El hedor era increíble, un fuerte olor a descomposición y excrementos. No había lámpara en el techo ni en las paredes y la única claraboya estaba revestida de gruesas tiras de algodón para impedir la entrada directa del sol. La iluminación procedía de pequeñas bombillas colocadas bajo los anaqueles metálicos de las estanterías, dispuestas en cinco filas a lo ancho de la sala. Cada una tenía cuatro anaqueles, y la coloración verde de la luz se debía a las plantas de las macetas distribuidas junto a las cajas de cristal que ocupaban los estantes. Cada caja o jaula iba provista de un termómetro y un higrómetro, y las bombillas disponían de potenciómetros para reducir la intensidad del calor radiante. Las bombillas estaban parcialmente cubiertas con papel de aluminio para proteger de la luz directa a las arañas e insectos de los terrarios, y las hojas de las plantas atenuaban más aún el resplandor. Las bombillas no tenían potencia suficiente para que su luz penetrase hasta los rincones de la sala más alejados, donde se formaban densas zonas de oscuridad. Allí, en algún lugar, aguardaba Pudd, oculto por las sombras y las plantas.
Oí algo cerca de donde tenía apoyada la mano, un leve golpeteo en el suelo de piedra. Miré a mi izquierda y vi, en un pequeño arco de luz verde, una forma oscura semicircular; su cuerpo medía unos cuatro centímetros de largo y sus afiladas patas otro tanto. Retiré la mano de un tirón instintivamente. La araña se tensó, levantó el primer par de patas y enseñó unas mandíbulas rojizas.
De pronto, y con sorprendente velocidad, enfiló hacia mí sus patas desdibujadas por la rapidez del movimiento y el ritmo del golpeteo cada vez más intenso. Retrocedí, y a pesar de que le lancé una patada y sentí el contacto contra algo blando, siguió aproximándose. Volví a golpear a la araña con la puntera de la bota y salió rodando hacia un rincón de la sala, donde había unas cuantas cajas de cristal vacías apiladas de cualquier manera.
Presa del pánico, me arrastré casi hasta el pasillo entre la primera y la segunda hilera de estanterías. A mi derecha, los fragmentos de cristal reflejaban la luz y en el segundo anaquel permanecían los restos de una caja hecha añicos por mis balas de diez milímetros. En el suelo, entre los cristales, había una tarjeta plastificada que llevaba escritas las palabras Phoneutria nigriventer en elaborada letra negra, y a continuación el nombre común «Araña errante de Brasil». Volví a echar un vistazo en dirección a las sombras hacia donde había salido despedida la agresiva araña marrón y me estremecí.
A mi derecha, en el otro extremo de la sala, oí un roce contra las hojas de una planta y las sombras cambiaron en el techo por un instante. Ahora Pudd sabía dónde estaba. El ruido de mis desesperados puntapiés a la araña lo había alertado. Noté que me temblaba la mano izquierda y la uní a la derecha en torno a la empuñadura del arma. Si no la veía temblar, podría convencerme de que no tenía miedo. Lentamente me acerqué a la segunda fila de estanterías, respiré hondo y me asomé al pasillo.
Estaba vacío. Junto a mi ojo izquierdo, una forma se movió dentro de una caja. De pequeño tamaño, no medía más de tres centímetros en total, y una ancha banda roja le recorría el abdomen a lo largo. En la telaraña que la rodeaba pendían sacos de huevos blancos y esféricos casi tan grandes como la propia araña. La tarjeta rezaba: Latrodectus hasselti, «Araña de dorso rojo». Formando familia, pensé. Enternecedor. Lástima que papá probablemente no viviese para ver el nacimiento.
En la tercera hilera había otras dos cajas rotas, una al lado de la otra. Entre los afilados bordes permanecía inmóvil una larga silueta verde. La mantis parecía mirarme con sus grandes ojos mientras accionaba las mandíbulas en torno a los restos del ocupante de la caja contigua. Unas pequeñas patas marrones se movían débilmente mientras el enorme insecto masticaba. No sentí pena por lo que fuese que la mantis devoraba. Por mí, cuanto antes terminase el aperitivo y se ocupase de algunos de los platos principales que rondaban por el suelo, tanto mejor.
