– No tiene usted idea de la importancia que han tenido los espejos en toda esta historia… Pues tienen la molesta costumbre de reflejar lo que tienen delante.
– Ya sé cómo funciona un espejo. Cada vez que tengo uno enfrente veo al hombre que le reducirá a cenizas, Ottobre.
Frank sonrió, conciliador.
– Le felicito por su buen humor, general. Pero un poco menos por su supuesta habilidad estratégica y la elección de sus hombres. Como le decía, el local donde se hizo esta foto está lleno de espejos. Gracias a la ayuda de un muchacho inteligente, muy inteligente, he logrado descubrir, mediante una ampliación de los reflejos, la identidad de la persona sentada con Hudson McCormack. Y vea usted de quién se trata…
Frank extrajo otra foto del sobre y la arrojó sobre la mesita sin siquiera mirarla. Esta vez Parker la cogió y la estudió largamente.
– No se puede decir que el capitán fuera un tío muy fotogénico. Pero usted no necesitaba a un modelo, ¿verdad, Parker? Lo que usted necesitaba era a un hombre exactamente como el capitán: un psicópata fiel hasta el fanatismo, dispuesto a matar a cualquiera que usted quisiera eliminar, con una simple orden suya.
Se inclinó un poco hacia Nathan Parker. Había un tono irónico en su voz, en absoluto casual.
– General, ¿su expresión incrédula indica que está a punto de negar que el hombre que se ve en la foto con Hudson McCormack es Ryan Mosse?
– No, no lo niego en absoluto. Se trata, en efecto, del capitán Mosse. Pero esta foto prueba solamente que él conocía a ese abogado del que usted me habla. ¿Qué tiene que ver conmigo?
– Ya llegamos, general, ya llegamos…
Esta vez fue Frank quien miró el reloj. Y sin necesidad de alejar el cuadrante.
– Creo que tendremos que darnos prisa. Por una cuestión de horarios de aviones, intentaré ser lo más sintético posible. Así es como han sucedido las cosas: usted y Mosse hicieron un pacto con Laurent Bedon, el director de Radio Montecarlo. Ese desdichado estaba muy necesitado de dinero, por lo que no debió de costarle mucho convencerlo. Un pacto simple: dinero, que usted posee en abundancia, a cambio de toda la información que Bedon pudiera conseguir sobre el asesino y la investigación. Un espía, como en toda guerra que se precie. Por eso, cuando después de una llamada del asesino concluimos que Roby Stricker era una víctima probable, sorprendimos a Mosse hablando con él. Después, cuando Stricker fue asesinado, mi deseo de que Ryan Mosse fuera el culpable era tan fuerte que me llevó a cometer un error. Me hizo olvidar la primera regla de un policía: examinar todos los elementos disponibles desde todos los ángulos. Y mire usted qué ironía del destino: un reflejo en un espejo llevó a Nicolás Hulot a descubrir quién era el verdadero asesino, y luego otro reflejo en otro espejo me lo ha hecho entender a mí. Qué simples parecen las cosas después, ¿verdad?
Frank se pasó la mano por el pelo. El cansancio comenzaba a hacerse sentir, pero aún no había llegado el momento de relajarse. Después tendría todo el tiempo que quisiera para descansar, y también la compañía adecuada para hacerlo.
– Supongo que usted se sintió bastante perdido mientras su esbirro estaba en prisión, ¿no es así? Un obstáculo impensado. Cuando al fin se identificó a Ninguno, se probó la inocencia de Mosse y salió de la cárcel, debió de sentir cierto alivio, creo yo. No se había perdido nada. Todavía había tiempo para resolver sus problemas personales, y además se había beneficiado usted de un auténtico golpe de suerte…
Frank tuvo que admirar, a su pesar, el dominio del general Nathan Parker. Seguía sentado frente a él, impasible, sin pestañear. Sin duda muchos hombres, en el pasado, debieron de pensar que era mejor no tenerlo como enemigo. El propio Frank lo había pensado. Pero ahora no veía el momento de librarse de él.
No sentía exultación; solo una profunda sensación de vacío. Con estupor se dio cuenta de que ya no sentía el intenso deseo -muy humano- de pegarle. Sería un placer aún mayor no tenerlo nunca más frente a él.
Continuó su exposición de los hechos.
