesino de Passerel se tropezó con una en la iglesia.
– ¿De veras? -preguntó despacio mientras contemplaba la barra-. Debemos ir allí -añadió misteriosamente.
Corbett salió afuera, echó un vistazo a las ventanas, en especial a las de la parte trasera. Antes de marcharse, cortó una rosa roja, todavía húmeda del rocío de la mañana. Cuando salieron y se dirigieron a la maloliente callejuela en la que Maltote fue herido de muerte, y sin apenas prestar atención a las miradas curiosas de los soldados de Bullock, depositó la flor en una grieta que había en la pared.
– Un memento mori - añadió-. Pero, vamos, Ranulfo, es hora de rezar.
Se adentraron en las calles y se abrieron paso entre los vendedores ambulantes y comerciantes que abarrotaban las vías de camino a la iglesia de San Miguel. Corbett se dirigió al templo y se detuvo en la entrada de la reja que separaba el coro de la nave.
– Bueno, así que un Daniel ha venido al juicio -gritó la voz de la anacoreta desde el otro lado de la iglesia-. Habéis venido al juicio, ¿verdad?
– ¿Cómo lo sabe? -susurró Ranulfo.
– Es más una cuestión de fe que de deducción -contestó Corbett-. Me apuesto a que esa pobre mujer ha rezado día tras día por que se cumpla su venganza en Sparrow Hall. Oxford es una comunidad pequeña; la muerte de Appleston debe de estar en boca de todos.
Corbett se arrodilló frente a la lámpara del santuario y se encaminó hacia la puerta lateral en que había tropezado el asesino de Passerel. Se agachó y examinó la barra de hierro cementada en las losas pavimentadas. Estaba justo en la entrada, con lo que la gente debía de dejar rastros del barro y la suciedad que tenían pegados a las botas.
– El asesino de Passerel se tropezó ahí -retumbó la voz de la anacoreta a sus espaldas-. Le vi, como un ladrón en la noche, pero así es la muerte, un ladrón sigiloso de almas.
Corbett no le prestó atención. Luego salieron fuera de la iglesia, haciendo caso omiso de los gritos de la mujer.
– ¡La justicia de Dios se disparará como una flecha encendida contra los pecadores!
Él y Ranulfo cruzaron la calle, doblaron una esquina y bajaron por la avenida Retching Alley hasta llegar a una cervecería. El local no era más grande que el nido de un faisán, con el suelo cubierto de barro, algunos taburetes y unas enormes tinajas boca abajo que hacían de mesas. Sin embargo, la cerveza estaba fuerte y espumosa.
– ¿Y bien? -Ranulfo dejó su jarra sobre la mesa-. ¿Vamos a dar un paseo por Oxford o a sentarnos aquí sobre nuestros traseros hasta que nos aburramos de vernos las caras?
Corbett sonrió.
– Estaba pensando en las casualidades, Ranulfo. En el azar de una tirada de dados. Por ejemplo, en la gran victoria del rey Eduardo sobre De Montfort en Evesham. ¡Oh! El rey era un buen general, cierto; pero tuvo suerte. También pensaba en aquel villano que colgamos en Leighton. ¿Cómo se llamaba?
– Boso.
– Ah, sí. Boso. ¿Cómo le cogiste?
– Decidió escapar -replicó Ranulfo-, pero tomó el camino equivocado. Uno no puede correr demasiado lejos cuando le cogen por sorpresa en un pantano.
– ¿Y si hubiera tomado otro camino?
– Le habríamos perdido. Como sabéis, en el bosque de Epping se puede esconder un ejército entero.
– Lo mismo ocurre aquí -dijo Corbett-. Podemos utilizar la lógica y la deducción, pero la última palabra la tiene la suerte.
– ¿De veras, amo? -Ranulfo agarró su jarra entre las manos-. Dentro de unos meses será noviembre, la festividad de Todos los Santos. No puedo evitar acordarme de la historia que me explicasteis sobre el asesinato de vuestra parroquia cuando erais un muchacho. Pensad en todos los muertos, todas las víctimas del Campanero llorando para que Dios haga justicia.
Corbett brindó por su siervo en silencio con su jarra de cerveza.
– La teología es importante, Ranulfo. Y la intervención divina es una posibilidad, pero Dios también ayuda a aquellos que se ayudan a sí mismos. Pensemos en la retahíla de víctimas. -Corbett dejó la jarra sobre la mesa-. Copsale murió mientras dormía, probablemente envenenado o asfixiado como Appleston.
– ¿Y Ascham?
– Fue lo suficientemente insensato como para abrir las contraventanas: seguramente ni lo pensó.
– ¿Y Passerel?
– No sé por qué fue asesinado Passerel si no es por el hecho de que él y Ascham eran amigos y el Campanero debió de temer que el archivista compartiera sus sospechas con él.
– ¿Y Langton?
– Fue muy fácil. La gente estaba reunida en la biblioteca y las copas de vino estaban sobre la mesa; era un objetivo fácil. Lo que no puedo entender es cómo la víctima tenía en su poder una carta del Campanero dirigida a mí en su zurrón -Corbett miró a un pollo que picoteaba sobre el suelo cubierto de barro.
– ¿Y Appleston? -preguntó Ranulfo-. Tuvo que ser alguien fuerte para poder asfixiarle con el cojín. -Ranulfo llamó al tabernero para que volviera a llenar las jarras-. Pero ¿quién, amo?
– Según Aristóteles -contestó Corbett-, el hombre es bueno por naturaleza. Esto confundió a vuestro filósofo preferido: ¿cómo es posible que el hombre, un ser creado por Dios y que por lo tanto se suponía que debía ser bueno, hiciera el mal?
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