Lisa Scottoline - Falsa identidad

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Sólido thriller judicial, sobre una mujer acusada del asesinato de su marido. Penetrante análisis de la corrupción, trama impredecible; una lectura tensa, irónica, por una autora que ya es más que un valor ascendente. La aparición de una supuesta hermana gemela de la acusada da un giro inesperado.

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– Creí que querría… pasar por mi despacho.

– Creo que debería salir de la ciudad. Oí lo que le sucedió a tu investigador anoche.

– Conmigo no corre ningún peligro. Tengo a Mike aquí, a quien he contratado.

Bennie hizo un gesto dirigido al asiento de delante.

– No, tengo que marcharme.

Connolly miró por la ventanilla abierta mientras el taxi avanzaba lentamente por la avenida; su rubia cabellera ondeaba a su antojo en el húmedo aire.

– No hemos tenido tiempo para hablar.

– No hay nada de qué hablar -respondió Connolly mientras el taxi se acercaba a la estación.

– ¿Cómo puede decir esto? Si ni siquiera… -Bennie miró, incómoda, al taxista y a Mike, quienes hacían como que no escuchaban- tenemos los resultados del análisis de sangre. ¿No esperará a que lleguen?

– ¿Quieres dejarlo de una vez? -Connolly se volvió hacia Bennie con una profunda expresión de desdén marcada en la frente-. Ya te dije que no quería ni una hermana gemela ni una simple hermana. Te agradezco que me hayas sacado de ahí, pero no pretendas que te deba nada. Porque no es verdad. Y ahora me voy.

– ¿Adónde? -preguntó Bennie, intrigada.

– No es asunto tuyo. -El taxi se metió en la zona reservada, frenó y Connolly abrió la puerta y salió del vehículo-. Adiós -dijo bruscamente y se largó con un portazo.

– ¿La acompaño…?

– ¡No, vete!

Connolly volvió a despedirse con la mano, se dio la vuelta, cruzó corriendo la zona de aparcamiento y desapareció en el interior de la estación.

Bennie se quedó allí, helada, a pesar del calor que hacía, observando cómo se cerraban las puertas de entrada al edificio. ¡Qué raro y súbito había sido todo! Connolly se había marchado tan inesperadamente como había llegado. No tenía dinero; no llevaba efectos personales. ¿Cómo iba a coger un tren? Y a pesar de que Bennie no sabía exactamente por qué, veía que no estaba dispuesta a dejar escapar a Connolly tan deprisa. Abrió de repente la puerta del taxi.

– Vuelvo enseguida -dijo.

– ¿Cómo? -dijo Mike, sorprendido.

Acto seguido, él también salió del taxi tras ella, pero Bennie ya estaba dentro.

Bennie daba vueltas en la oscura explanada; sus tacones iban girando sobre el mármol. Los muros tendrían al menos treinta metros de altura y terminaban en un techo compuesto por unos cuadrados con molduras minuciosamente restauradas. Unas ventanas alargadas, con cristales esmerilados, daban una débil claridad al vestíbulo. El recinto estaba casi vacío. En la cola de información no había más que un par de estudiantes con mochilas; nadie utilizaba el tren para el desplazamiento al trabajo un sábado por la tarde y pocos turistas se servían de dicho medio. No se veía a Connolly por ninguna parte.

¿Dónde estaría? En la ventanilla de venta de billetes, sin duda. Lo primero que le haría falta sería un billete. ¿Y si lo hubiera planificado de antemano? ¿Habría hecho una reserva o algo?

Bennie echó a correr por el pulido suelo camino de las taquillas. «Taquillas abiertas», rezaba el letrero iluminado situado sobre la hilera de ventanillas. Los empleados uniformados con camisas blancas despachaban los billetes. Connolly no estaba por allí. Quizás había ido al expendedor automático de billetes. Bennie miró cada uno de los expendedores y luego los teléfonos. Ni rastro de Connolly. ¿Cómo podía haber desaparecido con tanta rapidez? Entonces se le ocurrió algo: ¡los lavabos! Se dirigió hacia los de señoras, situados en la parte de atrás de las taquillas.

Bennie echó una última carrera por la hilera de lavabos, taconeando sobre el negro mosaico. Miró por debajo de las puertas cerradas sin localizar los conocidos zapatos grises. Volvió hacia los espejos de la entrada.