– Y le explico en qué consistió el golpe de suerte al que me refiero. Ninguno fue identificado pero consiguió huir. A usted sin duda debió de costarle creer la fortuna de todos esos acontecimientos. El capitán Mosse estaba de nuevo a disposición, ¡y ese asesino, escondido en alguna parte, ante las narices de la policía, todavía seguía libre para seguir matando!
Se miró el dorso de una mano. Recordó que tender las manos ponía en evidencia el temblor que las agitaba, pero la suya estaba firme. Podía apretar el puño con la certeza de tener dentro al general Parker.
– En efecto, poco después Ninguno hizo una nueva llamada al agente Frank Ottobre. No de la manera habitual, sin embargo. Esta vez llamaba de un móvil, ya sin necesidad de disfrazar la voz. ¿Para qué hacerlo, a fin de cuentas? Ya todos sabían muy bien quién era: Jean-Loup Verdier, el locutor de Radio Montecarlo. El móvil con que hizo la llamada, un anónimo teléfono con tarjeta, quedó luego abandonado en un banco de Niza, de donde se había realizado la llamada. Lo encontramos con un sistema de localización por satélite y lo recuperamos. En el aparato no había ninguna huella, salvo las del muchacho que lo había encontrado. Y eso me pareció muy extraño…
Miró a Parker como si todavía no hubiera encontrado respuesta a ese misterio.
– ¿Por qué Ninguno se había molestado en borrar sus huellas, si sabía que conocíamos su verdadera identidad? En aquel momento no le presté mucha atención, porque, al igual que a los demás, lo que más me preocupaba era el significado de la llamada. El asesino confirmaba su intención de seguir matando, a pesar de la persecución de la policía. Y así fue. Encontramos el cadáver de Hudson McCormack, con la cabeza desollada, en el coche de Jean-Loup Verdier, abandonado frente al cuartel de la Süreté. Todo el mundo se horrorizó ante el nuevo golpe. Todos se preguntaron lo mismo: ¿Cómo es posible que no consigan capturar a ese ser diabólico que sigue matando, imperturbable, y luego se esfuma en la nada como un fantasma?
Frank se levantó del sofá. Se sentía tan cansado que casi le sorprendió no oír el chirrido de sus articulaciones. Al parecer, su rodilla, extrañamente, había aceptado una tregua. Dio unos pasos por la habitación y de espaldas al general, que continuaba inmóvil en su sillón y no se dignó seguirle con la mirada.
– Creo que fue la muerte de Laurent Bedon lo que me puso la mosca detrás de la oreja. Una muerte fortuita, durante un banal y torpe intento de atraco. Aun así, no sé por qué, me resultó sospechosa. Y las sospechas son como las migas en la cama, general: hasta que uno no se libra de ellas no consigue dormir. Todo partió de allí. La muerte de ese desdichado de Bedon fue el elemento desencadenante, el motivo por el que pedí a mi amigo que examinara la foto y que me llevó a descubrir que era Ryan Mosse el hombre sentado en un bar de Nueva York junto a Hudson McCormack. Por eso acudí a la misma persona y le pedí que analizara también la cinta de la llamada que había recibido personalmente de Ninguno. ¿Y sabe usted qué descubrimos? Se lo diré, aunque ya lo sabe. Averiguamos que se trataba de un montaje. Hoy se puede hacer cualquier cosa con la tecnología, ¿no cree usted? Puede resultar de una ayuda increíble; sin embargo, se la usa cum grano salis , si me permite la expresión. El mensaje se examinó palabra por palabra, y así se comprobó que contenía expresiones repetidas: «luna», «perros», «necesito», «nada». El análisis de la entonación demostró que cada palabra se había pronunciado siempre de la misma e idéntica manera. El gráfico vocal de cada una, superpuesto al de la otra, se correspondía a la perfección. Me dijeron que, en una conversación real eso es imposible, de la misma forma que no existen dos copos de nieve o dos huellas digitales idénticos. Por lo tanto, las palabras se habían extraído de una grabación y ensamblado en una cinta nueva, una después de la otra, hasta componer el mensaje deseado. Y esa cinta se había usado para hacer la llamada que yo recibí. Gracias a Laurent, ¿verdad? Fue él quien les dio las cintas de las transmisiones de Jean-Loup, para que ustedes dispusieran de material suficiente para lo que necesitaban hacer. Después de esto, ¿qué más puedo añadir?
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