Michael Connelly - Echo Park

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Harry Bosch tiene la oportunidad de reabrir un caso en el que trabajó en el pasado y que había quedado sin resolución; se traga del asesinato de Marie Gesto, una joven desaparecida años atrás. Bosch tuvo siempre el presentimiento de que nunca encontrarían con vida a Gesto y cuando las circunstancias le forzaron a cerrar el caso, se quedó con la desagradable sensación de haber dejado escapar al culpable por obviar un detalle de la investigación. Por ello recibe, entre escéptico y aliviado, la confesión de un hombre que alega estar detrás del asesinato de la joven. Las circunstancias que envuelven el caso son atípicas dado el interés de un político por llegar a un pacto con el presunto culpable. Arguye que resultaría beneficioso paa ambas partes: el detenido detallaría qué pasócon otros casos irresolutos cuya autoría se atribuye, evitando así la pena de muerte. A Bosch no le gusta la propuesta, pero no puede reprimir su deseo de cerrar un caso que le ha inquietado durante años.

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– ¿Quién anda ahí? -dijo la anciana con energía.

Tenía la cabeza torcida. Aunque tenía los ojos abiertos, éstos no estaban enfocados en Bosch, sino en el suelo. Era su oído el que estaba aguzado hacia él y el detective comprendió que era ciega.

Bosch levantó la pistola y la apuntó con ella.

– ¿Señora Saxon? Tranquila. Me llamo Harry Bosch. Estoy buscando a Robert.

Las facciones de la anciana mostraron una expresión de desconcierto.

– ¿Quién?

– Robert Foxworth. ¿Está aquí?

– Se ha equivocado, y ¿cómo se atreve a entrar sin llamar?

– Yo…

– Bobby usa el garaje. No le dejo usar la casa. Con todos esos químicos, huele fatal.

Bosch empezó a avanzar hacia ella, sin apartar la mirada de la pistola en ningún momento.

– Lo siento, señora Saxon. Pensaba que estaría aquí. ¿Ha estado aquí últimamente?

– Viene y va. Sube a pagarme el alquiler, nada más.

– ¿Por el garaje? -Se estaba acercando.

– Eso es lo que he dicho. ¿Qué quiere de él? ¿Es amigo suyo?

– Sólo quiero hablar con él.

Bosch se inclinó y le cogió la pistola de la mano a la anciana.

– ¡Eh! Es mi protección.

– No se preocupe, señora Saxon. Se la devolveré. Sólo creo que hay que limpiarla un poco. Y engrasarla. De esa forma será más seguro que funcione en caso de que alguna vez la necesite de verdad.

– La necesito.

– La voy a llevar al garaje y le diré a Bobby que la limpie. Luego se la devolveré.

– Más le vale.

Bosch verificó el estado de la pistola. Estaba cargada y parecía operativa. Se la puso en la cinturilla de la parte de atrás de los pantalones y miró a Rachel. La agente del FBI estaba de pie en la entrada, un metro detrás de él. Hizo un movimiento con la mano, haciendo el gesto de mover una llave. Bosch comprendió.

– ¿Tiene una llave del garaje, señora Saxon? -preguntó.

– No. Vino Bobby y se la llevó.

– Vale, señora Saxon. Lo veré con él.

Bosch se dirigió a la puerta de la calle. Rachel se unió a él y ambos salieron. A medio camino de la escalera que conducía al garaje, Rachel le agarró el brazo y susurró.

– Hemos de pedir refuerzos. ¡Ahora!

– Llámalos, pero yo voy al garaje. Si está ahí dentro con la chica, no podemos esperar.

Bosch se desembarazó del brazo de Rachel y continuó bajando. Al llegar al garaje, miró una vez más por la ventana a los paneles superiores y no apreció movimiento en el interior. Tenía la mirada concentrada en la pared de atrás. Todavía estaba cerrada.

Se acercó a la entrada de a pie y abrió el filo de una navaja plegable que tenía atada al aro de las llaves.

Bosch empezó a ocuparse de la cerradura de la puerta y consiguió forzarla con la navaja. Hizo una señal a Rachel para que estuviera preparada y tiró de la puerta, pero ésta no cedió. Tiró una vez más con más fuerza, pero la puerta siguió sin ceder.

– Hay un cierre interior -susurró-. Eso significa que está ahí dentro.

– No. Podría haber salido por una de las puertas del garaje.

Bosch negó con la cabeza.

– Están cerradas por dentro -susurró-. Todas las puertas están cerradas por dentro.

Rachel comprendió y asintió con la cabeza.

– ¿Qué hacemos? -respondió en otro susurro.

Bosch reflexionó un momento y luego le pasó sus llaves.

– Vuelve al coche. Cuando llegues aquí, aparca con la parte de atrás justo ahí. Luego abre el maletero.

– ¿Qué estás…?

– Hazlo. ¡Vamos!

