Liu debía de creer que aquella llamada de Chen era otra táctica más para frenar las «medidas contundentes».
– Sí, es cierto -respondió Chen-, pero aún no tienen la orden de registro, ¿verdad?
Después, Chen volvió a la pasarela curvada que se elevaba sobre el agua y respiró el aire del río, con su olor tan característico. Había hecho todo cuanto había estado en su mano. Seguridad Interna actuaría al día siguiente. A menos que se produjera algún milagro de última hora, al inspector jefe no le quedaría otra opción que abandonar el caso.
Chen se volvió lentamente hacia la torre en forma de pirámide del Hotel de la Paz, situado al otro lado de la avenida Zhongshan. El hotel, construido en estilo gótico en los años veinte por el legendario hombre de negocios judío Victor Sassoon, fue en otros tiempos el edificio más suntuoso de Shanghai. La oleada de nostalgia que invadía la ciudad había propiciado la difusión de un sinfín de leyendas urbanas sobre los lujos asociados al hotel. El inspector jefe se preguntó si la banda de jazz de los Shanghai Old Dicks actuaría en el bar del hotel aquella noche. Después de ir durante casi dos semanas a la mansión Xie, Chen no tenía ningún interés en visitar el hotel.
Entonces oyó el sonido de su móvil, casi ahogado por el ulular de la sirena que llegaba desde el río. Era Peiqin.
– ¿Qué sucede, Peiqin?
– Estoy en el piso de Jiao, preparando otra cena. Diría que para dos.
– ¿Para esta noche?
– Sí, para esta noche. Jiao me ha dicho que no volverá hasta después de las ocho.
Chen miró el reloj de forma casi mecánica.
– ¿Está segura de la hora a la que volverá?
– Tengo que asegurarme de que el arroz esté aún caliente cuando Jiao vuelva. Insistió mucho en ello.
– Qué interesante, Peiqin -dijo Chen pensando en lo que le había contado el Viejo Cazador, quien juró haber visto fugazmente a un hombre en la habitación de Jiao la última vez que ésta dio «una cena para dos» en su casa-. ¿Se lo ha contado al Viejo Cazador?
– Sí. Esta noche patrullará por la zona. Me ha dicho que era importante que también usted lo supiera. -Y luego añadió-: ¡Ah! He hecho una lista de todo lo que me ha parecido inusual en el piso de Jiao. ¿Cree que podría serle útil?
– Por supuesto. Muy útil. ¿Me la podría enviar a mi casa por fax?
– Sí, se la puedo enviar desde una de esas tiendas en que hacen fotocopias.
– No sé cómo agradecérselo, Peiqin.
– No hace falta que me lo agradezca. Yo no sé nada sobre su investigación, pero trabajando en casa de Jiao he aprendido algunas recetas nuevas. Venga a vernos este fin de semana.
– Lo pensaré, Peiqin.
Cuídese mucho, jefe. Adiós.
Peiqin estaba preocupada por él, y Chen podía adivinar sus motivos: llevaba semanas sin visitar al subinspector y a su esposa. Pero el corazón le dio un vuelco al pensar en lo que sucedería el fin de semana. La generosa ayuda de Peiqin no iba a servir de nada. Encendió el cigarrillo que sostenía desde hacía un rato entre los dedos y aspiró profundamente. Tenía la sensación de haber pasado algo por alto en el caso Mao. Algo esencial, pero difícil de captar. La llamada de Peiqin había intensificado esa sensación.
Quizás el parque fuera realmente un lugar propicio para él, fuera cual fuese su feng shui. Nada más metérselo en el bolsillo del pantalón, su móvil volvió a sonar. Era Ling, desde Pekín.
– ¿Dónde estás? -preguntó. Sonaba tan cerca como el agua que lamía la orilla-. Te he llamado al hotel, pero me han dicho que ya te habías ido.
– Me vi obligado a volver a toda prisa a Shanghai. Lo siento, no tuve tiempo de decirte adiós. Cogí el tren nocturno en el último minuto, y ya era demasiado tarde para llamarte. -Después añadió, asiendo con fuerza el móvil-: Estoy en el parque Bund. El parque al que fuimos la última vez que viniste a Shanghai, ¿te acuerdas? No sabes cómo te agradezco lo que has hecho por mí. Me has ayudado muchísimo en mi trabajo.
