Finalmente, la leyenda de Rennes fue conmemorada en un libro de 1967, El oro de Rennes, de Gérard de Sède, que está reconocido como el primer libro sobre el tema. Mucha ficción está contenida ahí, la mayor parte de la cual es una reproducción maquinal de la historia original de 1956 de Corbu. Por último, Henry Lincoln, un cineasta británico, tropezó con la leyenda, y a él se le atribuye la popularización de Rennes.
El cuadro Leyendo las reglas de la caridad, de Juan de Valdés Leal, actualmente cuelga de la iglesia capitular española de la Santa Caridad. Yo lo cambié de sitio, ubicándolo en Francia, ya que su simbolismo era irresistible. Consecuentemente, su inclusión en la historia de Rennes es invención mía (capítulo xxxiv). El palacio papal de Aviñón está adecuadamente descrito, excepto por lo que se refiere a los archivos, que yo inventé.
Los criptogramas sí forman parte verdaderamente de la leyenda de Rennes. Los aquí mencionados, sin embargo, son fruto de mi imaginación.
La obra de reconstrucción del castillo de Givors se basa en un proyecto real que actualmente está en marcha en Guédelon, Francia, donde unos artesanos están construyendo un castillo del siglo xiii utilizando las herramientas y materiales de aquella época. La empresa tardará décadas en realizarse, y el lugar está abierto al público.
Los templarios, naturalmente, existieron y su historia está adecuadamente reflejada. Su regla es igualmente citada con exactitud. El poema del capítulo 10 es auténtico, aunque de autor desconocido. Todo lo que la orden llevó a cabo, tal como se detalla en el libro, es cierto y se presenta como un testamento de una organización que estaba evidentemente adelantada a su tiempo. En cuanto a la riqueza y el conocimiento perdidos de los templarios, no se ha encontrado nada desde la purga de 1307, aunque Felipe iv buscó denodadamente en vano. La historia de los carros que se dirigían a los Pirineos (capítulo xlviii) se basa en antiguas referencias históricas, pero no se puede dar nada por seguro.
Desgraciadamente, no existen crónicas de la orden. Pero tal vez esos documentos estén esperando a algún aventurero que algún día encuentre el perdido escondrijo templario. La ceremonia de iniciación del capítulo li se reproduce con exactitud utilizando las palabras de la regla. Pero la ceremonia del entierro, tal como aparece detallada en el capítulo xix, es falsa, aunque los judíos del siglo i enterraban realmente a sus muertos de una manera parecida.
El Evangelio de Simón es creación mía. Pero el concepto alternativo de cómo Cristo pudo haber sido «resucitado» procede de un excelente libro, La resurrecc ión, mito o realidad, de John Shelby Spong.
Las tradiciones entre los cuatro Evangelios del Nuevo Testamento relativas a la resurrección (capítulo xlvi), han puesto a prueba a los eruditos durante siglos. El hecho de que sólo se hayan hallado los restos de un único reo de crucifixión (capítulo l) suscita algunas cuestiones, al igual que muchos comentarios y afirmaciones que se han hecho a lo largo de la historia. Uno en particular, atribuido al papa León x (1513-1521), me llamó la atención. León era un Médici, un hombre poderoso apoyado por poderosos aliados, que dirigía una iglesia que, en aquel tiempo, ejercía un poder supremo. Su comentario es corto, sencillo y extraño para un Sumo Pontífice de la Iglesia católica.
De hecho, fue la chispa que dio origen a esta novela:
«Nos ha sido útil, este mito de Cristo.»
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[1]Conocido entre nosotros como san Bernardo de Claraval. (N. del t.)
[2]En español, en el original. (N. del t.)
[3]En español, en el original (N. del t.)
[4]El rey Felipe el Hermoso, Philip le Bel en francés, fue llamado así por su aspecto. Pero los ingleses lo conocían como Philip the Fair. Fair, en inglés, significa tanto «bello» o «rubio» como «justo», por lo que se explican las dudas del personaje ante esa ambigua expresión. (N del t.)
[5]También en español, en el original. (N. del t.)
[6]En español, en el original. (N. del t.)