Lisa Scottoline - Falsa identidad
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El árbitro empujó a Star hacia la esquina y empezó a contar. Cuando llegó a diez, todo había terminado. El árbitro levantó el brazo para indicar el fin del combate y Star levantó los puños gritando.
Tras el combate, Star fue concediendo entrevistas, hablando con los representantes de los periódicos, de la revista Ring, incluso con un muchacho de Sports Illustrated. Se habían acumulado tantos periodistas que Star no podía ni entrar a los vestuarios. Permanecía fuera, charlando sin parar junto a unos micrófonos con unas cajitas blancas que indicaban las emisoras o canales. USA, ESPN, KYW. Browning cotorreaba más que el propio Star, adoptando el papel de Don King mientras los otros managers le hacían la pelota. Todos acudían a Star, pero el boxeador no quería ni verlos. A la única persona que quería ver era a aquel chalado del pelo tieso.
– ¡Eh, Star! -oyó que decía una voz detrás de él.
Star terminó de firmar el autógrafo y se volvió. Era el chalado, con unas vendas en la cabeza que le daban el aspecto de una bola de ping-pong. Llevaba en la mano una bolsa de deporte negra marca Adidas. La prueba de que lo había hecho.
– Pasa para dentro, cono -dijo Star.
Abrió la puerta del vestuario, empujó al chalado y gritó a los suyos que se marcharan. Una vez los dos dentro, cerró la puerta.
– ¿Has acabado con la zorra? -preguntó Star.
– ¡Qué alucine, tío! ¡Nunca había visto un combate como éste! ¡Podrías con cualquiera! ¡Podrías ser campeón!
– ¡Soy campeón, gilipollas! Y ahora contesta: dime que la zorra cría malvas.
– Está muerta, tío. Ha pasado a la historia, y no veas el pastónque nos toca a mí y al jefe.
El chalado sonreía como un idiota, pero Star permanecía serio.
– ¿Cómo sé que has acabado con ella? ¿Has traído la prueba?
– Claro. Ahí la tengo, como me dijiste. -El chalado metió lamano en la bolsa de deporte y sacó de ella una arrugada bolsa de papel con una mancha grasienta en el fondo-. Ahí está, mira.
Star se inclinó un poco para ver el interior de la bolsa. Aquello le revolvió el estómago. La bolsa de papel contenía un amasijo de pelo rubio apelmazado con sangre y pegado a un trozo de cuero cabelludo ensangrentado. La piel del cuero cabelludo era tan blanca que casi parecía la de una muñeca. El olor era repugnante, recordaba al de un cadáver en la carretera. Star apartó la bolsa.
– Quítame eso de delante, inútil.
– Dijiste que te lo enseñara. -El chalado cerró la bolsa y volvió a meterla en la de deporte-. Querías la prueba.
Entonces Star pensó en algo más.
– ¿Y cómo sé yo que es de Connolly, inútil? Podría ser el pelo de otra, de cualquier puta.
– Joder, claro que es de Connolly. Teñida de rubio y todo el rollo, como tú dijiste, Star. Eh, tío, hasta se ven las raíces negras.
El chalado volvió a abrir la bolsa, pero Star se apartó porque aquello le repugnaba.
– ¡Aparta esa mierda de mi vista!
Star le señaló la bolsa y observó cómo el chalado la apartaba. Tenía que ser de Connolly, ¿de quién si no? Connolly estaba muerta. La zorra estaba muerta. Habían cumplido su parte del trato, y Star la suya con creces. Había vencido en el séptimo. Aquello le hacía sentirse bien pese a que le dolía el corazón.
Por fin había terminado. Star había hecho justicia por Anthony.
E iba camino de la cima.
44
Bennie no llegó a la casa de campo hasta el anochecer. De no haber estado allí antes, no la habría encontrado. Siguió con el viejo Saab de Grady por la bifurcación para coger la senda sin asfaltar que llevaba a la casa, y al llegar descubrió que había tenido suerte. Vio luz en su interior, y un reflejo dorado a través de los árboles. Winslow estaba en casa. Bennie podría verle. Encontrarle. A su padre.