Se me había erizado el vello y tenía que contener el impulso de rascarme la cabeza y el cuello, así que estaba un tanto distraído cuando llegué al siguiente pasillo. Miré a la izquierda y vi al señor Pudd de pie en el extremo opuesto con la pistola en alto. Me arrojé hacia delante y la bala alcanzó la caja de los fusibles junto a la puerta. Se produjo un chisporroteo y se apagaron las luces mientras yo rodaba por el suelo e iba a parar contra la pared. Apoyé la mano en tierra sólo el tiempo que tardé en darme cuenta de que algo blando recorría mi piel. Al instante la levanté y la sacudí, pero no sin sentir antes una dolorosa picadura, como si me clavasen dos agujas. Contrayendo los labios en una expresión de repugnancia, me puse de pie inmediatamente y me examiné la mano a la escasa luz que penetraba por las ventanas. Justo debajo del nudillo del dedo medio empezaba a formarse ya un habón rojo.
A mi derecha, en un par de amplios acuarios de plástico, se movían millares de cuerpos diminutos. Del primer acuario llegaba el estridular de los grillos. El segundo contenía harina de avena y copos de salvado entre los que se movían gorgojos, acompañados de unos cuantos escarabajos negros que ya habían llegado a su fase adulta. A mi izquierda, dispuestos a lo largo de la pared en vitrinas con varios estantes, había filas y más filas de vasos de plástico. Me incliné hacia delante y distinguí una pequeña forma negra y roja en el fondo de cada vaso, con restos de grillos y de fruta en la desagradable tela que se extendía junto a la araña. Allí el olor era especialmente intenso, tanto que empecé a sentir náuseas.
Aquello era el criadero de viudas negras del señor Pudd.
Cuando volví a concentrar la atención en la sala, me zumbaban los oídos a causa de las detonaciones y veía destellos por efecto del fogonazo del arma. En el techo se proyectó una sombra alargada que se alejaba de mí. A través de las hojas distinguí apenas una mancha de color tostado que podía ser la camisa de Pudd y disparé. Oí un gruñido de dolor y ruido de cristales rotos al caer al suelo las cajas vacías de ese rincón. Los cristales crujieron bajo sus pies cuando los pisó. Pudd estaba junto a la pared del fondo, cerca del lugar donde me hallaba yo al principio, y supe qué debía hacer.
Las estanterías no estaban sujetas al suelo de cemento, sino que descansaban sobre trípodes, asegurada sobradamente su estabilidad ante cualquier impacto accidental por el peso mismo del armazón y de las cajas. Olvidando el dolor que se extendía por mi mano y la posibilidad de que el insecto causante todavía anduviese cerca, me agaché, afiancé la espalda contra la pared junto a las ventanas y empujé la estantería con las plantas de los pies. Por un momento pensé que sólo lograría desplazarla por el suelo, pero de pronto la parte superior se ladeó y el pesado armazón comenzó a caer lentamente hasta chocar con estrépito contra la siguiente estantería y crear un efecto dominó; se desplomaron dos, tres, cuatro estanterías en medio de un ruido de cristales rotos y metal chirriante, y por fin el peso acumulado de todas ellas cayó en la última, y oí algo que podía ser la voz de un hombre antes de quedar ahogada en el atronador estruendo final de metal y cristales.
Para entonces yo ya estaba de pie y salté sobre los armazones de las estanterías caídas para evitar cualquier contacto con el suelo. Percibía movimiento por todas partes mientras criaturas depredadoras de múltiples patas corrían y luchaban, cazaban y morían. Llegué a la puerta y la abrí de un empujón. Agradecido, sentí de inmediato la brisa marina y la fría lluvia después del ambiente viciado y del hedor a podredumbre de insectos y de arañas. La puerta se cerró a mis espaldas. Eché el cerrojo y retrocedí. La mano me palpitaba y la hinchazón iba en aumento, pero no me dolía demasiado. Aun así, necesitaría un antídoto, y cuanto antes mejor.
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