Arnaldur Indriðason - Las Marismas

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Un hombre aparece asesinado en su casa en el barrio Las Marismas de Nordurmyri. La policía encuentra escondida en su escritorio una vieja foto de la tumba de una niña de cuatro años. Y es precisamente esa foto la que conduce a los investigadores hacia el pasado tenebroso de aquel hombre, a sus antiguas relaciones y a un drama familiar. Esta historia coincide con la desaparición de una joven de su propio banquete de boda.
Los inspectores, Erlendur y Sigurdur Óli, se enfrentan en los dos casos a enredados y complicados pasados de familias aparentemente corrientes.
«Verosímil, bien construida, conmovedora e inteligente.» Times Literary Supplement
«Fascinante, original y desconcertante.» Val McDermid

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– ¿Qué es eso de que no quieres ir al médico? -dijo Eva, y Erlendur se arrepintió inmediatamente de haberle contado lo del dolor.

– No será nada -dijo él.

– ¿Cuántos cigarrillos has fumado hoy?

– ¿Qué?

– Mira, te duele el pecho, fumas como una chimenea, sólo te mueves en coche, te alimentas con una mierda de comidas fritas ¡y no quieres que te vea un médico! Luego eres capaz de echarme a mí unos sermones que me hacen llorar como un niño. ¿Te parece justo? ¿Estás bien de la cabeza?

Eva Lind se había levantado y parecía el mismísimo dios de la tormenta, inmóvil, de pie delante de su padre, que, cabizbajo, miraba al suelo.

«¡Oh, Dios mío!», pensaba para sí.

– Bueno, iré, ¿de acuerdo? -dijo finalmente.

– ¡Irás! ¡Y tanto que irás! -gritó Eva Lind-. Tendrías que haberlo hecho hace mucho tiempo. ¡Cobarde!

– Mañana mismo -dijo él, y miró a su hija.

– Más te vale -añadio ella.

Erlendur estaba a punto de dormirse cuando sonó el teléfono. Era Sigurdur Óli, que llamaba para decirle que la policía había recibido el aviso de que alguien había entrado en el tanatorio.

– En el tanatorio… -repitió Sigurdur Óli ante la falta de reacción de Erlendur.

– Mierda -suspiró Erlendur-. ¿Y qué?

– No sé -contestó Sigurdur Óli-. El aviso acaba de llegar. Me llamaron y les dije que te avisaría. No saben por qué habrán entrado en el tanatorio. Ahí no hay nada excepto cadáveres, ¿no?

– Nos encontramos ahí -dijo Erlendur-. Trae al médico forense -añadió, y colgó el teléfono.

Eva Lind se había quedado dormida en el salón cuando Erlendur se puso el abrigo y el sombrero y miró el reloj. Era medianoche. Cerró la puerta con cuidado para no despertar a su hija, bajó a la calle y se metió en el coche.

Cuando llegó al tanatorio había tres coches de la policía delante, con sus luces intermitentes funcionando. Reconoció el vehículo de Sigurdur Óli y, cuando estaba entrando en el edificio, llegó el médico forense con su coche, que derrapó en la curva. El médico tenía cara de enojo. Erlendur se apresuró por un largo pasillo lleno de policías y se encontró con Sigurdur Óli, que salía del quirófano.

– No se ve nada fuera de lo normal -dijo Sigurdur Óli al ver a Erlendur.

– Cuéntame lo que pasó -le pidio Erlendur entrando en el quirófano.

Las camillas estaban todas vacías y todos los armarios, cerrados. Nada que indicara un robo.

– Había pisadas aquí, por el suelo, pero ahora están casi secas -explicó Sigurdur Óli-. El edificio está conectado a un sistema de alarma que llama a una central de seguridad y desde ahí nos avisaron a nosotros hace unos quince minutos. Parece que quien entró rompió una ventana de la parte trasera e introdujo luego la mano para abrir el cerrojo. Muy simple. Pero en el momento en que puso un pie dentro, las alarmas se dispararon. No habrá tenido mucho tiempo para hacer lo que vino a hacer.

– Seguramente tuvo bastante -dijo Erlendur.

El médico forense ya había llegado y su nerviosismo era evidente.

– ¿Quién demonios entra a la fuerza en un tanatorio? -exclamó.

– ¿Dónde están los cadáveres de Holberg y Audur? -preguntó Erlendur.

El forense miró a Erlendur.

– ¿Tiene esto algo que ver con el asesinato de Holberg? -dijo.

– Es posible -repuso Erlendur-. ¡Rápido, rápido!

– El depósito de cadáveres está ahí detrás -informó el forense.

