Qiu Xiaolong - El Caso Mao

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Cuando aún no se ha repuesto de la noticia de que su antigua novia, Ling, se ha casado, el inspector jefe Chen Cao recibe la llamada de un ministro que le insta a encargarse, sin demora y personalmente, de una delicada investigación relacionada con el presidente Mao. Las autoridades temen que Jiao, la nieta de una actriz que mantuvo una «relación especial» con Mao y fue perseguida durante la Revolución Cultural, haya heredado algún documento que, de salir a la luz, empañe la figura de Mao, «intocable» aun décadas después de su fallecimiento. Jiao acaba de dejar un empleo mal pagado como recepcionista, se ha mudado a una lujosa vivienda y se ha integrado en un nuevo círculo de amistades que sólo anhela revivir nostálgicamente las costumbres y modas de la dorada Shanghai precomunista. Chen deberá infiltrase en el círculo, recuperar el comprometedor material -si existe- y evitar el escándalo, en un caso trepidante en el que se entrecruzan la fuerza de los mitos, la corrupción de la élite política y la historia reciente de China.

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– Un poli excepcional -repitió Chen.

Le vino a la mente lo que le había dicho Ling en aquella habitación siheyuan, entre los recuerdos del molinillo naranja que giraba en la ventana de papel, de sus lecturas de Marea primaveral sentados en un banco verde en el parque Beihai, de la llamada telefónica que se desvanecía bajo las alas relucientes de las gaviotas blancas que sobrevolaban el parque Bund, mientras el agua besaba la orilla…

Por aquel motivo, por sus ansias de ser un poli excepcional, había abandonado, o perdido para siempre, tantas cosas… Era demasiado doloroso pensar en ello. Alicaído, volvió a entrar en el dormitorio.

Vio la escoba en el suelo, cerca del vestidor.

¿Qué iba a hacer con ella?

La inspeccionaría antes de entregársela a los altos cargos de Pekín. A ellos les correspondería decidir cómo actuar para no ir en contra de los intereses del Partido. Fuera la que fuese su decisión, le reconocerían el mérito y Chen tendría el ascenso garantizado.

Así, también se respetaría el principio de no juzgar a Mao por su vida personal, aunque, en lo que se refería a Mao, lo personal tal vez no fuera tan personal después de todo. T.S. Eliot vertió sus experiencias personales en un poema incluido en el manuscrito de La tierra baldía; en el caso de Mao, su vida personal constituyó un desastre para toda la nación.

¿Y cuáles eran los deseos de Jiao?

No tuvo que responder a esa pregunta. La respuesta saltaba a la vista en el cuadro de la bruja que sobrevolaba la Ciudad Prohibida montada en su escoba: «¡Hay que barrer todos los bichos!». Chen tenía la impresión de haberse convertido también él en un bicho, un bicho abrumado por la culpabilidad e incapaz de mirar a Jiao a los ojos, que continuaban abiertos.

Aún más alicaído, Chen se fijó en el trocito de cebolleta picada que había sobre el elegante empeine de Jiao, un detalle minúsculo que la volvía intensamente real, aunque él la hubiera perdido para siempre. Jiao había caminado descalza por la cocina hacía muy poco. Chen no llegó a conocerla bien. Tal vez Jiao hubiera tenido sus defectos, posiblemente era tan vanidosa, coqueta, vulnerable y materialista como muchas otras chicas de su edad, pero, al igual que ellas, tenía derecho a seguir viva.

Sin embargo, como les sucediera a su madre y a su abuela, Jiao había muerto bajo la larga sombra de Mao.

Ya que el inspector jefe no había sido capaz de protegerla en vida, al menos debía intentar hacer algo por ella después de su muerte.

Chen volvió a mirar la escoba caída junto al vestidor. Si la dejaba allí, la inspeccionarían cuidadosamente, formaba parte del escenario del crimen y descubrirían lo que se ocultaba en su interior.

El sonido de una sirena atravesó la noche. Chen sintió el impulso de hacer algo, algo que nunca hubiera hecho un poli excepcional.

– Cuando salí a toda prisa del vestidor, tropecé con esta escoba y se cayó al suelo -explicó Chen, agachándose para recoger la escoba-. Voy a ponerla donde estaba.

