Qiu Xiaolong - El Caso Mao

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Cuando aún no se ha repuesto de la noticia de que su antigua novia, Ling, se ha casado, el inspector jefe Chen Cao recibe la llamada de un ministro que le insta a encargarse, sin demora y personalmente, de una delicada investigación relacionada con el presidente Mao. Las autoridades temen que Jiao, la nieta de una actriz que mantuvo una «relación especial» con Mao y fue perseguida durante la Revolución Cultural, haya heredado algún documento que, de salir a la luz, empañe la figura de Mao, «intocable» aun décadas después de su fallecimiento. Jiao acaba de dejar un empleo mal pagado como recepcionista, se ha mudado a una lujosa vivienda y se ha integrado en un nuevo círculo de amistades que sólo anhela revivir nostálgicamente las costumbres y modas de la dorada Shanghai precomunista. Chen deberá infiltrase en el círculo, recuperar el comprometedor material -si existe- y evitar el escándalo, en un caso trepidante en el que se entrecruzan la fuerza de los mitos, la corrupción de la élite política y la historia reciente de China.

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Sin embargo, lo que había descubierto en el piso de Jiao no le servía de mucho. En todo caso, parecía justificar las sospechas de Seguridad Interna: Jiao debía de estar involucrada en algún asunto secreto.

El inspector jefe volvió a mirar el reloj. Eran casi las seis y media. Aún faltaba más de una hora para que volviera Jiao. Decidió quedarse en el piso y registrar los dos vestidores del dormitorio, uno grande y otro más pequeño. Peiqin había mencionado algo acerca de los vestidores en su lista.

Chen abrió la puerta del vestidor grande y vio una impresionante colección de prendas de diseño en su interior. Algunos de los conjuntos aún estaban envueltos en plástico. De uno de ellos sobresalía un recibo, con fecha de unos seis meses atrás. La prenda era un costoso vestido mandarín. Gracias a lo que había aprendido en un caso reciente, el inspector jefe observó que el vestido estaba confeccionado según la tendencia de los años treinta o cuarenta. Había otros vestidos que, pese a variar en algunos detalles, también eran del mismo estilo.

Chen no recordaba que Jiao tuviera debilidad por los vestidos antiguos. En la Mansión Xie acostumbraba a vestir ropa informal: vaqueros, blusas, pantalones de peto, camisetas. Excepto la última vez que la encontró allí, cuando llevaba un delantal encima de su vestido mandarín rosa y blanco.

Chen se preguntó si todas esas prendas sofisticadas eran similares a las que vestía Shang, y si Jiao, cuando estaba en su casa, se convertía en un reflejo de Shang. Pero ¿por qué habría comprado tantos vestidos si luego no se los ponía?

Tal vez se los hubiera comprado otra persona, le gustaran o no a Jiao.

Chen se sobresaltó al oír el sonido estridente de su móvil, cuyo eco retumbó en el interior del vestidor. Era Yong, desde Pekín. Chen desconectó el teléfono. No sabía qué decirle, y no tenía tiempo para hablar con ella.

A continuación centró su atención en el vestidor pequeño, en el que Jiao almacenaba material de pintura. En la parte interior de la puerta había fijado una nota: «No toque lo que hay en el vestidor». Dirigida a la asistenta, presumiblemente. Había tubos de pintura, pinceles, bastidores, paletas, caballetes, aceiteras y otros materiales cuyos nombres desconocía Chen. También encontró un albornoz manchado de pintura que en otros tiempos debió de ser blanco. Vio varias piezas por terminar recostadas contra la pared. Al parecer, si Jiao se despertaba por la noche a veces se ponía a pintar en el dormitorio. Ésa era la finalidad del vestidor pequeño.

Chen desconocía la forma en que trabajaban en casa los pintores. Como poeta que era, a veces se despertaba durante la noche entusiasmado con las posibilidades de algún poema magnífico, pero generalmente le daba demasiada pereza levantarse. Así que volvía a dormirse, dejando que sus fantasías nocturnas se confundieran con la oscuridad. Muy de vez en cuando había garabateado algunas palabras en cualquier trozo de papel que tuviera a mano, pero a la mañana siguiente apenas podía entender lo que había escrito.

La inspiración debía de llegarle a Jiao por la noche, y, como era más diligente que él, tal vez intentara capturar las ideas fugaces en su dormitorio. Pintar no era lo mismo que escribir. Jiao tenía que salir de la cama, sacar los materiales, trabajar durante horas y después limpiarlo todo. Un comportamiento «inusual», en palabras de Peiqin, pero eso no era asunto suyo. Jiao, una artista excéntrica, podía vivir y trabajar como mejor le pareciera.