– Me alegro de haberlo hecho. Puedes ser excepcional en lo que te propongas, inspector jefe Chen. Así que sé un policía excepcional -dijo Ling, con un tono súbitamente distante de nuevo-. Quizá sea como el poema que escribiste, por lo que recuerdo, a imitación de un poeta británico, sobre la necesidad de saber elegir. «Tienes que elegir bien la jugada / o el tiempo no te perdonará…»
– Lo siento muchísimo, Ling -se disculpó Chen, consciente de que ella se había resignado, después de todo por lo que habían pasado, a que él fuera, ante todo, un policía. Lo demás quedaba en un segundo plano.
– Llámame cuando no estés demasiado ocupado. Y cuídate mucho.
– Te llamaré…
Se oyó un clic. Ling ya había colgado.
Pero ¿qué otra opción le quedaba? De nuevo, oyó el canto de una cigarra entre el verde follaje que tenía a sus espaldas.
Triste de no seguir triste,
el corazón endurecido de nuevo,
ya no espera el perdón,
y se muestra agradecido y contento
de haber estado contigo.
Nadie disfruta de la luz del sol en el jardín vacío.
Era la última estrofa del poema que Ling acababa de mencionarle por teléfono. Al final, Chen no había tenido otra elección que redimirse haciéndose policía.
El poema le trajo la respuesta, sin embargo, y no sólo a la pregunta que acababa de hacerse. Un destello revelador cruzó su mente, y se le ocurrió otra posibilidad.
Chen volvió sobre sus pasos y se dirigió apresuradamente hacia la oficina de seguridad del parque, donde mostró su placa a un hombre de pelo gris que estaba sentado frente a un largo mostrador.
– Necesito usar su fax. Alguien va a enviarme algo aquí -dijo Chen, empezando a copiar el número.
– No hay problema, camarada inspector jefe -contestó el hombre entrecano-. Sabemos quién es.
Chen llamó a Peiqin desde su móvil, secándose el sudor de la frente.
– ¿Está todavía en el piso de Jiao, Peiqin?
– Sí, estoy a punto de irme.
– Deje la llave debajo del felpudo cuando se vaya.
– ¿Cómo dice?
– Sí, y no se lo diga a nadie.
– No se preocupe.
– Envíeme por fax su lista a este número dentro de cinco minutos.
– De acuerdo.
Cuando acabó de hablar con Peiqin, Chen llamó a Gu.
Necesito su coche esta noche. Es un Mercedes nuevo, ¿verdad?
– Está a su disposición. Es un Mercedes, serie 7. ¿Descubrió algo en el cóctel, Chen?
– Dígale a su chófer que me recoja en el parque Bund dentro de diez o quince minutos. Se lo explicaré todo más tarde, Gu. Le agradezco todo lo que ha hecho por mí.
– No tiene que explicarme nada, ni que darme las gracias. ¿Para qué están los amigos?
Desde que se conocieron durante la investigación de otro caso que guardaba cierta relación con el parque, Gu se consideraba amigo del inspector jefe, y se comportaba como tal. Gu, un astuto hombre de negocios, tal vez viera a Chen como un contacto valioso. Sin embargo, en varias ocasiones lo había ayudado de manera totalmente desinteresada.
– No importa lo que piense hacer -siguió diciendo Gu-, sé que no lo hace en beneficio propio, de eso estoy seguro.
El inspector jefe Chen iba a hacer algo que jamás había hecho, eso era todo lo que sabía. Pero antes tenía que entrar en el piso de Jiao.
No sería igual que visitar la habitación de alguien como Mao, que llevaba tanto tiempo muerto.
A su lado, una hoja de fax comenzó a salir del aparato.
Eran ya casi las cinco de la tarde cuando el inspector jefe llegó al complejo de viviendas de Jiao.
Chen se sentó en el asiento trasero del coche sin molestarse en bajar la ventanilla para hablar con el guarda de seguridad. Por experiencia propia, sabía que los guardas amedrentaban a cualquier persona de aspecto corriente que se detuviera frente a la entrada de un complejo residencial, pero al ver un Mercedes flamante, inclinarían la cabeza y abrirían la verja de par en par.
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