Giorgio Faletti - Yo Mato

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Un locutor de Radio Montecarlo recibe una noche durante su programa una llamada telefónica asombrosa alguien revela que es un asesino El hecho se pasa por alto, como una broma de pésimo gusto, sin embargo, al día siguiente un famoso piloto de formula uno y su novia aparecen en su barco, muertos y horrendamente mutilados Se inicia así una serie de asesinatos, cada uno precedido de una llamada a Radio Montecarlo con una pista musical sobre la próxima victima, cada uno subrayado por un mensaje escrito con sangre en el escenario del crimen, que es al mismo tiempo una firma y una provocación «Yo mato»
Para Frank Ottobre, agente del FBI, y Nicolás Hulot, comisario de la Sürete monegasca, comienza la caza de un escurridizo fantasma que tiene aterrorizada a la opinión publica nunca hubo un asesino en serie en el principado de Monaco Ahora lo hay, y de su búsqueda nadie va a salir indemne Yo mato es un thriller pleno de acción e intriga, con un desarrollo narrativo tan maduro como absorbente Eso ha bastado -y ha sobrado- para situar a su autor entre los nombres mas importantes del genero y a su obra como un autentico fenómeno editorial

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Siguió como si lo que se disponía a decir fuera totalmente inútil, como quien explica algo obvio a alguien que se obstina en no querer entender.

– Después de la llamada, Mosse subió a casa de Jean-Loup Verdier, sacó su coche, mató a Hudson McCormack, le aplicó el mismo tratamiento que Ninguno reservaba a sus víctimas y dejó el coche y el cadáver frente a la central de policía.

Frank se plantó delante de Parker. Lo hizo adrede, para obligar al viejo a levantar la cabeza y mirarle mientras llegaba a las conclusiones. En ese momento, en aquella sala anónima de un aeropuerto, él era el jurado, y su veredicto era inapelable.

– Ese era su verdadero objetivo, Parker. Eliminar cualquier conexión entre el heroico y poderoso general Nathan Parker y Jeff y Osmond Larkin, a quienes proporcionaba cobertura y protección a cambio de un considerable porcentaje de las ganancias. Apuesto a que cada vez que el valiente general Parker participaba en una guerra en algún lugar del mundo, no protegía solo los intereses de su país, sino que aprovechaba para cuidar también de los propios… No sé por qué ha hecho usted lo que ha hecho, y no me importa un ardite. Eso es un problema suyo y de su conciencia, suponiendo que la tenga, cosa que dudo mucho. El desdichado Hudson McCormack, el contacto con Osmond Larkin, había entrado en un juego de poder que le quedaba demasiado grande, pero sabía lo bastante para meterlos en problemas si hablaba. Y seguro que lo habría hecho, para cubrirse la espalda si las cosas se ponían feas. Así que usted decidió matarlo, pero de modo que la culpa recayera en un asesino en serie que ya había matado a diversas personas del mismo modo. Aunque, tras su captura, Ninguno hubiera declarado su inocencia en cuanto al homicidio del abogado, ¿quién le habría creído? Quizá Hudson McCormack venía a entregarle a usted un mensaje de su cliente. Esta es una duda que ahora usted podrá aclararme. Pienso, y es una simple suposición, que Osmond Larkin lo amenazaba con hacer ciertas revelaciones si no lo sacaba usted de la cárcel inmediatamente. El hecho de que lo mataran en prisión durante una pelea puede haber sido una coincidencia, pero me parece que en esta historia ya hay demasiadas coincidencias…

Frank se sentó de nuevo en el sofá y obsequió a su adversario con una expresión de sorpresa, como si él mismo se asombrara de lo que estaba diciendo.

– Cuántas coincidencias, ¿verdad? Como la de Tavernier, el propietario de la casa que usted había alquilado. Cuando se iban, ese charlatán debió de revelarles también a ustedes la existencia del refugio antiatómico que su hermano había hecho construir para la mujer. Usted supo entonces dónde se escondía Jean-Loup y ordenó a Mosse que se encargara de él. Una vez eliminado el último testigo, el círculo quedaba cerrado. Y quedaban cerradas también todas las bocas que pudieran cantar, una por una. ¿Y quiere usted saber algo cómico?

– No, pero supongo que igualmente me lo dirá.

– En efecto. Poco antes de venir aquí me enteré de que han arrestado al delincuente que provocó la muerte de Laurent Bedon. Se trata de un vulgar tironero que despluma a personas que salen del casino con un poco de dinero en el bolsillo.

– ¿Y cuál sería el aspecto cómico?

