John Connolly - Perfil asesino

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El hallazgo fortuito de una fosa común, a orillas de un lago en el norte de Maine, pone al descubierto un espeluznante asesinato en masa cometido hace más de treinta años. Todos los miembros de una comunidad religiosa, los Baptistas de Aroostook, desaparecieron sin dejar rastro en 1964, y, ahora que sus cadáveres han vuelto al presente como una muda acusación, alguien parece muy interesado en que el misterio quede sin resolver. Pero el pasado regresa con inusitada brutalidad. La primera víctima es Grace Peltier, una estudiante que, al investigar sobre el fanatismo religioso en el estado de Maine, ha ahondado en la vida y el enigmático final de la comunidad de Aroostook. En apariencia, Grace se ha suicidado, pero hay indicios de asesinato más que suficientes para que la familia solicite la intervención del detective Charlie Parker, «Bird», el protagonista de las anteriores entregas de John Connolly.

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El señor Pudd tenía el rostro tumefacto por las picaduras de araña. Los labios enormes y amoratados parecían rellenos de colágeno. La hinchazón casi le taponaba las ventanas nasales, y se veía obligado a respirar trabajosamente por la boca, con la lengua dilatada colgando entre los dientes. Tenía un ojo casi cerrado y el otro había crecido hasta el doble de su tamaño original, de modo que parecía a punto de reventar. Presentaba una coloración grisácea, roja por la sangre allí donde se le habían roto los capilares. Hebras plateadas de telaraña se mezclaban con su pelo y una araña negra, atrapada entre el cuello de la camisa y su garganta túmida, agitaba las patas en vano mientras le picaba. Le golpeé los brazos pero no me soltó. Sangre y saliva rezumaban de su boca y le resbalaban por el mentón. Alargué el brazo derecho y le hinqué los dedos en la cara, intentando alcanzar el ojo herido.

Detrás, oí arrancar el motor del bote, y Pudd cambió la posición de las manos para tratar de aplastarme la nuez con los pulgares. Al sentir aumentar la presión en mi cabeza por el gradual estrechamiento de la traquea, le arañé las manos. Resoplando, el fueraborda se apartó del malecón, pero en ese momento poco me importaba. En mis oídos resonaba el fragor de mi propia cabeza y el salivoso jadeo del hombre que pretendía matarme. Sentí quemazón detrás de los ojos y un hormigueo que se propagaba desde los dedos. Desesperado, le clavé las uñas en el rostro, pero perdía ya la sensibilidad en las manos y se me nublaba la vista.

De pronto a Pudd le estalló la tapa de los sesos y me salpicó una lluvia de sangre y materia gris. Permaneció erguido por un momento, con la mandíbula distendida y sangrando a borbotones por la nariz y la boca, y luego se desplomó de costado sobre el barro. Al desaparecer la presión de mi garganta, tomé aire dando estertóreas y dolorosas bocanadas a la vez que, a patadas, apartaba de mí el cuerpo de Pudd. Me puse de rodillas y escupí tierra.

En lo alto de la pendiente de hierba, Ángel, tendido boca abajo, empuñaba la pistola calibre 38 con la mano derecha ante él y sostenía la lámina de plástico con la izquierda para protegerse la espalda herida. Al tomar nuevamente conciencia del sonido de la motora alejándose en las aguas picadas y oscuras, miré hacia el mar. Estaba sólo a diez o quince metros de la orilla, con la espuma blanca arremolinándose ante la proa y Faulkner de pie al timón, su cara pálida contraída de rabia y de dolor.

El motor petardeó y se apagó.

Nos hallábamos cara a cara separados por las olas, mientras la lluvia caía sobre nuestras cabezas, sobre los cadáveres que yacían detrás de mí, sobre las aguas oscuras de la bahía.

– Veré tu condenación, pecador.

Levantó el revólver con la mano izquierda y disparó. El primero fue un tiro a bulto, e impactó en las rocas detrás de mí con un gemido. Se balanceó ligeramente con el movimiento del bote, apuntó y disparó otra vez. En esta ocasión noté el tirón de la bala en la manga del abrigo pero no me hirió; traspasó la lana, dejando sólo un leve olor a quemado en su estela. Los dos siguientes disparos silbaron en el aire húmedo cerca de mi cabeza mientras, arrodillado, abría la mochila de emergencia.

