Lisa Scottoline - Falsa identidad

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Sólido thriller judicial, sobre una mujer acusada del asesinato de su marido. Penetrante análisis de la corrupción, trama impredecible; una lectura tensa, irónica, por una autora que ya es más que un valor ascendente. La aparición de una supuesta hermana gemela de la acusada da un giro inesperado.

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Poco después la acusada llegó a la sala, custodiada por un guardián, y Bennie notó una especie de tirón en sus entrañas. No sabía bien a qué podía responder aquella reacción. ¿Compasión? ¿Afecto? ¿Odio? No podía precisarlo, pero la reacción estaba ahí, era algo innegable. ¡Encima las dos habían vuelto a escoger el traje gris! De todas formas, si Connolly sentía algo, no lo demostraba. Se le veían los ojos algo hundidos, el rostro, tenso, avanzaba con paso poco seguro hacia la mesa de la defensa. Se sentó al lado de Bennie sin mirarla; ésta siguió con la vista al frente.

– Señor alguacil -dijo el juez Guthrie con expresión nerviosa-. Sírvase llamar al jurado.

El alguacil acompañó a los miembros del jurado a la sala y todo el mundo estiró el cuello al verlos entrar, estudiando sus rostros en busca de alguna pista en cuanto al veredicto. Sin embargo, aquel último día el jurado entró en la sala como lo había hecho el primero: todos con la cabeza baja, evitando fijar la vista en nadie. El realizador de vídeo estaba serio y la bibliotecaria tenía un aire formal, con los labios apretados.

Bennie lo tomó como una mala señal. Los miembros del jurado se mostraban solemnes cuando iban a dar una mala noticia. Se hizo el silencio en la sala, incluso el fatigado personal quedó inmóvil, y Hilliard se inclinó un poco en su asiento. A Bennie no le pasó por alto el gesto. Estaba impaciente. Creía haber conseguido la condena. Bennie sintió una náusea.

– Señora Foreperson -dijo el juez Guthrie, leyendo un papel que tenía en la mesa-, se me ha comunicado que el jurado ha llegado a un veredicto. ¿Es así?

La bibliotecaria se levantó apoyando la mano en la barandilla.

– Así es, señoría.

– ¿Se trata de un veredicto unánime, señora Foreperson?

– En efecto, unánime, señoría.

– ¿Hará el favor de entregarme la comunicación del veredicto, señor alguacil?

Bennie observó, casi sin aliento, cómo el alguacil se acercaba a la bibliotecaria, cogía el papel y se lo llevaba al juez. Éste lo desdobló sin que su expresión delatara el contenido, siguiendo la práctica marcada por la ley y la tradición. Luego, sin mediar palabra, lo devolvió al alguacil, quien a su vez fue a entregarlo de nuevo a la bibliotecaria.

– ¿Hará el favor de levantarse la acusada? -dijo el juez Guthrie, y la voz retumbó en el silencio de la sala.

Connolly se puso de pie al tiempo que también lo hacía Bennie. Ésta no podía respirar ni veía nada. Tenía la impresión de que la sala, el juez y el mundo se venían abajo. Creía oír los latidos de su corazón y los del de Connolly, al unísono.

– ¿Quiere leer el veredicto, señora Foreperson?

– Enseguida, señoría. -La bibliotecaria se aclaró la garganta y leyó el papel que tenía en la mano-: «Nosotros, el jurado reunido en el caso del estado de Pennsylvania contra Connolly, hemos decidido que la acusada, la señorita Alice Connolly, es inocente».

A Bennie se le doblaron las rodillas ante aquellas palabras. De entrada no daba crédito a sus oídos. ¿Qué habían dicho? ¿La habían declarado inocente? Oyó un grito tras ella y luego un chillido más estridente, que atribuyó a Mary, aunque le pareció lejano. Vio cómo Hilliard se cubría el rostro con las manos. Aquel gesto se lo hizo comprender.

Habían ganado.

Habían ganado. Connolly estaba absuelta. La idea le cayó encima como una ola, inundándola de alivio. Aunque no de felicidad. La felicidad se reservaba para los auténticos inocentes, y Bennie reconocía el sentimiento. No se veía capaz de mirar a Connolly a la cara. No sabía bien por qué.

Hilliard se levantó.

– Solicito que se compruebe el voto de los miembros del jurado, señoría.

