John Connolly - Perfil asesino

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El hallazgo fortuito de una fosa común, a orillas de un lago en el norte de Maine, pone al descubierto un espeluznante asesinato en masa cometido hace más de treinta años. Todos los miembros de una comunidad religiosa, los Baptistas de Aroostook, desaparecieron sin dejar rastro en 1964, y, ahora que sus cadáveres han vuelto al presente como una muda acusación, alguien parece muy interesado en que el misterio quede sin resolver. Pero el pasado regresa con inusitada brutalidad. La primera víctima es Grace Peltier, una estudiante que, al investigar sobre el fanatismo religioso en el estado de Maine, ha ahondado en la vida y el enigmático final de la comunidad de Aroostook. En apariencia, Grace se ha suicidado, pero hay indicios de asesinato más que suficientes para que la familia solicite la intervención del detective Charlie Parker, «Bird», el protagonista de las anteriores entregas de John Connolly.

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Asentí con la cabeza.

– Son sus hijos, Bird.

– Lo sé.

– ¡Vaya una familia de mierda! -Casi sonrió-. ¿Los has matado?

– Diría que sí.

– ¿Qué significa eso?

– La mujer está muerta. Al señor Pudd se lo he echado como alimento a sus animales de compañía.

Dejé a Ángel y me acerqué a una escalera que ascendía desde una puerta pequeña al fondo de la habitación. A la izquierda del primer peldaño había una habitación con otra cama y un crucifijo colgado del techo. Allí las paredes estaban cubiertas de estantes combados por el peso de los libros. Habían retirado ya algunos como parte de los preparativos para la huida, pero muchos seguían en su sitio; la llegada de Ángel debía de haber inducido a Faulkner a reajustar sus prioridades. Dudaba que hasta ese momento hubiese dispuesto de muchos sujetos vivos con quienes practicar. Contra la pared había un banco de trabajo y, en él, un estuche metálico con tintas, estilográficas, cuchillos y plumines cuidadosamente colocados. En un hueco, frente al dormitorio, zumbaba un generador.

Cuando regresé a la sala de preparación de Faulkner, Ángel había logrado levantarse y se apoyaba en la pared con las manos, un poco encorvado, la pierna herida en alto. La espalda había empezado a sangrarle otra vez.

– ¿Crees que lo conseguirás?

Asintió con la cabeza. Le ayudé a pasarme el brazo izquierdo por encima de los hombros y lo sujeté con cuidado por la cintura. Muy despacio, y con el dolor claramente grabado en el rostro, subió por los peldaños de piedra. Cuando estaba casi arriba, resbaló y se golpeó la espalda contra la pared. Dejó en ella una mancha de vivo color rojo a la vez que perdía el conocimiento, y tuve que cargar con él el resto del camino. La escalera terminaba en un hueco donde había una puerta de acero abierta. El viento agitaba una gruesa lámina de plástico extendida en el suelo junto a ésta. Al lado, un cuerpo yacía enrollado en una segunda lámina manchada de sangre por dentro. Parte de la cara de Voisine quedaba a la vista. Recordé el enojo de Pudd por las heridas infligidas por Ángel a su acompañante; por lo visto, Voisine había muerto a causa de ellas.

Ángel volvió en sí cuando lo tendí boca abajo en el suelo. Saqué la pistola calibre 38 de la funda y se la coloqué en la mano.

– Mataste a Voisine.

Fijó la mirada en mí con los ojos empañados.

– Bravo. ¿Podré mearme en su tumba?

– Haré unas cuantas llamadas y veré qué puede hacerse.

– ¿Adónde vas?

– A buscar a Faulkner.

– Si lo encuentras, dale saludos de mi parte antes de matarlo.

Llovía sin cesar y la tierra se había convertido en barro cuando pisé la hierba con cautela. A unos quince metros detrás de mí la muda continuaba donde había caído y no llegaba el menor sonido del interior del criadero de arañas del señor Pudd. El faro se alzaba a mis espaldas, y frente a mí una pendiente cubierta de hierba descendía hasta el cobertizo para botes. Allí, en una cala protegida del viento, había un malecón flotante. La puerta del cobertizo estaba abierta y un bote se mecía al pie de la rampa de hormigón. Era una pequeña motora Cape Craft con un fueraborda Evinrude. Una silueta, de pie en la cubierta, echaba gasoil en el depósito del motor. La lluvia caía sobre su cabeza descubierta, sobre el cabello largo y blanco que se le pegaba a la cara y los hombros, sobre el abrigo negro y los zapatos negros de piel. Debió de presentir que me acercaba, ya que alzó la vista, derramando el gasoil en la cubierta al perder la concentración.

Y sonrió.

– Hola, pecador -dijo el reverendo Faulkner.

