Arnaldur Indriðason - Las Marismas

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Un hombre aparece asesinado en su casa en el barrio Las Marismas de Nordurmyri. La policía encuentra escondida en su escritorio una vieja foto de la tumba de una niña de cuatro años. Y es precisamente esa foto la que conduce a los investigadores hacia el pasado tenebroso de aquel hombre, a sus antiguas relaciones y a un drama familiar. Esta historia coincide con la desaparición de una joven de su propio banquete de boda.
Los inspectores, Erlendur y Sigurdur Óli, se enfrentan en los dos casos a enredados y complicados pasados de familias aparentemente corrientes.
«Verosímil, bien construida, conmovedora e inteligente.» Times Literary Supplement
«Fascinante, original y desconcertante.» Val McDermid

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– ¿Cuántos años tenía su hija?

– La niña tenía siete años cuando murió.

– Y fue un tumor cerebral lo que la mató, ¿no? -dijo Erlendur.

– Sí -afirmó Katrín.

– Sin duda fue el mismo tipo de tumor que tuvo Audur. Un tumor neurológico.

– Sí, es la misma enfermedad. La madre de Audur debió de sufrir muchísimo; primero Holberg y luego la muerte de su hija.

Erlendur vaciló un momento.

– Kolbrún, la madre de Audur, se suicidó tres años después de la muerte de la niña -dijo.

– Dios mío -suspiró Katrín.

– ¿Dónde está tu hijo ahora? -preguntó Erlendur.

– No lo sé -contestó Katrín-. Me preocupa muchísimo que le ocurra algo. Lo está pasando tan mal el pobre chico. Tan horriblemente mal.

– ¿Crees que tuvo algún contacto con Holberg?

– Lo ignoro. Sólo sé que no es ningún asesino. De eso estoy segura.

– ¿Crees que se parece a su padre? -preguntó Erlendur mirando la fotografía de la primera comunión.

Katrín no contestó.

– ¿Has notado algún parecido? -insistió Erlendur.

– Pero ¿qué te pasa, hombre? -murmuró Elinborg indignada-. ¿No crees que ya hay bastante?

– Perdóname -dijo Erlendur a Katrín-. Eso no esta relacionado con la investigación. Sólo es simple curiosidad. Nos has ayudado mucho y si te sirve de consuelo te diré que dudo que haya una persona más entera y más fuerte que tú. No es fácil sobrellevar una carga así, en silencio, durante tantos años.

– No te preocupes -dijo Katrín a Elinborg-. ¡Los niños tienen tantas expresiones! Nunca advertí en él un parecido con Holberg. Nunca. Einar me dijo que no era culpa mía. Dijo que yo no tenía ninguna culpa de la muerte de nuestra niña.

Katrín se quedó callada un momento.

– ¿Ahora qué le pasará a Einar? -preguntó a continuación.

Ya no se le notaba ninguna resistencia. No le quedaban mentiras. Sólo rendición.

– Tenemos que encontrarlo, hablar con él y escuchar sus explicaciones -dijo Erlendur.

Él y Elinborg se levantaron. Erlendur se puso el sombrero. Katrín se quedó sentada en el sofá.

– Si quieres puedo hablar con Albert -añadio Erlendur-. Se hospedó en el Hotel Esja esta pasada noche. Hemos estado vigilando la casa desde ayer por si aparecía tu hijo. Puedo explicarle a Albert lo que está pasando. Se tranquilizará.

– Muchas gracias, pero ya le llamaré yo. Sé que volverá. Tenemos que estar unidos por nuestro hijo.

Levantó la vista.

– Es nuestro hijo -dijo-. Siempre será nuestro hijo.

Capítulo 40

Erlendur no esperaba que Einar estuviese en su casa. Vivía en un pequeño piso alquilado. Erlendur y Elinborg se fueron hacia allí en cuanto salieron de casa de Katrín. Era mediodía y había mucho tráfico. De camino, Erlendur le explicó por teléfono a Sigurdur Óli cómo estaban las cosas. Tendrían que poner anuncios en los medios de comunicación para encontrar a Einar. Era preciso conseguir una fotografía de él para acompañar un comunicado que harían público en prensa y televisión. Se citaron delante de la casa de Einar.

Cuando llegaron allí, Erlendur bajó del coche y Elinborg siguió su camino.

Al piso de Einar, que estaba en los bajos de un edificio de tres plantas, se entraba directamente desde la calle. Cuando llegó Sigurdur Óli, llamaron al timbre con insistencia, pero nadie abrió.