– Escúcheme -dijo el Viejo Cazador con expresión reflexiva-, no tiene por qué explicarles nada a los de Seguridad Interna. Entramos juntos en el piso. La brigada de seguridad del barrio me había dado antes la llave maestra. Ya sabe a qué me refiero, jefe.

Chen comprendió qué sugería. El Viejo Cazador creía que no le sería fácil explicar por qué se encontraba en el interior del vestidor, y por qué no fue capaz de impedir que Hua matara a Jiao. Sería mejor afirmar que había irrumpido en el piso junto al policía jubilado. Tal vez Hua contradijera esa versión, pero nadie prestaría demasiada atención a los desvaríos de un hombre trastornado.

Sin embargo, era innegable que Chen había estado en el vestidor, y que, de no ser por su afán de recuperar el material de Mao, podría haberle salvado la vida a Jiao.

Chen volvió a guardar la escoba en el vestidor por otra razón.

– No, la escoba no forma parte del escenario del crimen -respondió Chen negando con la cabeza-. Será mejor que la guarde en el vestidor. -Chen cogió el estuche alargado que contenía el pergamino-. Tendré que entregárselo a las autoridades de Pekín.

De ese modo, lo que pudieran hacer con la escoba escaparía a su control. Y ya no sería asunto suyo.

No pensaba actuar contra la voluntad de Jiao, no con sus propias manos. Al menos, eso podría decirse a sí mismo después.

Y tampoco habría tratado de encubrir a Mao, pese a lo que pudieran juzgar o interpretar los demás.

La escoba, como muchos otros objetos del dormitorio, iría a parar a la basura. Tal vez alguien la recogiera y la usara para barrer, hasta que, sucia y gastada, acabara convirtiéndose en polvo…

Tal vez el objeto guardado en su interior saliera a la luz algún día. Para entonces, nadie podría afirmar que el material de Mao, fuera lo que fuese, había pertenecido a Jiao. Cuando ya no estuviera al frente del caso, Chen no tendría inconveniente en ver de qué se trataba. Él también sentía curiosidad.

Pero, por el momento, mientras no lo viera con sus propios ojos, no estaría ocultando información. Era algo que había aprendido de Xie.

– No se preocupe por mí, Viejo Cazador. Pekín me ha dado vía libre para la investigación. Y me conocen por mis métodos excéntricos.

Chen oyó el ulular de las sirenas y el pitido de los cláxones. Los coches de policía se acercaban al edificio. El Viejo Cazador se dirigió hacia la ventana y miró a la calle, que de repente se había vuelto tan ruidosa como el agua hirviendo.

Chen miró hacia arriba y vio la luna carmesí encaramada en lo alto del cielo nocturno, como si estuviera cubierta de sangre. Las pálidas nubes y la fría lluvia parecían lavarla.

Comenzó a susurrar un poema, en voz muy baja.

Los caballos galopan, el cuerno solloza.
Puede que el paso entre las montañas sea de hierro,
pero vamos a cruzarlo de nuevo,
vamos a cruzarlo de nuevo;
las colinas se extienden como si fueran olas,
el sol se hunde en sangre.

– ¿Qué está recitando? -preguntó el Viejo Cazador, volviéndose para mirar a Chen.

– «El paso entre las montañas Lou», un poema de Mao -explicó Chen-; lo escribió durante la primera guerra civil.

– Deje en paz a Mao -replicó el policía jubilado, estremeciéndose como si se hubiera tragado una mosca-, ya sea en el cielo o en el infierno.

AGRADECIMIENTOS

Estoy en deuda con muchas personas por todo el apoyo que me han prestado: particularmente con Patricia Mirrlees, cuya cálida amistad deshizo los momentos más gélidos de la escritura; con Yang Xianyi, cuyo ejemplo de integridad moral ha inspirado los personajes de este libro; y con Keith Kahla, cuya extraordinaria labor editorial ha contribuido a que la novela se publique tal y como aparece ahora.

Qiu Xiaolong

1Véase el anterior volumen de la serie Seda roja Tusquets Editores - фото 2
***
1Véase el anterior volumen de la serie Seda roja Tusquets Editores col - фото 3

[1]Véase el anterior volumen de la serie Seda roja, Tusquets Editores, col. Andanzas 727, Barcelona, 2010. (N. del E.)

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