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Michael Connelly: Nueve Dragones

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Michael Connelly Nueve Dragones

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Harry Bosch y su compañero Ignacio Ferras investigan el asesinato del señor Li, anciano propietario de Fortune Liquors, una tienda china de licores de Los Ángeles. Las cámaras de seguridad del local invalidan la teoría de atraco y dejan la puerta abierta a que el crimen esté relacionado con una posible extorsión por parte de la mafia china. Bosch, en deuda con Li desde que éste le ayudara durante los disturbios raciales de la ciudad, promete a sus hijos que encontrará al asesino de su padre. En plena investigación, Bosch recibe la noticia de la desaparición de su hija Maddie. La adolescente vive con su madre, Eleanor Wish -la ex agente del FBI que fuera pareja del investigador-, en Hong Kong. Bosch se teme lo peor: cree que el secuestro podría estar vinculado con el asesinato de Li, por lo que decide marcharse a la ciudad asiática en un intento desesperado por hallar a su hija.

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Michael Connelly Nueve Dragones Traducción de Javier Guerrero Harry Bosch 15 - фото 1

Michael Connelly

Nueve Dragones

Traducción de Javier Guerrero

Harry Bosch 15

PRIMERA PARTE. Homicidios especiales

1

Desde el otro lado del pasillo, Harry Bosch miró hacia el cubículo de su compañero y lo vio sumido en su ritual diario de alinear las carpetas apiladas, despejar de papeles el centro de la mesa y, por último, guardar la taza de café enjuagada en un cajón. Echó un vistazo a su reloj y vio que sólo eran las cuatro menos veinte; daba la impresión de que Ignacio Ferras empezaba cada día su ritual un minuto o dos antes que la jornada anterior. Aún era martes, el inicio de una semana de cuatro días después del puente del Día del Trabajo, y Ferras ya se estaba preparando para salir temprano. El desencadenante de esta rutina era siempre una llamada de teléfono desde su casa: allí lo esperaba una mujer con un niño de dos años y dos gemelos recién nacidos.

La esposa de Ferras miraba el reloj como lo haría el propietario de una tienda de golosinas con los niños gordos. Necesitaba un descanso y que su marido volviera a casa para concedérselo. Incluso desde el otro lado del pasillo y con las mamparas de insonorización de un metro veinte que separaban los espacios de trabajo en la nueva sala de la brigada, Bosch podía oír los dos lados de la conversación, que siempre empezaba con: «¿Cuándo vas a llegar a casa?».

Una vez que puso todo en orden en su espacio de trabajo, Ferras miró a su compañero.

– Harry, me voy a ir ahora, que hay menos tráfico -dijo-. Hay varias llamadas pendientes, pero tienen mi móvil. No hace falta que espere aquí.

Ferras se masajeó el hombro izquierdo mientras hablaba, lo cual también formaba parte de la rutina. Era su forma no verbal de recordarle a Bosch que le habían herido de bala hacía dos años y se había ganado el derecho de salir antes.

Bosch se limitó a asentir. En realidad, la cuestión no era si su compañero salía antes del trabajo ni si se lo había ganado; era una cuestión de compromiso con la misión de Homicidios, de saber si estaría allí cuando llegara el siguiente caso. Ferras se había pasado nueve meses en fisioterapia y rehabilitación antes de reincorporarse a la brigada. En el año transcurrido desde entonces, había trabajado en los casos con una reticencia que estaba acabando con la paciencia de Bosch. No se mostraba comprometido, y Harry se estaba cansando de esperarlo.

También se estaba cansando de esperar un nuevo crimen. Hacía cuatro semanas que no les asignaban un caso y ya había llegado la ola de calor del final del verano. Bosch sabía, tan seguro como que el viento de Santa Ana sopla por los pasos de montaña, que recibirían un caso.

Ferras se levantó y cerró el cajón de su escritorio. Estaba cogiendo la chaqueta del respaldo de la silla cuando Bosch vio que Larry Gandle salía de su oficina, situada al otro lado de la sala de la brigada, y se dirigía hacia ellos. Como miembro más veterano de la pareja, a Bosch le dieron a elegir cubículo un mes antes, cuando la División de Robos y Homicidios empezó a trasladarse desde el decrépito Parker Center al nuevo edificio de la Administración de Policía. La mayoría de los detectives de grado tres eligieron los cubículos orientados a las ventanas con vistas al ayuntamiento. Bosch optó por lo contrario: cedió la vista a su compañero y escogió el espacio que le permitía observar lo que ocurría en la sala de la brigada. Al ver que se acercaba el teniente, supo de manera instintiva que su compañero no volvería a casa temprano.

