Qiu Xiaolong - El Caso Mao

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Cuando aún no se ha repuesto de la noticia de que su antigua novia, Ling, se ha casado, el inspector jefe Chen Cao recibe la llamada de un ministro que le insta a encargarse, sin demora y personalmente, de una delicada investigación relacionada con el presidente Mao. Las autoridades temen que Jiao, la nieta de una actriz que mantuvo una «relación especial» con Mao y fue perseguida durante la Revolución Cultural, haya heredado algún documento que, de salir a la luz, empañe la figura de Mao, «intocable» aun décadas después de su fallecimiento. Jiao acaba de dejar un empleo mal pagado como recepcionista, se ha mudado a una lujosa vivienda y se ha integrado en un nuevo círculo de amistades que sólo anhela revivir nostálgicamente las costumbres y modas de la dorada Shanghai precomunista. Chen deberá infiltrase en el círculo, recuperar el comprometedor material -si existe- y evitar el escándalo, en un caso trepidante en el que se entrecruzan la fuerza de los mitos, la corrupción de la élite política y la historia reciente de China.

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Tal y como Chen había previsto, un guarda de seguridad entrado en años permitió el paso al coche sin hacer preguntas.

– Aparque al final del módulo de viviendas -ordenó Chen al conductor. Era un módulo de pisos caros, con coches de lujo aparcados aquí y allá. Quizás el guarda lo había tomado por uno de los nuevos residentes-. Si no vuelvo en quince minutos, puede irse.

El conductor, al que Gu debía de haberle indicado que cumpliera las órdenes de Chen a rajatabla, asintió con la cabeza enérgicamente, como un robot.

El inspector jefe bajó del coche y se dirigió al edificio de Jiao caminando tranquilamente, como si fuera un residente más.

Chen entró en el edificio, cuya puerta estaba abierta, y subió en ascensor hasta el sexto piso, una planta más arriba de la de Jiao. Tras asegurarse de que no hubiera nadie en el pasillo, se puso un sombrero y unas gafas de sol que había comprado en el parque y se dirigió a las escaleras. No sabía dónde habría instalado Seguridad Interna su cámara de vídeo; quizás estuviera oculta en el rellano, pero con ese atuendo no lo reconocerían tan fácilmente. Y lo más probable es que no observaran las imágenes durante las veinticuatro horas del día. Sucediera lo que sucediera al día siguiente, no quería preocuparse de eso en ese momento.

Al llegar frente a la puerta de Jiao, Chen se agachó fingiendo atarse el cordón del zapato de espaldas a las escaleras. Tapó de ese modo el felpudo, bajo el que buscó a tientas hasta encontrar la llave.

En sus años universitarios, Chen había leído un relato de Sherlock Holmes en el que el detective entraba en la habitación de un delincuente con la ayuda de una criada que trabajaba allí. Si Holmes creía que el fin justificaba los medios, ¿por qué no iba a pensar lo mismo el inspector jefe Chen?

Ya no se trataba únicamente de proteger la imagen de Mao, fuera cual fuese el material sobre el presidente. Chen quería realizar un último esfuerzo para no acabar como el Viejo Cazador, que vivía atormentado por lo que debió haber hecho y no hizo.

Sin embargo, Chen no empezó registrando el piso como un policía, no tenía sentido dejarlo todo patas arriba. Seguridad Interna ya habría efectuado un registro concienzudo -no le cabía la menor duda sobre quién estaba detrás del misterioso robo-, y Chen era consciente de que él no iba a tener más suerte. Tampoco disponía del tiempo suficiente, por lo que trató de centrarse en la lista de objetos «inusuales» que Peiqin le había enviado por fax.

El hecho de que la sala de estar pareciera un estudio no lo sorprendió. Jiao era una chica muy trabajadora, y podía usar la estancia como mejor le conviniera. El primer objeto que llamó su atención fue el largo pergamino caligrafiado que colgaba de la pared. Chen reconoció el poema escrito en el pergamino. Se trataba de «Una concubina imperial espera por la noche», del poeta de la dinastía Tang Li Bai.

Mientras espera, encuentra sus medias de seda

empapadas de las gotas de rocío

que relucen sobre las escaleras de mármol del palacio.

Finalmente, se dispone

a cerrar la cortina tejida en cristal

y entonces dirige otra mirada

a la fascinante luna de otoño.

