Helena estaba sentada en un sofá, hojeando una revista. Stuart, a su lado, se entretenía con un videojuego portátil. Frente a ellos, sobre una mesita baja de madera con superficie de cristal, dos vasos de plástico y una lata de Fanta.
El general Parker estaba de pie, de espaldas, al otro lado de la habitación. Miraba fijamente la copia de una crucifixión de Dalí colgada en la pared, las manos cruzadas detrás de la espalda.
Al oír la puerta que se abría giró la cabeza. Miró a Frank como si no lo hubiera visto en mucho tiempo y se esforzara por conectar su rostro con un nombre y un lugar.
Helena alzó los ojos de la página que leía; cuando lo vio se le iluminó la cara. Frank agradeció al destino que la luz de esa mirada estuviera reservada a él. Pero no tuvo tiempo de disfrutar de esa sonrisa. La furia de Parker estalló y descendió sobre él como una nube negra que cubre el sol. En dos pasos ya se había puesto entre ellos. En su semblante el odio ardía con más fuerza que las llamas de un incendio.
– Debí imaginar que detrás de todo esto estaba usted. Pero creo que ha cometido su último y definitivo error. Ya se lo dije una vez, y ahora se lo confirmo: es usted un hombre acabado. Quizá en su estupidez piense que mis palabras se las llevará el viento, pero en cuanto vuelva a Estados Unidos encontraré la manera de lograr que de usted no queden ni siquiera las migas, encontraré el modo de…
Frank fijó una mirada indiferente en la cara congestionada del militar. En su interior se agitaban grandes olas de borrasca, que rompían haciendo crujir el delgado entarimado de madera del muelle. Sin embargo, la voz con la que interrumpió al general sonó tan calmada que irritó aún más a su adversario.
– Si yo fuera usted, general, me calmaría. A su edad, aun en sus excelentes condiciones de salud, el corazón es un órgano que debe tratarse con cierta prudencia. No creo que quiera correr el riesgo de sufrir un infarto y librarme de su presencia de un modo tan gratificante.
Lo que cruzó en un instante el rostro del viejo soldado fue como el ondear repentino de mil banderas, cada una agitada por un viento de guerra. Frank vio con placer que más allá del odio, la ira y la incredulidad, durante un segundo se reflejó en el fondo de aquellos implacables ojos azules una sombra de sospecha. Quizá Parker comenzaba a preguntarse de dónde sacaba Frank la fuerza para hablarle de ese modo. Fue solo un relámpago; después, la mirada del militar volvió a cubrirse con su habitual omnipotencia despectiva. Decidió replicar con el mismo tono. Su voz se calmó, su boca se compuso en una sonrisa condescendiente.
– Lamento desilusionarlo, joven. Para su desgracia, mi corazón es fuerte como una roca. Es el suyo, en cambio, el que parece entregado a palpitaciones indebidas. Y ese es otro de sus errores. Mi hija…
Frank le interrumpió de nuevo. No era algo a lo que el general Nathan Parker estuviera muy acostumbrado.
– En lo que atañe a su hija y a su nieto…
Frank hizo una pequeña pausa después de la palabra «nieto» y bajó el tono de modo que el niño no lo oyera. Stuart, atónito, seguía el altercado sentado en el sofá con las manos en el regazo. El juego electrónico, al que no hacía ni caso, continuaba emitiendo un desolado bip, bip, bip…
– En lo que atañe a su hija y a su nieto, decía, les aconsejaría que fueran a dar una vuelta por el duty-free. Quizá sea lo mejor que lo que debemos decirnos quede entre nosotros dos.