Apagó los faros del Saab, dejando sólo las luces cortas al acercarse más. Las piedras y la gravilla crujían bajo los neumáticos del coche. Frente a la casa vio una camioneta roja oxidada y aparcó junto a ella. Apagó el motor, salió del Saab y se fue lentamente hacia la casa. Se sorprendió a sí misma arreglándose el pelo y alisándose la falda. Quería tener buen aspecto.
Se situó ante la puerta con mosquitera, intentando armarse de valor. Oyó al otro lado el inconfundible sonido de un hombre tarareando. Tuvo una extraña sensación placentera. Su padre tarareaba. ¿Qué tonada? Inclinó la cabeza hacia la mosquitera y una mariposa marrón inició el vuelo con sus polvorientas alas. No acertaba a reconocer la canción, y de repente cesó el tarareo.
– ¿Eh? ¿Hay alguien ahí? -preguntó una voz de persona mayor, insegura, incluso asustada.
La conmovió de forma inesperada.
– Soy yo. Bennie Rosato.
– ¿Cómo?
Se oyó una tos seca y luego unos pasos que avanzaban lenta-mente. Una larga silueta fue ocupando la penumbra de la puerta, y de pronto ésta se abrió.
– Hola -dijo Bennie.
La silueta retrocedió en la oscura estancia y un momento después la luz de una lámpara iluminó el rostro de Winslow. El hombre tenía los labios carnosos, la cara enjuta, algo bronceada, con ligeras patas de gallo. Sus ojos eran grandes, redondos, de un azul tan intenso como los de Bennie. A ella le parecieron tan familiares aun detrás de las gafas de almacén que, con un gesto impulsivo, extendió los brazos y le abrazó.
– ¡No! -gritó él, librándose del abrazo y retrocediendo con tal brusquedad que casi hizo perder el equilibrio a Bennie.
– Lo siento -dijo ella, aturullada. No era consciente de lo que había ocurrido, pues la respuesta de él había sido directa, violenta. Bennie se sonrojó con el bochorno y una especie de vergüenza. No sabía ni por qué le había abrazado-. No quería… Lo siento.
– Tranquila.
Winslow se dio unos golpecitos en el pecho, contra la camisa de trabajo azul abotonada hasta arriba, como si acabara de tener una conmoción:
– Sólo quería…
– No pasa nada. -La arrugada mano se agitó contra la tela azul y pasó luego a enderezar las gafas, a pesar de que estaban perfectamente en su sitio-. No ha pasado nada. Todo está bien. ¡Madre mía! Tranquila. -Winslow tosió de nuevo y miró directamente a Bennie-. O sea que nos hemos encontrado -dijo sin cumplidos, y Bennie asintió.
– Sí. Eso es. -Ella intentaba recuperarse de la metedura de pata-. Arranquemos con buen pie -dijo riendo, incómoda.
– Ya había pensado que aparecerías cuando todo hubiera terminado. Pero no creía que llegaras antes de que yo me marchara. Esperaba que no lo hicieras.
Winslow se volvió un poco y Bennie miró hacia dentro. Vio en el suelo una antigua maleta marrón, con el cuero reseco, agrietado, y un asa de plástico duro, y junto a ella, una gran caja de cartón llena de libros. Se fijó en que se iba a llevar los álbumes de recortes. Tenía tantas preguntas por hacerle que no sabía por dónde empezar.
– ¿Adónde vas? -le preguntó.
– Hacia el sur.
Winslow se colocó bien las gafas sobre la larga nariz con el índice, mostrando una uña negra.
– ¿Eso es todo lo que te llevas?
Tenía en la cabeza los recortes y la nota de su madre. ¿Se habría dado cuenta él de que había desaparecido?
– Si no te importa, seguiré recogiendo. Los libros. -Se acercó a los estantes y pasó los dedos por encima de los lomos. Detuvo el gesto al llegar a uno de ellos, le dio unos golpecitos con aire pensativo y lo sacó. Lo colocó luego en la caja, con el lomo hacia arriba-. Tengo que llevarme todos los libros que pueda.
– ¿Te vas de vacaciones o qué?
– No, acabo de llegar de ellas, aunque no puede decirse que me hayan proporcionado un gran respiro. -Esbozó una tensa sonrisa y su tono siguió forzado-. Has ganado el caso.
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