Hubo un instante de silencio. Cluny les dio tiempo para asimilar lo que acababa de decir. Lo que estaban escuchando era de algún modo la confirmación de lo que todos habían sospechado: que detrás de la persona de Jean-Loup había un trauma aterrador. Ahora que lo comprobaban, se daban cuenta de que superaba de lejos las conjeturas más fantasiosas. Y no había terminado.
– Lo que los une es un afecto patológico. Jean-Loup vive el drama del hermano como si fuera suyo, quizá en medida aún mayor, más visceral, porque lo ve indefenso frente a la furia y la persecución del padre.
Cluny hizo una nueva pausa y repitió el ritual de las gafas. Frank, Roncaille y Durand se lo concedieron, con paciencia. Se lo había ganado en el curso de sus conversaciones con Jean-Loup, en contacto con la oscuridad de su mente, sondeando en el pasado para reconstruir los motivos de un presente sin futuro.
– No sé decir con exactitud cuál pudo haber sido la causa que desencadenó lo que sucedió una noche en la casa de Cassis, muchos años atrás. Quizá no haya una en particular, sino una serie de causas que con el correr del tiempo crearon las condiciones que provocaron la tragedia. Ya saben ustedes que en esa casa pasto de las llamas se encontró un cuerpo con el rostro desfigurado…
Otra pausa. Los ojos del psicopatólogo vagaron por la habitación, no buscando los ojos de los demás, sino rehuyéndolos, como si fuera en parte responsable de lo que iba a decir.
– Fue el propio Jean-Loup quien mató a su hermano. Su afecto había llegado a un punto tal que su mente enferma pensó que ese era el único modo de curarlo de «su mal», como lo ha definido él. Como si esa deformidad física fuera una verdadera enfermedad. Luego viene el gesto simbólico de la liberación, el ritual de descarnar el rostro para liberar al gemelo de su deformidad. A continuación mató al padre y al ama de llaves, a quien evidentemente consideraba una cómplice; de ese modo era más plausible la hipótesis del doble homicidio seguido de suicidio. Después incendió la casa. Podría introducir en todo esto el significado simbólico de la catarsis, pero me parece completamente inútil y retórico, más que científico. Por último, huyó. Ignoro los detalles de los años siguientes…
Roncaille intervino, para volver por unos instantes a la vida real y dejar esa historia en un limbo de hechiceros.
– Por los documentos que hemos encontrado en la casa de Jean-Loup nos hemos remontado a una cuenta numerada de un banco de Zurich. Probablemente se trate de dinero depositado por Marcel Legrand, una suma considerable, además. A Jean-Loup le bastó conocer el código para disponer de ese dinero. No sabemos dónde vivió hasta que apareció en Montecarlo, tras tomar prestado el nombre de un muchacho muerto en un accidente en Cassis, pero no tenemos dudas en cuanto a cómo lo hizo. Con ese dinero a su disposición podía vivir toda la vida sin trabajar.
Intervino entonces Durand, el procurador general.
– Tengamos presente una cosa: que, para todo el mundo, en esa casa vivía un solo muchacho. Por lo tanto, la presencia del cadáver de un muchacho de su edad contribuyó a que nadie sospechara que podía no tratarse de él. De todos modos, el incendio que destruyó casi toda la casa borró todo rastro de ese segundo hijo. De allí que el caso se archivara tan pronto. Eso fue lo que permitió que este loco fuera a robar el cuerpo de su hermano del cementerio de Cassis, cuando se enteró de que no lo habían devorado las llamas.
Durand calló. Tras una ligera vacilación, Frank aprovechó el silencio.
– ¿Y la música? -preguntó a Cluny.
El psicopatólogo se tomó un instante antes de responder.
– La relación de este hombre con la música es una cuestión que todavía estoy tratando de profundizar. Al parecer, el padre era un gran apasionado y un gran coleccionista de grabaciones raras. Tal vez fuera lo único superfluo que concedió a los hijos a cambio de todo lo que les hizo soportar. También sobre este aspecto la comunicación es difícil. Cuando le hablo de música, el sujeto cierra los ojos y se aísla por completo.