– Nosotros no debemos decirnos nada, agente Ottobre. Y mi hija y mi nieto no deben ir a ningún condenado duty-free . Es usted quien debe salir por esa puerta y desaparecer para siempre de nuestra vida, mientras nosotros subimos a un avión directo a Estados Unidos. Le repito que…
– General, creo que todavía no ha comprendido usted que los faroles, a la larga, dejan de dar resultado. Tarde o temprano uno se encuentra frente a alguien que tiene mejores cartas en la mano. Y que las juega para ganar. Usted no me importa nada de nada. Si lo viera quemarse vivo, ni siquiera le daría el gusto de mearle encima. Si prefiere usted que le diga lo que debo decirle en presencia de ellos, lo haré. Pero sepa que son cosas de las que no hay vuelta atrás. Si quiere correr ese riesgo…
La voz de Frank era tan baja que a Helena le costó ver que todavía estaba hablando. Se preguntó qué le habría dicho Frank a su padre para hacerlo enmudecer de aquel modo. Frank la miró e hizo una ligera seña afirmativa con la cabeza. Helena se levantó del sofá y cogió a su hijo de la mano.
– Ven, Stuart, vamos a dar una vuelta. He visto unas cosas muy interesantes allí fuera.
El niño la siguió sin protestar. Como su madre, vivía en la casa del general Parker y no estaba acostumbrado a recibir consejos, sino solo órdenes. Y las órdenes no se discuten.
Los dos se dirigieron hacia la puerta. La moqueta absorbió el sonido de sus pasos. El único ruido que dejaron tras ellos fue el de la puerta que se cerraba.
Frank se sentó en el sofá, en el mismo lugar que Helena había ocupado hasta hacía poco, y encontró casi intacto el calor de su cuerpo sobre la piel. Un calor que hizo suyo.
Indicó el sillón que había frente a él.
– Siéntese, general.
– ¡No me diga lo que debo hacer!
Frank notó una leve nota de histeria en la voz de Parker.
– Termine de una buena vez con sus desvaríos. Tenemos un avión que…
El general miró el reloj. Frank sonrió por dentro. También él debía de haber hecho ese gesto decenas de veces aquel día. Observó que el militar tenía que alejar el cuadrante de los ojos para poder enfocar la hora.
Parker apartó la mirada del reloj.
– Nuestro avión despega en poco menos de una hora.
Frank meneó la cabeza.
«Negativo, señor.»
– Lamento contradecirle, general. No debió decir «nuestro» avión, sino «mi» avión.
Parker lo miró como si le costara creer lo que acababa de oír. En su semblante se dibujó lentamente esa expresión de sorpresa de los que tardan en comprender el verdadero sentido de una respuesta. Luego estalló en una carcajada. Frank vio con satisfacción que era una risotada sincera y pensó con cuánto placer se la habría borrado de la boca.
– Ríase todo lo que quiera. Eso no impedirá que se vaya usted solo y que su hija y su nieto se queden aquí, en Francia, conmigo.
Parker sacudió la cabeza, con la conmiseración que inspiran las divagaciones de un idiota.
– Está usted completamente loco.
Frank sonrió y se relajó en el sofá. Cruzó las piernas y apoyó un brazo en el respaldo.
– Lamento contradecirlo otra vez. Quizá en otra época lo estuve. Pero ya me he curado. Por desgracia para usted, nunca he estado más cuerdo que en este momento. Verá, general, se ha esmerado usted tanto en fijarse en los errores que yo cometía, que no se ha preocupado por los suyos, que han sido mucho más graves.
El general miró hacia la puerta y dio dos pasos en esa dirección. Pero Frank le cortó de raíz la iniciativa.
– No espere ninguna ayuda por ese lado. No le aconsejo que involucre a la policía de aquí, si es eso lo que estaba pensando. Y si espera la llegada del capitán Mosse, sepa que en estos momentos está acostado en la mesa de un depósito de cadáveres, con la garganta cortada.
El general giró la cabeza de repente.
– Pero ¡¿qué está diciendo?!
– Lo mismo que ya le he dicho antes. Por muy hábil que uno sea, siempre encuentra a uno mejor. Su esbirro era un buen soldado, pero lamento informarle que Ninguno, el hombre al que le había encomendado matar, era de lejos mucho mejor combatiente. Lo ha despachado con la misma facilidad con que Mosse planeaba matarlo a él.
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