Walling corrió por la acera de delante de los garajes y luego cruzó la calle y se perdió de vista colina abajo. Bosch se colocó ante la puerta basculante que parecía cerrada de manera extraña. Estaba desalineada y sabía que era la mejor opción para intentar entrar.

Oyó el potente motor del Mustang antes de ver su coche coronando la colina. Rachel condujo con velocidad hacia él, que retrocedió contra el garaje para darle el máximo espacio para maniobrar. Rachel hizo casi un giro completo en la calle y retrocedió hacia el garaje. El maletero estaba abierto y Bosch inmediatamente buscó la cuerda que guardaba en la parte de atrás. No estaba. Recordó que Osani se la había llevado después de descubrirla en el árbol de Beachwood Canyon.

– ¡Mierda!

Buscó rápidamente y encontró un tramo más corto de cuerda que había usado en una ocasión para cerrar el maletero cuando trasladaba un mueble al Ejército de Salvación. Rápidamente ató un extremo de la cuerda al gancho de acero para remolcar el vehículo que había debajo del parachoques y a continuación ató el otro extremo al tirador situado en la parte inferior de la puerta del garaje. Sabía que algo tendría que ceder: la puerta, el tirador o la cuerda. Tenía una posibilidad entre tres de conseguir su objetivo.

Rachel había salido del coche.

– ¿Qué estás haciendo? -preguntó.

Bosch cerró silenciosamente el maletero.

– Vamos a abrirlo. Métete en el coche y avanza. Despacio. Un tirón rompería la cuerda. Adelante, Rachel. Date prisa.

Sin decir palabra, ella se metió en el coche, lo puso en marcha y empezó a avanzar. Rachel observó por el espejo retrovisor y Bosch hizo girar un dedo para indicarle que siguiera avanzando. La cuerda se tensó y Bosch oyó el sonido de la puerta del garaje crujiendo al aumentar la presión. Retrocedió al tiempo que desenfundaba una vez más su pistola.

La puerta del garaje cedió de repente y se levantó hacia fuera un metro.

– ¡Basta! -gritó Bosch, consciente de que ya no tenía sentido seguir hablando en susurros.

Rachel paró el Mustang, pero la cuerda permaneció tensa y la puerta del garaje se mantuvo abierta. Bosch avanzó con rapidez y usó su impulso para agacharse y rodar por debajo de la puerta. Se levantó en el interior del garaje con la pistola en alto y preparada. Barrió el espacio con la mirada, pero no vio a nadie. Sin perder de vista la puerta situada en la pared de atrás, caminó hacia la furgoneta. Abrió de un tirón una de las puertas laterales y miró en el interior. Estaba vacía.

Bosch avanzó hasta la pared del fondo, abriéndose paso en una carrera de obstáculos de barriles boca arriba, rollos de plástico, pacas de toallas y otros elementos para limpiar ventanas. Se percibía un intenso olor a amoniaco y otros productos químicos. A Bosch empezaban a llorarle los ojos.

Las bisagras de la puerta de la pared de atrás estaban a la vista y Bosch sabía que bascularía hacia él cuando la abriera.

– ¡FBI! -gritó Walling desde fuera-. ¡Entrando!

– ¡Despejado! -gritó Bosch.

Oyó que Walling pasaba por debajo de la puerta del garaje, pero mantuvo su atención en la pared del fondo. Avanzó hacia ella, escuchando en todo momento por si oía algún sonido.

Tomando posición a un lado de la puerta, Bosch puso la mano en el pomo y lo giró. Estaba abierto. Miró atrás a Rachel por primera vez. Ella se encontraba en posición de combate, de perfil respecto a la puerta. Rachel le hizo una señal con la cabeza y en un rápido movimiento Bosch abrió la puerta y traspuso el umbral.

El cuarto carecía de ventanas y estaba oscuro. Bosch no vio a nadie. Sabía que de pie a la luz del umbral era como una diana y rápidamente entró en el cuarto. Vio una cuerda que encendía la luz del techo y tiró de ella. La cuerda se rompió en su mano, pero la bombilla del techo se balanceó ligeramente y se encendió. Estaba en una atestada sala de trabajo y almacenamiento de unos tres metros de profundidad. No había nadie en la sala.

– ¡Despejado!

Rachel entró y se quedaron de pie examinando la estancia. A la derecha vieron una mesa de trabajo repleta de latas de pintura viejas, herramientas caseras y linternas. Había cuatro bicicletas oxidadas apiladas contra la pared de la izquierda, junto con sillas plegables y una pila de cajas de cartón que se había derrumbado. La pared del fondo era de cemento. Colgada de ella estaba la vieja y polvorienta bandera del mástil del patio delantero. En el suelo, delante de la bandera, había un ventilador eléctrico de pie, con las palas llenas de polvo y porquería. Parecía que en algún momento alguien había intentado sacar el olor fétido y húmedo de la sala.

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