Ahora todos pendían de los labios de Cluny. Si él se dio cuenta, no lo dio a entender. Acaso lo que había llegado a descubrir aún le conmocionaba, incluso durante su simple exposición.
– Lo que querría subrayar es un aspecto sutil de la evolución de Jean-Loup. El hecho de haber matado a su hermano le generó un sentimiento de culpa inconsciente del que no se librará nunca. Él creía, y cree todavía, que el mundo es responsable de la muerte de su hermano y de todo lo que padeció por culpa de su aspecto monstruoso. Esta es la génesis de la tipología de Jean-Loup como asesino en serie, a caballo entre la del misionero y la del control del poder. Un complejo inducido por una psicosis familiar que se venga en la conquista de una normalidad efímera para el hermano muerto. El verdadero motivo por el que ha matado a todas esas personas y ha utilizado la piel de sus rostros como máscara para el cadáver es ese: el cumplimiento de un deber, un modo de pagar a ese pobre desdichado por todo lo que tuvo que padecer…
El psicopatólogo estaba sentado con las piernas ligeramente abiertas. Bajó la mirada hacia el suelo. Cuando la levantó, había piedad en sus ojos.
– Nos guste o no, ese hombre ha hecho todo lo que ha hecho por amor, un amor anormal y enfermizo, pero incondicional, por su hermano. Esta es la conclusión.
Cluny se levantó casi enseguida, como si haber terminado su exposición le hubiera aliviado de un peso que no deseaba cargar solo. Ahora que había logrado compartirlo con otras personas, creía que su presencia en esa habitación se había vuelto superflua.
– Por el momento es todo lo que puedo decirles, señores. Denme un par de días y les haré llegar un informe escrito. Mientras tanto, continuaré mis entrevistas con ese hombre, aunque ya se ha aclarado casi todo lo que necesitábamos saber.
Roncaille se levantó y rodeó el escritorio para darle las gracias. Le estrechó la mano y lo acompañó a la puerta. Al pasar junto a Frank, Cluny le apoyó una mano en el hombro.
– Felicitaciones -le dijo simplemente.
– Felicitaciones a usted, y gracias por todo.
Cluny respondió con una especie de mueca que quizá era una sonrisa o quizá una prueba de modestia. Hizo un gesto con la mano a Durand, que continuaba inmóvil, pensativo, y le respondió con un movimiento contenido de la cabeza.
Cluny salió y Roncaille cerró la puerta. Los tres quedaron solos en el despacho. El jefe de policía volvió a ocupar su lugar tras el escritorio. Frank volvió a sentarse en el sillón y Durand permaneció inmerso en sus pensamientos.
Al fin el procurador general se levantó y fue a mirar por la ventana. Desde ese lugar de observación se decidió a romper el silencio. Habló de espaldas, como si le avergonzara mostrar la cara.
– Y bien, por lo que parece, esta historia ha terminado, y parece que ha terminado gracias a usted, Frank. El director Roncaille le confirmará que el propio príncipe nos ha pedido que le hagamos llegar su satisfacción y sus felicitaciones por el resultado alcanzado.
Hizo una pausa, que estaba muy lejos de surtir el efecto magnético de las de Cluny. Decidió volverse.
– Seré sincero con usted, como usted lo ha sido conmigo. Sé que no le soy simpático, pues me lo dijo con toda claridad en su momento. Tampoco usted me resulta simpático. Nunca me ha caído bien, y no creo que llegue a agradarme nunca. Hay entre nosotros un abismo, y ni yo ni usted haremos nunca el menor esfuerzo por tender un puente. Sin embargo, por amor a la justicia, hay algo que debo decirle…
Dio dos pasos para acercarse a Frank. Le tendió la mano.
– Querría tener muchos policías como usted.
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