Qiu Xiaolong - El Caso Mao

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Cuando aún no se ha repuesto de la noticia de que su antigua novia, Ling, se ha casado, el inspector jefe Chen Cao recibe la llamada de un ministro que le insta a encargarse, sin demora y personalmente, de una delicada investigación relacionada con el presidente Mao. Las autoridades temen que Jiao, la nieta de una actriz que mantuvo una «relación especial» con Mao y fue perseguida durante la Revolución Cultural, haya heredado algún documento que, de salir a la luz, empañe la figura de Mao, «intocable» aun décadas después de su fallecimiento. Jiao acaba de dejar un empleo mal pagado como recepcionista, se ha mudado a una lujosa vivienda y se ha integrado en un nuevo círculo de amistades que sólo anhela revivir nostálgicamente las costumbres y modas de la dorada Shanghai precomunista. Chen deberá infiltrase en el círculo, recuperar el comprometedor material -si existe- y evitar el escándalo, en un caso trepidante en el que se entrecruzan la fuerza de los mitos, la corrupción de la élite política y la historia reciente de China.

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Quizás en el futuro fuera un pista, pero por el momento resultaba demasiado rebuscada. En Seguridad Interna estaban dispuestos a adoptar «medidas contundentes» al día siguiente, y Chen no tendría tiempo de empezar a investigar en esa dirección. A pesar de todo, el inspector jefe acompañó a Gu hasta donde se encontraba Hua, un hombre de cara redonda y mejillas flácidas que sonreía de forma exagerada.

– Es usted amigo de Gu. Me llamo Hua -dijo el hombre, tendiéndole la mano-. ¿También trabaja en el negocio del entretenimiento?

– Me llamo Chen. No soy empresario -respondió el inspector jefe con cautela-. Soy escritor, de los que escriben libros amenos.

– ¡Ah, un escritor! Ya veo -respondió Hua, y se le iluminó por un momento la mirada-. La ciudad está llena de escritores famosos que no dejan de ir de un sitio a otro.

– Ahora que la ciudad está cambiando tan deprisa -replicó Chen, sin saber qué insinuaba Hua- y con tantos edificios nuevos que sustituyen a los antiguos, los escritores no pueden evitar ir de un sitio a otro.

– Admiro a los escritores, señor Chen. Ustedes construyen edificios con palabras, mientras nosotros tenemos que construirlos con cemento y acero.

Chen percibió cierta hostilidad en las respuestas de Hua, y comenzó a preguntarse si debía quedarse mucho más tiempo en el restaurante. La conversación no tenía visos de conducir a nada, al menos por el momento.

Una camarera rubia se acercó a ellos con paso ágil, llevando una bandeja de cristal. Hua cogió una minúscula crep de pato asado atravesada por un palillo. Una mujer muy esbelta, ataviada con un vestido veraniego de color blanco, se acercó con sigilo a Hua. Chen aprovechó la ocasión para excusarse.

Al ver que Gu estaba ocupado hablando con otros invitados, el inspector jefe se marchó sin despedirse. En el Bund hacía una tarde espléndida. Chen respiró hondo y continuó andando mientras intentaba repasar mentalmente los últimos acontecimientos. Tal vez fuera demasiado tarde, se admitió a sí mismo. Demasiado tarde pese a sus esfuerzos, y pese a la ayuda que le habían prestado el Viejo Cazador, el subinspector Yu y Peiqin. Hasta el momento, todo lo que había descubierto en relación al caso Mao no eran más que meras hipótesis sin fundamento. Nada impediría que Seguridad Interna actuara al día siguiente.

Chen sacó su móvil, pero no marcó ningún número. El ulular de una sirena que llegaba desde el río se confundió en su imaginación con el tono de la llamada que no había llegado a hacer.

Para empezar, éste no era «su» caso. ¿Por qué no dejar que lo apartaran de la investigación? De ese modo no tendría ninguna responsabilidad, ni podrían implicarlo en nada. Podría olvidarse de las dos maneras, la blanca y la negra.

Y de Mao.

No era realista esperar siempre un rápido avance en la investigación. No tenía sentido que dedicara todos sus esfuerzos a un solo caso, que, además, era un caso absurdo.

Mientras subía por la escalera de piedra hasta el malecón elevado, Chen contempló las gaviotas que planeaban sobre la gran extensión de agua reluciente. Sus blancas alas lanzaban destellos bajo el sol de la tarde, como en un sueño.

Chen se dirigió al parque Bund. A lo lejos divisó un crucero, con sus vistosos estandartes ondeando en la brisa.