– Perdone -dijo a una señora que se estaba dando colorete-. Estoy buscando a una mujer, a mi hermana gemela. Es idéntica a mí. ¿La ha visto por aquí?

– No, no me he fijado.

– Gracias -respondió Bennie, y salió.

Tal vez Connolly estuviera en alguno de los establecimientos contiguos a la explanada principal. Podía estar tomando un café, comiendo algo, comprando una revista o incluso unos chicles. ¿Y el dinero? Bennie cruzó rápidamente el vestíbulo, dándose cuenta de que Mike la había localizado en los lavabos.

El corpulento guardaespaldas apretó el paso para alcanzar a Bennie, con la americana desabrochada y la corbata ondeando.

– ¿Alguna novedad? -preguntó él.

– Voy a mirar en el McDonald's; usted ocúpese de la librería.

– No puedo hacerlo. Tengo que permanecer con usted. Es el contrato.

– Pues quémelo.

Bennie entró volando en el McDonald's, pero tampoco encontró a Connolly. Miró los lavabos y de ahí pasó a una gran librería, a una tienda de vídeos, a un minisúper, a una floristería, todo ello con Mike, medio asfixiado, a remolque. En ninguna parte encontró a Connolly. Miró de cabo a rabo los andenes de los trenes que se dirigían a Nueva York, Washington y Boston. Controló incluso los de las líneas suburbanas que iban hacia el este y el norte. Tampoco vio a Connolly.

Acabó exhausta, jadeando, en el centro de la explanada, frente a una estatua de mármol. Llevaba el traje empapado de sudor y el pelo se le pegaba a los ojos. Dio un último giro. El vestíbulo estaba completamente vacío. Connolly no estaba ni arriba, ni abajo, ni en ninguna parte. Quizás había cruzado la estación y la había recogido alguien.

– Me parece imposible -dijo a Mike, que se acercaba a ella corriendo.

– Se ha ido -repuso él, en un resuello.

– Es imposible.

– Pues así es. Hemos mirado en todas partes.

– Esperaremos. Ya aparecerá. Tiene que aparecer.

– No, no lo hará. -Mike colocó su consistente mano sobre el hombro de Bennie-. Mire, llevo mucho tiempo en seguridad. Y antes estuve trabajando como detective privado. Créame, cuando alguien no quiere que le encuentren, no le encuentran.

– Podemos esperar.

– No aparecerá.

– ¿No tendríamos que esperar? -le picaban los ojos. Notaba una especie de pánico en su interior-. ¿Mike?

– Ya es hora de que vuelva a casa -le conminó el guardaespaldas.

Le rodeó el hombro con su fuerte brazo y la llevó fuera de la estación.

41

Bennie abrió la puerta y le dio la bienvenida un perro desbordante de entusiasmo y el aroma a café recién hecho.

– Nada de saltar -dijo al perdiguero, que se le agarraba al traje.

Pero su cabeza estaba en otra parte. Llevaba en la mano el correo del día, que había recogido al abrir. Los típicos catálogos, facturas, la revista People… pero lo que le cortó el aliento fue la última carta. Tenía el sobre blanco, con el nombre de un laboratorio en la parte superior izquierda. El laboratorio de Virginia. Eran los resultados del ADN. Habían llegado aquella mañana por correo. Cuando Connolly ya había desaparecido.

– ¿Bennie? -Oyó la voz de Grady, que la llamaba desde el comedor, con la lijadora en marcha. Apareció al cabo de un minuto, con una camiseta gris, vaqueros y una taza de café en la mano, que dejó en el instante en que vio el semblante de Bennie-. ¿Qué te ocurre, cariño?

Ella miró a Grady, perpleja. Llevaba tantos días sin verle que casi había olvidado su aspecto. Siempre le había parecido atractivo, con su rizado pelo rubio, las gafas redondas, de montura dorada, la inteligente sonrisa. Una expresión de desconcierto, aunque distante.

– Nada, creo que no es nada -dijo, y él ladeó la cabeza.

– Has ganado el caso. Te felicito. -Extendió los brazos pero no se acercó a besarla-. Pensaba que podríamos salir. A celebrarlo. Aprovechar que ya podemos estar juntos de nuevo.

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