Le siguieron hasta una puerta.

– ¿Esta puerta no suele estar cerrada con llave? -preguntó Sigurdur Óli.

– ¿Quién va a robar cadáveres? -susurró el forense, parándose en seco al entrar en la habitación.

– ¿Qué ocurre? -inquirió Erlendur.

– La niña no está -dijo el forense como si no creyera lo que veían sus ojos.

Con paso apresurado fue hasta el fondo de la habitación, donde abrió la puerta de un habitáculo y encendió la luz.

– ¿Qué? -exclamó Erlendur.

– El ataúd tampoco está -añadió el forense, mientras miraba a Erlendur y Sigurdur Óli alternativamente-. Teníamos un ataúd nuevo para ella. ¿Quién puede haber hecho una cosa semejante? ¿A quién puede ocurrírsele una barbaridad semejante?

– Se llama Einar -dijo Erlendur-. Y no es ninguna barbaridad.

Se dio la vuelta y salió rápidamente del tanatorio con Sigurdur Óli pisándole los talones.

Capítulo 43

Esa noche había poco tráfico en la autovía a Keflavík. Erlendur conducía tan deprisa como le permitía su viejo coche japonés. La lluvia golpeaba los cristales y los limpiaparabrisas no podían con tanta agua. Erlendur recordó la primera vez que fue a ver a Elín, hacía unos pocos días. Parecía que nunca iba a dejar de llover.

Le había dicho a Sigurdur Óli que hablara con la policía de Keflavík para pedirles que estuvieran alerta, así como para asegurarse de que disponían de otros agentes de Reikiavik. Le dijo también que hablara con Katrín, la madre de Einar, para explicarle cómo estaban las cosas. Él iba a ir directamente al cementerio, con la esperanza de encontrar allí a Einar con los restos mortales de Audur. Estaba convencido de que la intención de Einar era volver a enterrar a su hermanastra.

Cuando Erlendur llegó a la puerta del cementerio vio que el coche de Einar estaba allí y que tenía abiertas de par en par la puerta del conductor y una de las puertas traseras. Erlendur apagó el motor, salió del coche y examinó el de Einar. Luego se enderezó y escuchó, pero sólo pudo oír el ruido de la lluvia cayendo sobre la tierra. No había viento y Erlendur escrutó la negrura del cielo. Distinguió a lo lejos una luz encima de la entrada a la iglesia y otra pequeña lucecita junto a la tumba de Audur.

Le pareció ver que algo se movía.

Creyó reconocer el pequeño ataúd blanco.

Se puso en camino con cautela y fue acercándose silenciosamente al hombre que suponía que era Einar. La luz venía de un farol de gas, que estaba colocado al lado del ataúd sobre la tierra. Erlendur entró lentamente en el círculo de luz y el hombre le vio. Levantó la cabeza y miró a Erlendur a los ojos.

Erlendur había visto fotografías de Holberg cuando era joven y el parecido era evidente. La frente estrecha y de forma ligeramente convexa, las cejas gruesas, poco espacio entre los ojos, los pómulos prominentes en la cara delgada y los dientes algo salientes. La nariz y los labios delgados, la mandíbula ancha y el cuello largo.

Se miraron a los ojos un rato.

– ¿Quién eres? -preguntó Einar.

– Me llamo Erlendur. Holberg es mi caso.

– ¿Te sorprende que me parezca tanto a él? -le interrogó Einar.

– Hay un cierto parecido -respondio Erlendur.

– Sabes que violó a mi madre -dijo Einar.

– Eso no es culpa tuya -repuso Erlendur.

– Era mi padre.

– Eso tampoco es culpa tuya.

– No deberías haber hecho esto -dijo enérgicamente Einar señalando el ataúd.

– Consideré que lo tenía que hacer -contestó Erlendur-. He descubierto que murió de la misma enfermedad que tu hija.

– Voy a devolverla a su sitio -anunció Einar.

– No hay problema -dijo Erlendur acercándose más al ataúd-. Seguramente querrás que esto esté también en la tumba.

Erlendur extendió la mano con la que cogía el pequeño maletín negro que había guardado en su coche desde que volvió de casa del coleccionista.

– ¿Qué es esto? -preguntó Einar.

– La enfermedad -dijo Erlendur.

– No lo entiendo…

– Es una muestra orgánica de Audur. Considero que debe estar junto a ella.

Einar miraba al maletín y a Erlendur alternativamente, inseguro de lo que debía hacer. Erlendur se acercó aún más, hasta llegar al lado del ataúd, que quedó en medio de los dos. Colocó el maletín encima y luego se alejó.

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