Llamaron a los timbres de los pisos superiores y resultó que el inquilino de uno de ellos era el propietario del piso que Einar tenía alquilado. Estaba dispuesto a acompañarlos y abrir el piso con sus llaves. Les dijo que no había visto a Einar desde hacía unos días, quizás una semana; que Einar era un hombre tranquilo y que no tenía ninguna queja de él. Dijo que siempre pagaba el alquiler puntualmente y no entendía por qué la policía andaba buscándole. Para evitar especulaciones, Sigurdur Óli le explicó que estaban tratando de averiguar su paradero porque la familia no le había visto desde hacía algún tiempo y estaba preocupada.

El propietario no les preguntó si tenían una orden de registro, así que cuando les hubo abierto la puerta entraron en la vivienda. Todas las cortinas estaban echadas y las habitaciones, sumidas en la oscuridad. Era una vivienda muy pequeña, compuesta por un salón, un dormitorio, una cocina y un cuarto de baño. El suelo estaba enmoquetado, excepto en el baño y la cocina. En el salón había un televisor y, delante de él, un sofá. El aire estaba cargado. En lugar de abrir las cortinas, Erlendur encendió la luz.

Se quedaron atónitos, contemplando asombrados las paredes del salón, y cruzaron una mirada. Las paredes estaban cubiertas por las palabras que tan bien conocían, escritas con bolígrafo, rotulador y spray de pintura. Tres palabras que antes no habían tenido sentido para Erlendur y que ahora se revelaban con una rotunda claridad.

Yo soy ÉL.

Escudriñaron la vivienda más a fondo.

Había periódicos y revistas, nacionales y extranjeros, esparcidos por todas partes. Pilas de libros, que a primera vista parecían ser científicos, en el suelo del salón y del dormitorio, mezclados con algunos grandes álbumes de fotos. En la cocina había desparramados numerosos envoltorios de comida preparada.

– ¿Crees que algún día se podrá saber con certeza y seguridad cómo funciona todo eso de la paternidad de los islandeses? -dijo Sigurdur Óli, poniéndose los guantes de látex.

Estaba pensando en las investigaciones genéticas. Recientemente se había abierto el Centro de Secuenciación Genética, que estaba recopilando el historial clínico de todos los islandeses, vivos y muertos, para establecer una base de datos con la información sanitaria de la población. Esa información junto con la genealogía seguía el rastro de la familia de todos los islandeses hasta la Edad Media; se hablaba de la búsqueda de los grupos genéticos islandeses. El propósito último era descubrir cómo ciertas enfermedades pasaban de padres a hijos, investigar esas enfermedades a través de los genes y tratar de encontrar la forma de curar esas y otras alteraciones. Se hablaba de que Islandia constituía una nación homogénea, que en cierta forma se había mantenido aislada, con escasa mezcla de sangres, y que por lo tanto era una nación apropiada para este tipo de investigaciones genéticas.

La empresa que llevaba a cabo la investigación y el Ministerio de Sanidad, que le otorgaba el permiso para organizar la base de datos, se hacían responsables de que nadie ajeno a los interesados pudiera acceder a la información guardada en la base de datos, y además se aseguraba que había un complicado sistema de códigos secretos imposible de quebrantar.

– ¿Te preocupa la paternidad? -preguntó Erlendur.

También él se había puesto los guantes de látex, antes de entrar cautelosamente en el salón. Cogió uno de los álbumes de fotos y lo hojeó. Era antiguo.

– Siempre he oído decir que no me parezco ni a mi padre ni a mi madre, ni a nadie de mi familia.

– Siempre lo había sospechado -dijo Erlendur.

– ¿Qué? ¿Qué sospechabas?

– Que eras un bastardo.

– Menos mal que vuelves a tener sentido del humor -dijo Sigurdur Óli-. Has estado bastante raro últimamente.

– ¿Quién habla de sentido del humor? -exclamó Erlendur.

Iba echando un vistazo a las fotos. Eran antiguas y en blanco y negro. Le pareció reconocer a la madre de Einar en algunas de ellas. Entonces, el hombre que aparecía junto a ella tenía que ser Albert y los tres niños, sus hijos. Einar, el más pequeño. Eran fotografías tomadas en Navidad y durante las vacaciones de verano, algunas eran muy corrientes, sacadas en la calle, o en la cocina, donde los tres chicos aparecían sentados a una mesa, comiendo, vestidos con jerséis de punto que Erlendur recordaba como típicos de esa época. Sería antes de 1970. Los hermanos mayores con melenas. Luego una serie tomada en el extranjero. Parecía ser el Tívoli de Copenhague.

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