Gandle sostenía una hoja arrancada de un cuaderno y tenía un brío extra en sus andares. Eso le bastó a Bosch para comprender que su espera había concluido: allí tenía el caso, el nuevo crimen. Empezó a levantarse.

– Bosch y Ferras, en marcha -dijo Gandle cuando llegó hasta ellos-. Necesito que os ocupéis de un caso en el South Bureau.

Bosch vio que su compañero dejaba caer los hombros bruscamente. No le hizo caso y estiró el brazo para coger el papel que sostenía Gandle. Miró la dirección escrita en él: South Normandie. Había estado allí antes.

– Es una licorería -explicó Gandle-. Un hombre muerto detrás del mostrador; la patrulla está reteniendo a un testigo. No sé nada más. ¿Listos para salir?

– Listos -dijo Bosch antes de que su compañero pudiera quejarse.

Pero no funcionó.

– Teniente, esto es Homicidios Especiales -protestó Ferras, volviéndose y señalando la cabeza de jabalí colgada encima de la puerta de la sala de la brigada-. ¿Por qué hemos de ocuparnos de un atraco en una licorería? Sabe que es un caso de bandas y los de South pueden resolverlo antes de medianoche, o al menos saber quién ha disparado.

Ferras tenía razón. Los casos difíciles y complejos los llevaban Homicidios Especiales, una brigada de elite que se encargaba de investigaciones complicadas con el talento implacable de un jabalí que hurga en el barro para sacar una trufa. Un atraco en una licorería situada en un territorio controlado por las bandas difícilmente cumplía esos requisitos.

Gandle, cuya calva y expresión adusta lo convertían en el administrador perfecto, separó las manos en un ademán que expresaba una ausencia absoluta de compasión.

– Os lo dije a todos en la reunión de personal de la semana pasada: esta semana nos toca reforzar a South. Están en cuadro, tienen un equipo de guardia mientras todos los demás están en un curso de homicidios hasta el día 14. Les tocaron tres casos el fin de semana y éste, esta mañana, así que el equipo de guardia no da para más. Es vuestro turno y os toca el caso del atraco. Punto. ¿Alguna pregunta? La patrulla está esperando allí con un testigo.

– Allá vamos, jefe -dijo Bosch, zanjando la discusión.

– Espero noticias. -Gandle se dirigió de nuevo a su despacho.

Bosch cogió la americana del respaldo de su silla, se la puso y abrió el cajón de en medio de su escritorio. Cogió el cuaderno de cuero de su bolsillo de atrás y sustituyó el bloc de papel rayado por otro nuevo. Asesinato nuevo, bloc nuevo: era su rutina. Miró la placa de detective repujada en la tapa del cuaderno y volvió a guardárselo en el bolsillo de atrás. La verdad era que no le importaba qué clase de caso fuera; sólo quería uno. Como con cualquier otra cosa, si pierdes la práctica, pierdes la ventaja. Bosch no quería que le ocurriera eso.

Ferras se quedó con los brazos en jarras, mirando el reloj situado encima del tablón de anuncios.

– Mierda -dijo-. Otra vez.

– ¿Cómo que «otra vez»? -preguntó Bosch-. No hemos tenido un caso en un mes.

– Sí, pero ya me estaba acostumbrando.

– Bueno, si no quieres trabajar en Homicidios, seguro que encuentras un puesto de nueve a cinco en robos de coches, por ejemplo.

– Sí, claro.

– Pues vamos.

Bosch salió al pasillo y se encaminó a la puerta. Ferras lo siguió, sacando el teléfono para llamar a su mujer y darle la mala noticia. Antes de salir, los dos hombres levantaron el brazo y tocaron el hocico del jabalí para que les diera buena suerte.

2

Bosch no tuvo que sermonear a Ferras de camino a la zona sur de Los Ángeles, conocida como South LA. Conducir en silencio fue su sermón. Su joven compañero daba la impresión de marchitarse bajo la presión del silencio y finalmente se sinceró.

– Esto me está volviendo loco.

– ¿El qué?

– Los gemelos. Demasiado trabajo, demasiados llantos. Es un efecto dominó; uno se despierta y eso hace que el otro deje de dormir; entonces se despierta el mayor. Nadie puede pegar ojo y mi mujer está…

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