– Enseguida, señor fiscal. -El juez Guthrie volvió la cabeza hacia el jurado, lo mismo que hizo Hilliard y hasta la última persona de la sala, incluyendo a Bennie, quien seguía sentada en la mesa de la defensa. La comprobación no era una mera formalidad. Ella misma había visto que en ocasiones alteraba un veredicto-. Miembro del jurado número uno: ¿es su veredicto el que acaba de leer el tribunal?

– Sí, señoría.

– Miembro del jurado número dos: ¿es su veredicto el que acaba de leer el tribunal?

– Sí, señoría.

El juez Guthrie fue formulando la misma pregunta a cada uno de los miembros del jurado, y Bennie, al comprobar que todas las respuestas eran afirmativas, empezó a tranquilizarse. Su respiración recuperó el ritmo normal y su vista consiguió perfilar de nuevo las imágenes. Volvió la cabeza hacia Connolly, quien le pareció más pálida y conmocionada. Bennie imaginó la expresión como reflejo de la suya, y en aquella ocasión no era fruto de una artimaña. Por fin, el juez Guthrie interrogó al último miembro.

– Miembro del jurado número doce: ¿es su veredicto el que acaba de leer el tribunal?

– Sí, señoría.

El juez Guthrie hizo un rápido gesto de asentimiento.

– El tribunal acepta el veredicto de este jurado, tras haber sido éste debidamente seleccionado, haber oído los testimonios y visto las pruebas, y haber deliberado como es debido. Por ello este tribunal ordena, falla y decreta que la acusada es inocente del delito de asesinato que se le imputaba. Señorita Connolly, queda usted en libertad efectiva desde este momento.

Connolly movió la cabeza pero no dijo nada, a pesar de que llevaba un año recluida por un delito que no había cometido. Bennie en cierta forma lo comprendía. Notó que se le inundaban los ojos y parpadeó para evitar las lágrimas.

El juez Guthrie terminó con las formalidades.

– Señores miembros del jurado, el tribunal les agradece su servicio al Estado. Sírvanse dejar sus distintivos sobre la barandilla. A partir de este momento se les dispensa de la confidencialidad. Pueden ustedes comentar el caso con quien deseen, incluso sus detalles. Asimismo, son ustedes libres para no emitir comentario alguno sobre la cuestión y negarse a hacer declaraciones, como seguramente les solicitarán. -El juez Guthrie cogió su mazo y con él golpeó suavemente la mesa. «Pam»-. Se levanta la sesión.

Bennie se puso de pie y observó, medio aturdida, cómo abandonaba la sala Guthrie y luego Hilliard. Sus dos asociadas corrieron hacia ella, la abrazaron y estrecharon la mano de Connolly.

– Sácame de aquí -dijo Connolly, dirigiéndose por fin a Bennie, quien ya abría la puerta del muro blindado, preparándose para el asalto de la prensa.

40

Bennie no hizo ningún comentario a los enardecidos periodistas, y se abrió camino entre ellos para meterse en un taxi con Connolly. Mike se sentó delante, al lado del taxista, para intimidar a los que aporreaban las puertas y filmaban a través de las ventanillas. El taxi avanzaba a duras penas en medio de la aglomeración.

– Tiene mi permiso para atropellados -dijo Bennie, y el taxista se echó a reír.

– He leído todo lo que se ha publicado sobre usted en los periódicos, señorita Rosato. Y también sobre usted, señorita Connolly. Felicidades, deben de sentirse realmente felices. -El taxista pisó a fondo el acelerador y el coche salió disparado-. ¿Y dónde van a celebrarlo, señoras mías?

– A la estación de ferrocarril -respondió enseguida Connolly, y Bennie la miró sorprendida.

– ¿En serio?

– Totalmente en serio.

– ¿Se marcha ahora mismo?

– Ya te dije que no iba a perder el tiempo.

– Pero no creía que fuera tan rápido.

Bennie se sentía confusa; sus emociones, hechas un lío. No sabía qué decir, tenía la sensación de estar demasiado rebosante para articular palabra. Dejaron atrás a la multitud que se había concentrado alrededor de los juzgados y se detuvieron en un semáforo. Ante sus ojos se extendía una amplia avenida, el John F. Kennedy Boulevard, que desembocaba en la estación de la calle Treinta, un enorme edificio de estilo griego. Parecía que estaba ahí mismo. A sólo cinco minutos de los juzgados, sin tráfico. Bennie consiguió articular:

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