Einar paseaba inquieto por el salón. Katrín intentó tranquilizarle y entender por qué estaba tan excitado. Se sentó y le pidio que tomara asiento a su lado, pero él no la escuchó. Seguía paseando sin parar, pasando una y otra vez por delante de ella. Katrín sabía que últimamente Einar había atravesado una temporada difícil, sobre todo a causa de su divorcio. Su mujer lo había dejado, decía que quería empezar una nueva vida.
– Dime qué es lo que te pasa -dijo ella.
– Muchas cosas, mamá, muchas cosas.
Luego vino la pregunta que ella había temido tantos años.
– ¿Quién es mi padre? -preguntó su hijo, deteniéndose delante de ella-. ¿Quién es mi verdadero padre?
Ella le miró fijamente.
– No más secretos, mamá -le dijo.
– ¿Qué has descubierto? -preguntó ella-. ¿Qué has estado haciendo?
– Sé quién no es mi padre -contestó él. Soltó una carcajada-. ¿Me escuchas? ¡Mi padre no es mi padre! Y si él no es mi padre, entonces ¿quién soy yo? ¿De dónde vengo? Mis hermanos de repente son hermanastros. ¿Por qué nunca me has contado nada? ¿Por qué me has mentido todo este tiempo? ¿Por qué?
Katrín le miró fijamente con lágrimas en los ojos.
– ¿Engañaste a papá? -preguntó él-. Me lo puedes decir. No se lo diré a nadie. ¿Tuviste una aventura? Quedará entre nosotros dos, pero necesito oír la verdad. Tienes que decírmelo. ¿De dónde vengo?
Se quedó callado.
– ¿Soy un hijo adoptivo? ¿Un huérfano? ¿Quién soy? ¿Mamá?
Katrín comenzó a llorar, sollozando hondamente. Einar se quedó mirando cómo lloraba y de repente se dio cuenta de lo que había hecho. Algo más tranquilo, se sentó a su lado y la abrazó. Se quedaron así un rato, en silencio, hasta que ella empezó a contarle lo de la fatídica noche en Húsavík, cuando su padre estaba de viaje y ella salió con sus amigas. Le contó lo de esos hombres que conocieron y que uno de ellos, Holberg, había entrado a la fuerza en su casa.
Einar la escuchó sin decir palabra.
Le contó cómo Holberg la había violado, cómo la había amenazado y cómo ella tomó la decisión de tener al hijo sin que nadie se enterara de lo que había pasado. Había decidido no decirles nada ni a él ni a su padre. Y no había habido ningún problema. Habían vivido felices. No había dejado que Holberg le robara la felicidad. No había dejado que Holberg destruyera a su familia.
Le contó que ella siempre había sabido que él era hijo del hombre que, hacía ya bastante tiempo, la había violado. Sin embargo, eso nunca había influido en el amor que sentía por él y al mismo tiempo le confortaba saber que Albert sentía algo especial por él. Por lo tanto, Einar nunca había tenido que sufrir por lo que Holberg le había hecho a ella. Nunca.
Pasaron unos minutos mientras él digería lo que ella acababa de decirle.
– Perdona -dijo por fin-. No era mi intención enfadarme contigo. Es que pensaba que habrías tenido un amante y que yo era el fruto de esa relación. No se me ocurrió pensar que te habían violado.
– Claro que no se te ocurrió. ¿Cómo ibas a pensar en eso? No se lo había contado a nadie hasta ahora.
– También tendría que haber pensado en esa posibilidad -dijo él-. Pero no lo pensé. Perdóname. Seguro que has sufrido terriblemente todos estos años.
– No debes pensar en ello -repuso ella-. Tú no tienes por qué sufrir por lo que hizo Holberg.
– Ya he sufrido, mamá -dijo él-. He sufrido un dolor insoportable. Y no sólo yo. ¿Por qué no abortaste? ¿Qué te detuvo?
– Dios mío, no digas eso, Einar. No hables así.
Katrín dejó de hablar.
– ¿Nunca pensaste en abortar? -preguntó Elinborg.