El lanzabengalas era un Helly-Hanson, y me complació sentir su peso en la mano. Me acordé de Grace y de Curtis, y del parche de cinta adhesiva negra que cubría el ojo destrozado de James Jessop. Me acordé de Susan, de su belleza el día que nos conocimos, del olor a pacanas en su aliento. Me acordé de Jennifer, del contacto de su pelo rubio al rozar con el mío, del sonido de su respiración cuando dormía.

Volvió a disparar, esta vez errando el tiro por más de un metro. Apunté hacia las olas e imaginé el resplandor incandescente que se propagaba por el agua mientras la bengala surcaba la superficie; el fogonazo de colores rosa y azul al prenderse el gasoil, surgiendo de las olas y avanzando hacia el hombre del revólver; la explosión del fueraborda y las llamas que se extendían por la cubierta y engullían aquella figura. El calor me chamuscaría la cara mientras el mar se iluminaría de rojo y oro, y el viejo viajaría, envuelto en fuego, de este mundo al otro.

Tensé el dedo en el gatillo.

Oí un chasquido.

Sobre las olas, Faulkner se mecía ligeramente cuando el percutor golpeó la recámara vacía del revólver. Intentó disparar una vez más.

Otro chasquido.

Me acerqué al agua y levanté el lanzabengalas. Oí de nuevo aquel sonido hueco, pero el viejo no parecía notarlo ni darle importancia. El cañón de su arma seguía mis movimientos, como si a cada gatillazo el revólver vacío arrojase una andanada de plomo que me traspasase y me condujese, centímetro a centímetro, a la muerte.

Otro chasquido.

Por un instante, mantuve el lanzabengalas apuntado hacia él, su ancha boca centrada en el cuerpo del viejo, y vi satisfacción en su rostro. Moriría, pero con su aniquilación yo me condenaría, y me convertiría en alguien como él.

Otro chasquido.

Entonces alcé el cañón hasta que el arma quedó por encima de mi cabeza, apuntada al cielo.

– ¡No! -gritó Faulkner-. ¡No!

Apreté el gatillo y la bengala se elevó proyectando una luz intensa sobre las oscuras olas, transformando la lluvia en plata y oro, y el viejo vociferó colérico mientras una nueva estrella nacía en el vacío.

Me aproximé a Ángel. Una mancha de sangre se extendía por todo lo ancho del protector de plástico, que se había caído sobre la herida. Con cuidado, lo levanté para que no se adhiriese. Aún tenía la pistola en la mano y los ojos abiertos, la mirada fija en la figura sobre el agua.

– Debería haber ardido -dijo.

– Arderá -contesté. Y lo sostuve entre los brazos hasta que vinieron a buscarnos.

EN BUSCA DEL SANTUARIO

Extracto de la tesis doctoral de Grace Peltier

«La verdad existe», escribió el pintor Georges Braque. «Sólo las mentiras se inventan.» En algún lugar, la verdad sobre los Baptistas de Aroostook espera a ser descubierta y escrita por fin. Yo sólo he intentado proporcionar un contexto a lo que ocurrió: las esperanzas que inspiraron la empresa, las emociones que la minaron y las acciones finales que acabaron con ella.

En agosto de 1964 se enviaron cartas a los parientes de cada una de las familias que se habían unido a Faulkner más de un año antes. Cada carta fue escrita por el padre o la madre de la familia en cuestión. Lyall Kellog escribió la carta de su familia; tenía matasellos de Fairbanks, Alaska. La carta de Katherine Cornish procedía de Johnstown, Pennsylvania; la de Frida Perrson de Rochester, Minnesota, y la de Frank Jessop, que aseguró a su familia que su esposa y sus hijos estaban bien, de Porterville, California. Las cartas, todas sin fechar, mandaban saludos y se limitaban a anunciar que los Baptistas de Aroostook se habían disgregado y las familias implicadas habían decidido difundir al mundo el mensaje del reverendo Faulkner como los antiguos misioneros. Pocos de los parientes sentían especial interés. Sólo Lena Myers, la hermana de Elizabeth Jessop, persistió en la creencia de que quizá le había ocurrido algo a su hermana y a la familia de ésta. En 1969, con la autorización del propietario de las tierras, contrató a una constructora privada para excavar partes de la finca de la comunidad de Eagle Lake. La búsqueda no dio resultado. En 1970, Lena Myers murió como consecuencia de las heridas sufridas al ser atropellada por un conductor que se dio a la fuga en Kennebec, Maine. Nunca se ha procesado a nadie en relación con su muerte.

No se ha encontrado el menor rastro de las familias en ninguna de las localidades de donde partieron las cartas. Sus nombres no constan en ningún registro. No se han localizado descendientes. Ninguna volvió a dar señales de vida.

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