Aunque empezaba a dudar de si había sido buena idea entrar en el piso, Chen decidió quedarse un rato más para seguir rebuscando en el vestidor.

Entonces posó la vista en un estuche para pergaminos; parecía como si alguien lo hubiera tirado en ahí dentro sin demasiados miramientos. Le llamó la atención porque nunca había visto a Jiao pintar pergaminos al estilo tradicional chino. En las clases de Xie sólo pintaba óleos y acuarelas. Chen abrió el estuche y sacó el papel que estaba encima de todo. Resultó ser un certificado de autenticidad, donde se constataba que el pergamino había costado más de dos millones de yuanes, una cifra astronómica. La valoración se había realizado tres días atrás. ¿Cómo había dejado Jiao algo tan valioso en el vestidor después del reciente robo en su piso? Chen sacó el pergamino, en el que el propio Mao había caligrafiado a pincel uno de sus poemas, «Oda a la flor de ciruelo». En la esquina superior derecha había una dedicatoria: «Para Fénix, como respuesta a la suya».

Chen supuso que Jiao había comprado el pergamino debido a su asociación con Shang. O, para ser exactos, debido a su asociación con la relación que Shang mantuvo con Mao, ya que «Fénix» era el apodo de Shang. Tal vez Jiao hubiera heredado el pergamino, pero Chen no sabía quién se lo podía haber dejado.

¿Era éste el material de Mao que tanto preocupaba al Gobierno de Pekín?

Sin embargo, la dedicatoria de un pergamino no tenía por qué significar nada. Tradicionalmente, los calígrafos dedicaban su trabajo a alguien. El pergamino podría conducir a especulaciones inacabables, pero no a un desastre de tal magnitud como para que cundiera el pánico en el Gobierno de Pekín. Al fin y al cabo, un apodo no era una prueba concluyente.

Al volver a depositar el estuche en el rincón, Chen vio una escoba en el suelo del vestidor. La escoba tenía la cabeza de bonote, un material suave indicado para suelos de madera noble. Después de pintar, tal vez Jiao limpiara el suelo con esa escoba.

Mientras cerraba la puerta del vestidor, Chen sintió que la cabeza le iba a estallar. Pero era hora de irse, y se dirigió a la puerta del piso. Al ver de nuevo el cuadro surrealista en el salón, se le ocurrió que tal vez Jiao había usado la escoba para copiarla en el cuadro…

El ruido de pasos en el pasillo exterior interrumpió sus razonamientos. Los pasos parecieron detenerse frente a la puerta. Chen se quedó paralizado al oír el tintineo de un llavero.

28

Al oír que alguien introducía una llave en la cerradura, Chen retrocedió varios pasos.

Cuando la puerta de entrada empezó a abrirse con un crujido, el inspector jefe se metió apresuradamente en el vestidor pequeño y cerró la puerta tras de sí.

Oyó pasos en el salón, y después en el dormitorio.

La situación era desesperada. Probablemente, lo primero que haría una muchacha como Jiao al volver a casa sería cambiarse de ropa. Eso significaba abrir el vestidor grande. Y, como alumna aplicada que era, a continuación se pondría a pintar. Lo cual significaba abrir el vestidor pequeño.

Oculto tras la puerta del vestidor, Chen no podía ver la habitación, pero le pareció oler un rastro de perfume. Aguzó el oído, conteniendo la respiración. Jiao se dirigía hacia el vestidor grande, tal y como él había previsto.

Chen rezó para que, después de quitarse la ropa, Jiao fuera a ducharse. Y así podría salir a escondidas.

Pero entonces oyó otro sonido indistinto procedente del salón…

– Jiao, ya he vuelto.

Era una voz de hombre con fuerte acento provinciano, aunque Chen no identificó de inmediato de qué provincia se trataba. Estaba confundido, porque no había oído llegar a nadie con Jiao, ni tampoco oyó que la puerta volviera a abrirse después. Es más, la voz parecía venir del otro extremo del salón, y no de la puerta de entrada…

¿Había otra puerta en el salón, una puerta secreta?

Aunque era difícil de imaginar, eso explicaría por qué Seguridad Interna no había visto a ningún hombre entrando o saliendo del piso de Jiao.

De ser así, el hombre misterioso que mantenía a Jiao debía de ser rico y tener ingenio. Había comprado ese piso y la vivienda contigua, y había hecho instalar una puerta secreta entre ambos. Pero ¿cuál era el motivo de tanto secretismo?

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