– Todo el tiempo. Siempre. Hasta que ya fue demasiado tarde. Lo pensé todos los días desde que supe que estaba embarazada. Incluso llegué a hablar con un médico, que me hizo una revisión y luego me aconsejó que no abortara. También cabía la posibilidad de que Albert fuera el padre. Supongo que ésa fue la razón por la cual decidí tener el hijo. Luego, tras el nacimiento, pasé por una fuerte depresión. No sé cómo lo llaman, pero ahora existe un nombre para la depresión que se sufre después de dar a luz. Me ingresaron en un sanatorio para seguir un tratamiento. Al cabo de tres meses ya estaba lo bastante recuperada para ocuparme de mi hijo, y desde entonces siempre lo he querido mucho.
Erlendur esperó un rato antes de seguir con el interrogatorio.
– ¿Por qué empezó tu hijo a buscar una enfermedad concreta en la base de datos del Centro de Secuenciación Genética? -preguntó finalmente.
Katrín le miró.
– ¿De qué murió esa chica en Keflavík? -inquinó.
– De un tumor cerebral -dijo Erlendur-. La enfermedad se llama neurofibromatosis.
Katrín suspiró con pesar y los ojos se le llenaron de lágrimas.
– ¿No lo sabes? -preguntó.
– ¿Si no sé qué?
– Nuestra pequeña criatura se murió hace tres años -explicó Katrín-. Incomprensiblemente. Y de forma totalmente inesperada.
– ¿Vuestra pequeña criatura? -preguntó Erlendur.
– Nuestro pequeño ángel -dijo Katrín-. La hija de Einar. Murió. Pobrecita niña preciosa.
Un silencio sepulcral inundó la casa.
Katrín tenía la cabeza inclinada. Elinborg la miraba. Luego, su mirada petrificada se dirigió a Erlendur. Erlendur pensó en Eva Lind. ¿Qué estaría haciendo ahora? ¿Estaría en casa? Sintió una imperiosa necesidad de hablar con su hija. Sintió necesidad de abrazarla y no soltarla hasta haberle dicho lo mucho que la quería y lo que significaba para él.
– No me lo puedo creer -dijo Elinborg.
Erlendur la miró, luego miró a Katrín.
– Tu hijo es portador. ¿No es así? -preguntó.
– Ésa era la palabra que utilizaba -contestó Katrín-. Portador. Los dos lo son, él y Holberg. Dijo haberlo heredado de mi violador.
– Pero ellos no desarrollan la enfermedad -repuso Erlendur.
– Parece ser que son las mujeres las que enferman -dijo Katrín-. Los hombres son portadores, pero se pueden librar de los síntomas. O lo que sea. Sin embargo, parece que no hay pautas fijas, yo no lo entiendo bien. Mi hijo lo entiende. Intentó explicármelo, pero no lo comprendí del todo. Estaba muy alterado. Y yo también, claro.
– ¿Y lo descubrió en la base de datos de genética que están creando? -quiso saber Erlendur.
Katrín asintió con la cabeza.
– No podía entender por qué nuestra querida niña había tenido esa enfermedad y por eso la buscaba insistentemente en la familia de Albert y en la mía. Habló con algunos parientes y no había quién le parara. Pensábamos que ésa era su manera de enfrentarse a la muerte de la niña. La incesante búsqueda de un motivo. Búsqueda de respuestas, cuando nosotros pensábamos que no las había. Él y Lara se separaron hace algún tiempo. No pudieron seguir viviendo juntos y decidieron separarse provisionalmente, aunque no veo que la cosa tenga arreglo.
Katrín se quedó callada.
– Y luego encontró la respuesta -añadio Erlendur.
– Estaba convencido de que Albert no era su padre. Dijo que eso era imposible si tenía en cuenta la información que había sacado de la base de datos. Por eso vino a mí. Pensó que yo había tenido un amante o que sería un hijo adoptivo.
– ¿Encontró a Holberg en la base de datos?
– Creo que no. No hasta más adelante, cuando yo ya le había contado todo. Era una situación tan grotesca. ¡Tan absurda! Mi hijo había hecho una lista de sus posibles padres y Holberg estaba en ella. Podía seguir la pista de la enfermedad, a través de las familias, con la ayuda de la base de datos y del registro de familias. Fue así como descubrió que no podía ser hijo de su padre. Era una desviación. Una variedad.
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