Chen estaba confundido. Diao le había hablado acerca de un pergamino con un poema clásico chino que colgaba en la habitación de Shang. No de Li Bai, sino de otro poeta, aunque ambos poemas se referían al personaje de una concubina imperial abandonada. Lo que le había contado Diao no era ningún secreto, y, siendo nieta de Shang, Jiao podría haber oído o leído versiones similares. Sin embargo, su decisión de colgar el pergamino precisamente allí constituía otro misterio. El poema habría tenido sentido para Shang, pero no para una chica joven como Jiao.

Cerca del pergamino, Chen vio varios cuadros, acabados y por acabar, apoyados contra la pared. Entre ellos encontró el dibujo de la bruja voladora. Era posiblemente un esbozo, con algunos detalles que Xie no había mencionado. La bruja sobrevolaba la Ciudad Prohibida montada en una escoba de mango corto. Bajo el dibujo, Jiao había escrito dos frases: «Hay que barrer todos los bichos, / ¡soy invencible!». Chen las reconoció como frases de Mao. ¿Se suponía que el cuadro era una parodia?

Al entrar en el dormitorio se fijó en la gran cama, que tenía una tercera parte de su superficie cubierta de libros. Le recordó al dormitorio de Mao. ¿Era una imitación premeditada? El inspector jefe tocó la cama. Como cabía esperar, una tabla de madera hacía las veces de colchón.

A continuación abrió la puerta del baño. Los dos asientos del retrete -un asiento corriente en el que sentarse, y otro más bajo, en forma de palangana, para acuclillarse sobre él- confirmaron su sospecha. Era un hábito que había acompañado a Mao desde su época de campesino en la provincia de Hunan, pero Jiao era una muchacha nacida y criada en Shanghai. Pese a que el orfanato no era un sitio lujoso, resultaba impensable que Jiao hubiera adquirido una costumbre así en la ciudad. Además, habría sido muy caro diseñar un cuarto de baño como ése.

Y Jiao no había viajado a Pekín, no antes de mudarse a esta vivienda. ¿De dónde pudo haber sacado las ideas, y cómo se le ocurrió incorporarlas después a la decoración de su piso?

Chen volvió a sacar la lista de Peiqin. El siguiente punto se refería al tipo de libros que encontró en el estudio. Pero lo que había desconcertado a Peiqin no desconcertó a Chen, gracias de nuevo a su visita a la antigua casa de Mao. Ni siquiera tuvo que revisar todos los libros; tras echar una mirada rápida a un par de títulos se convenció de que eran similares a los que había visto en el despacho de Mao.

El inspector jefe volvió al dormitorio. De pie junto a la ventana, en un intento por dejar la mente en blanco, cerró los ojos y respiró hondo.

Cuando volvió a abrir los ojos, dejó que su mirada recorriera toda la habitación sin hacer ningún esfuerzo, como si aún meditara. Y su mirada se posó en la urna cineraria lacada en negro que reposaba sobre la mesita de noche.

Peiqin no la había incluido en su lista. No era un objeto que la gente acostumbrara a tener en su dormitorio, aunque no parecía impensable que una buena hija conservara allí la urna con las cenizas de su madre. Pero ¿cómo había acabado la urna en manos de Jiao? Cuando Qian murió, Jiao tenía apenas dos años.

Según una antigua costumbre, recordó Chen, la gente solía meter la ropa y los sombreros de un muerto en el ataúd cuando faltaba el cadáver. Chen se preguntó si Jiao habría hecho algo parecido, pero era imposible que la ropa o los sombreros de Qian cupieran en una urna tan pequeña.

¿Podía haber escondido Jiao alguna otra cosa en la urna?

Molestar a los muertos abriendo un ataúd o una urna cineraria se consideraba extremadamente funesto y sacrílego, pero Chen sucumbió a la tentación. Al destaparla, sólo encontró en su interior una fotografía de Shang, amarillenta por el paso del tiempo. La actriz, envuelta en un albornoz blanco que revelaba su níveo escote, posaba descalza junto a una cristalera.

Chen quedó horrorizado al verla. Se entendía que alguien conservara una fotografía en una urna cineraria, pero nadie habría querido guardar una imagen así de su abuela. El inspector jefe levantó la vista como hechizado y observó otra fotografía que colgaba sobre la cabecera de la cama. En ella se veía al presidente Mao enfundado en su albornoz, agitando las manos.

Chen se estremeció al percatarse de la inquietante similitud entre ambas imágenes.

Jiao parecía tener una fijación con Mao, pero debería haberse mostrado más crítica: Mao fue el responsable de la tragedia de Shang, y también de la de Qian, aunque no directamente. La reacción más lógica hubiera sido el odio. No obstante, en lugar de odiarlo, Jiao estaba obsesionada con Mao, particularmente con la fantasía de la relación sexual entre Shang y Mao.

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