Confucio dice en la orilla:

«Como el agua, el tiempo no deja de fluir».

Ésas fueron las frases que Mao escribió después de nadar en el río Yangzi, antes del inicio de la Revolución Cultural. Chen las leyó por primera vez cuando aún era un alumno de secundaria que paseaba por el Bund antes de entrar o al salir del colegio. En aquellos años no se impartían demasiadas clases.

Sólo tardó unos minutos en llegar al parque. Tras entrar por la puerta cubierta de enredaderas, el inspector jefe recorrió el paseo, que había sido ampliado recientemente con hileras de ladrillos de colores a ambos lados.

Para su frustración, Chen no consiguió encontrar ningún lugar donde sentarse. De la noche a la mañana parecía haber surgido una serie de cafés y de bares a lo largo del malecón, como gigantescas cajas de cerillas con relucientes paredes de cristal. No estaba mal que el parque tuviera un café con vistas al río, pero ¿eran necesarios tantos? Ya no quedaba espacio para los bancos verdes en los que tantas veces se había sentado. Al mirar a través de la cristalera de un café sólo vio a una pareja de occidentales sentados en su interior, hablando. Los precios de la carta rosa colocada frente al café le parecieron prohibitivos. Él podía permitírselos, pero ¿y los que no pudieran?

En su libro de texto de secundaria Chen había leído que, muchos años atrás, habían colgado en la puerta del parque un letrero humillante que decía prohibida la entrada a los chinos y a los perros. Fue a principios de siglo, cuando el parque sólo estaba abierto a los occidentales. Después de 1949, las autoridades del Partido se valieron de esta historia como ejemplo para impartir lecciones de patriotismo. Chen no estaba del todo seguro acerca de su autenticidad, pero ahora la historia resultaba ser cierta, con alguna modificación: prohibida la entrada a los chinos pobres.

Finalmente, cuando llegó al extremo del parque, el inspector jefe consiguió encontrar un bloque de piedra en el que sentarse. Lo habían colocado allí para conectar los eslabones de una cadena a lo largo de un sendero serpenteante. No demasiado lejos de donde se hallaba, Chen vio a una joven madre sentada en otro bloque de piedra, columpiando sus pies descalzos sobre el verde césped. La mujer contemplaba arrobada a su bebé, que dormía a su lado en un cochecito viejo y desvencijado. Vista de perfil, guardaba cierto parecido con Shang.

¿Habría venido aquí Shang con su hija Qian? Quizá Shang no se sentara en un bloque de piedra, y su bebé no durmiera en un cochecito destartalado, pero ¿se habría mostrado igual de feliz y satisfecha?

Al fin y al cabo, el sentido y la esencia de cada vida individual no dependen de dones divinos o imperiales. La vida desafortunada de Shang, favorita de un emperador, era un ejemplo de ello.

Chen sacó un cigarrillo, pero no lo encendió y volvió a contemplar al bebé. Mientras sostenía el cigarrillo apagado entre los dedos, se dio cuenta de que el parque había ejercido cierto efecto en él, y ahora tuvo la impresión de que pensaba con más claridad.

Yu solía decir en broma que el parque parecía tener un feng shui propicio para el inspector jefe. En los años setenta Chen empezó a estudiar inglés en el parque, una experiencia que le llevó a muchas otras cosas en su vida. Chen no creía en el feng shui, pero aquella tarde, dándose golpecitos con el cigarrillo en el dorso de la mano, ansió ver algunas señales de feng shui en el parque.

A continuación, Chen se levantó y se cobijó a la sombra de un árbol en flor, desde donde marcó el número de Liu.

– ¿Qué ocurre, camarada inspector jefe Chen?

– Entre las personas con las que habló Song en los últimos días, ¿había alguien que trabajara en el sector inmobiliario?

– No, no lo creo.

– ¿O alguien apellidado Hua?

– No estoy seguro. Song habló con bastante gente. ¿Cómo voy a acordarme de todos los nombres, así de repente?

– ¿Podría comprobarlo y luego decírmelo?

– Bueno, no estoy en el despacho…

Dondequiera que estuviera Liu en aquel momento, Chen creyó oír música que sonaba como agua borboteante, y risas de muchachas como barcos empujados por la corriente.

– Por favor, compruébelo lo antes posible, camarada Liu.

– Lo haré, camarada inspector jefe Chen -respondió Liu sin ocultar su irritación-. Pero ya hemos hablado de nuestro plan, ¿no?

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