Se llevó la mano al revólver que llevaba al cinto y disparé una vez. Se tambaleó hacia atrás y la lata de gasoil se le cayó de las manos. El brazo derecho destrozado le colgaba ahora inerte al costado y el arma, resbalando de sus dedos, fue a parar a la cubierta del bote; sin embargo, la sonrisa permaneció en su boca, un tanto trémula a causa del dolor de la herida. Disparé otras dos veces y agujereé el fueraborda. El gasoil brotó del depósito perforado.

Medía, calculé, alrededor de un metro ochenta. Tenía los dedos blancos y afilados, la tez pálida y las facciones alargadas. A la luz de la cabina, sus ojos eran de un azul oscuro e intenso, casi negro. Con una nariz extraordinariamente larga y delgada y unos labios muy finos, casi inexistentes, la boca parecía empezar allí donde acababan los orificios nasales. Tenía el cuello esquelético y estriado, y los pliegues de carne flácida colgaban bajo su mentón como una carúncula.

A mis pies vi una maltrecha mochila impermeable de emergencia y le di un puntapié.

– ¿Va a alguna parte, reverendo? -pregunté.

Pasó por alto la pregunta.

– ¿Cómo nos ha encontrado, pecador?

– El Viajante me guió hasta aquí.

El viejo movió la cabeza.

– Un individuo interesante. Lo lamenté cuando le mató.

– Fue usted el único. Su hija ha muerto, reverendo, y su hijo también. Todo ha terminado.

El viejo escupió al mar y miró por encima de mi hombro hacia donde la mujer yacía muerta bajo la lluvia. No reveló emoción alguna.

– Baje del bote. Será juzgado por las muertes de sus feligreses, por los homicidios de Jack Mercier y su esposa y amigos, por los asesinatos de Curtis y Grace Peltier. Va a rendir cuentas por todos ellos.

Negó con la cabeza.

– No he de rendir cuentas de nada. El Señor no envió demonios a matar a los primogénitos de Egipto, señor Parker; envió ángeles. Nosotros éramos los ángeles encargados de llevar a cabo la obra del Señor, de segar pecadores.

– Matar a mujeres y a niños no parece obra de Dios.

La sangre goteaba de sus dedos en las tablas del bote. Con cuidado levantó el brazo herido, aparentemente ajeno al dolor, y me mostró la sangre de la mano.

– Pero el Señor mata a mujeres y a niños cada día -replicó-. Se llevó a su mujer y a su hija. Si hubiese creído que eran dignas de salvación, seguirían vivas.

Tensé la mano alrededor del arma y noté que se desplazaba ligeramente el gatillo.

– A mi mujer y a mi hija no las mató Dios. Se ensañó con ellas un hombre, un hombre enfermo y violento alentado por usted.

– No necesitaba mi aliento. Requería sólo un marco para sus ideales, una dimensión más amplia. -Calló por un momento y, ladeando la cabeza, pareció examinarme. Por fin preguntó-: Los ve, ¿verdad?

No contesté.

– ¿Cree que es usted el único? -Volvió a sonreír-. Yo también los veo. Hablan conmigo. Me cuentan cosas. Están esperándole, pecador, todos ellos. ¿Piensa que todo acabó con sus muertes? No es así: están esperándole. -Se inclinó hacia mí en actitud de complicidad-. Y mientras esperan, se folian a su puta -dijo entre dientes-. Se folian a sus dos putas.

Me bastaba la presión de un dedo para matarlo. Cuando exhalé y sentí cómo el gatillo se desplazaba hacia delante, casi pareció decepcionado.

– Es un embustero, Faulkner -respondí-. Dondequiera que estén mi mujer y mi hija, se encuentran a salvo de usted y de los de su clase. Ahora, por última vez, baje del bote.

No hizo ademán de moverse.

– No me juzgará ningún tribunal de este mundo, pecador. Dios será mi juez.

– Algún día -contesté.

– Adiós, pecador -dijo el reverendo Faulkner, y algo me golpeó con fuerza en la espalda.

Caí de rodillas, y un zapato marrón me pisó los dedos. La pistola se disparó en dirección al malecón antes de que la alejasen de mí de un puntapié y fuese a parar al mar. A continuación, pareció precipitarse sobre mí un peso enorme y me encontré con la cara hundida en el barro. Tenía unas rodillas sobre la espalda, obligándome a expulsar el aire de los pulmones, y la boca y la nariz se me llenaban de tierra. Afiancé las puntas de los pies en el terreno blando y empujé contra el suelo con el brazo izquierdo a la vez que lanzaba hacia atrás el puño derecho. Sentí que el golpe daba en el blanco y se reducía un poco el peso sobre mi espalda. Intenté apartarlo por completo a la vez que me volvía, pero recibí un fuerte rodillazo en la entrepierna y unas manos se cerraron en torno a mi cuello. Tendido de espaldas, me encontré mirando la cara del infierno.

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