– Que empecé a sospechar a partir de la única muerte que se puede calificar de accidente, que no fue un verdadero homicidio en todo el sentido de la palabra. Un crimen que en un primer momento yo les había atribuido a ustedes, y del que eran completamente inocentes.

Parker se distrajo un instante, como si reflexionara en todo lo que acababa de oír. Frank no se hizo ilusiones. Era solo una pausa, no una rendición. La del jugador de ajedrez que madura su contraataque después de oír de su adversario la palabra «jaque».

Parker hizo un gesto vago con una mano.

– No son más que suposiciones. No tiene usted modo alguno de probar con seguridad nada de lo que ha dicho.

Ahí estaba: el contraataque que Frank esperaba. Y sabía bien que el general no se equivocaba. Lo que él tenía en la mano era una serie de indicios significativos, pero ninguna prueba material que sirviera para sostener una acusación. Todos los testigos estaban muertos, y el único que seguía vivo, Jean-Loup Verdier, no era exactamente lo que se llama un testigo digno de credibilidad. Sin embargo, él podía seguir todavía con su farol, y correspondía al general descubrirle el juego. Abrió los brazos en un gesto que significaba «todo puede ser».

– Quizá tenga usted razón. O quizá no. Dispone usted de los medios para pagar a los mejores abogados para que lo saquen del aprieto y le eviten acabar en prisión. En cuanto al escándalo, ya es otra historia. Una absolución por falta de pruebas sirve para eludir la cárcel, no las dudas sobre la culpabilidad. Trate de reflexionar… ¿De veras cree que el presidente de Estados Unidos escucharía los consejos de un asesor militar sospechoso de haber asesorado también a traficantes de drogas?

El general Parker le miró sin hablar. Se pasó una mano por el pelo blanco y corto. Sus ojos azules habían perdido el centelleo guerrero; se habían convertido al fin en los ojos de un viejo. No obstante, su voz conservaba su áspera energía.

– Creo comprender adonde quiere llegar…

– ¿De veras?

– Si no quisiera algo de mí, a estas horas ya me habría denunciado al FBI. No habría venido solo, sino con un ejército de policías. Así que tenga el valor de ser explícito.

Frank pensó que la reputación de Parker no era gratuita. Sabía muy bien que había sido derrotado, pero, como todos los soldados dignos de este nombre, había encontrado una posibilidad de salvación y se proponía aprovecharla.

– Seré mucho más que explícito, general. Incluso lapidario. Si de mí dependiera, no tendría ninguna piedad de usted. Le considero un gusano; lo colgaría de buena gana de un gran anzuelo y lo arrojaría a un mar infestado de tiburones. Eso es exactamente lo que haría yo. Hace un tiempo le dije que todos los hombres tienen un precio pero que usted no había logrado entender el mío. Y ahora voy a decírselo: Helena y Stuart a cambio de mi silencio.

Frank hizo una breve pausa.

– Como ve, general, en algo tenía usted razón. De algún modo, los dos estamos hechos de la misma pasta.

El viejo inclinó la cabeza un instante.

– Y si yo…

– No. La propuesta no es negociable. La acepta o la deja. Y eso no es todo…

– ¿Qué más pretende?

– Pretendo que, cuando regrese usted a Estados Unidos, se dé cuenta de que está demasiado viejo y cansado para la vida militar y pida el retiro. Alguien intentará disuadirlo, pero usted se mostrará firme. Me parece justo que un hombre como usted, un soldado que tanto ha dado a su país, un padre duramente castigado por el destino, disfrute de sus últimos años de vida en santa paz.

Parker lo miró fijamente. Frank habría esperado ver cualquier cosa en su semblante, menos esa curiosidad que había surgido de repente.

– ¿Y me dejará libre, así, sin hacer nada? ¿Dónde ha quedado su conciencia, agente especial Frank Ottobre?

– En el mismo lugar donde ha quedado la suya. Pero el peso que debe soportar mi conciencia es infinitamente menos pesado que el suyo.

El silencio que cayó entre ellos era bastante elocuente. No había nada más que decir. En aquel momento, con ese perfecto sentido de la oportunidad que solo posee la casualidad, la puerta se abrió y asomó la cabeza de Stuart.

– Ah, Stuart, ven, ya puedes entrar. Hemos terminado nuestra charla entre hombres…

Stuart entró corriendo, seguido por la figura delgada de Helena. Stuart no podía entender; ella no lograba entender. Fue Nathan Parker quien dio la noticia, indirectamente, dirigiéndose a un niño que creía ser su nieto y que era también su hijo. El viejo se arrodilló sin esfuerzo aparente ante él y apoyó las manos en sus brazos.

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