– Tengo entendido que murió de cirrosis hace dos años o así -respondió Klara con un tono de dureza en la voz-. Pero creo que su hijo vive todavía.
– ¿Tienes idea de cómo se llama? -preguntó Þóra.
– No, no me acuerdo. Lo oí alguna vez, pero hace mucho que lo olvidé.
Þóra asintió, quién sabía si Bella se lo encontraría en el archivo. Había conseguido que la mujer empezase a hablar por fin, de modo que era el momento de cambiar de marcha, además de que no se le ocurrían más preguntas sobre los vecinos.
– Otra cosa -dijo entonces-. La noche del viernes 19 de enero de 1973, esto es, el fin de semana anterior a la erupción, en la escuela de Heimaey hubo un baile que se desmadró. A Markús lo fue a buscar su padre, porque él y todos sus compañeros de clase agarraron una borrachera espantosa -miró a la mujer a los ojos-. ¿Recuerdas esa noche?
Klara puso una cara como si Þóra le hubiese pedido que le dejara rebuscar en la cesta de ropa sucia de la familia.
– Creo recordarlo vagamente -respondió, aunque era evidente que recordaba perfectamente la noche en cuestión-. No fue solo Markús, sino la clase entera, si no recuerdo mal. Markús no bebía, a diferencia de los demás chicos de por aquí, de forma que a nosotros aquello nos pilló totalmente por sorpresa.
– No tengo ningún interés en si Markús bebía o no, sino en si recuerdas alguna otra cosa extraña de esa noche -dijo Þóra-. ¿Recuerdas si tu marido volvió a salir después de dejar a Markús en casa, por ejemplo en plena noche, y si quizá fue al puerto?
Klara palideció.
– Magnús no fue a ningún sitio -respondió-. Vino a casa con el chico y se quedó aquí. Magnús no tenía por costumbre andar por ahí en plena noche, y desde luego no estaba de humor después de ver el estado en que se hallaba su hijo -jugueteó con un magnífico anillo de oro que llevaba en el anular de la mano izquierda, y apartó la mirada.
Þóra no le creyó ni media palabra. Por primera vez, la anciana parecía nerviosa y, evidentemente, no era buena actriz. Parecía mentir tan mal como su hijo cuando se la presionaba.
– ¿Y tú, Leifur, recuerdas que sucediera algo esa noche? -miró a Klara y esbozó una falsa sonrisa-. Tal vez Magnús salió cuando tú estabas ya dormida.
Leifur sacudió la cabeza.
– Ese fin de semana, yo estaba en Reikiavik. El instituto había vuelto a empezar después de las vacaciones de Navidad, y yo estaba en tercero y vivía en la capital.
Þóra frunció el ceño.
– Pero la noche de la erupción estabas aquí, ¿no? -preguntó-. Y la erupción fue a mitad de semana, ¿no?
Leifur le sonrió, y parecía perfectamente sincero, a diferencia de su madre, que mostraba a todas luces que aquellas preguntas ya no le resultaban indiferentes.
– Lo de Markús y su borrachera fue toda una tragedia -dijo Leifur-. Mi madre estaba destrozada y mi padre furioso, así que decidí escaparme y venirme para acá a fin de calmar un poco el ambiente y echarle una buena bronca a Markús. Aquel lunes no había clase en el instituto, de todos modos, de forma que no me perdí mucho. Tenía intención de volver a Reikiavik el martes, aunque no esperaba que a medianoche pasara lo que pasó.
– ¿Es Sigríður? -se oyó decir de repente al anciano, que había dejado de mirar por la ventana y ahora miraba a Þóra sin comprender.
– No, papá -respondió Leifur con cariño-. Esta mujer se llama Þóra. Sigríður murió -añadió luego, cogiendo la mano de su padre-. Mira que tienes frías las manos. ¿Quieres que te tape mejor? -Leifur no esperó respuesta, pues el anciano parecía haber vuelto a perder el sentido de la orientación. Leifur miró a Þóra-: Sigríður era su hermana. Quizá piense que os parecéis, aunque yo no veo semejanza.
Þóra sonrió a padre e hijo.
– Hola, Magnús -dijo con voz desusadamente alta, aunque hubiera decidido no hablar al anciano-. Me llamo Þóra y soy abogada -el anciano no apartó la mirada de ella, pero frunció el ceño-. Estoy ayudando a tu hijo. Encontraron unos cadáveres en el sótano de vuestra casa de Suðurvegur y la policía cree que Markús está envuelto en el caso -Leifur y su madre la habían autorizado a intentar charlar con él, pero ambos se mostraron de acuerdo en que no serviría de nada. El gesto de madre e hijo indicaba, en cambio, que cuando dieron su autorización no se referían precisamente a aquel tema.
– ¿Sigríður? -repitió el anciano con tono interrogante-. ¿En el sótano? -añadió. Las palabras de Þóra se filtraron en su mente aunque ella no sabía a ciencia cierta si con ellas le llegaría también algún significado. El hombre calló y se volvió de nuevo hacia la ventana.
– No sirve de nada insistirle -dijo Klara; su voz parecía más suave que antes-. Todavía habla, pero lo que dice no es muy coherente con lo que sucede a su alrededor. Y además es él quien dirige las pocas conversaciones en las que participa. No es posible llevarlas hacia ningún sitio -apartó la vista de su marido y volvió a mirar a Þóra. Su gesto se endureció-. Te agradecería que no le insistieras más.
Þóra se mostró de acuerdo. Había esperado que el hombre fuera más capaz, aunque toda la familia asegurase que estaba total y completamente ausente.
– Klara -dijo Þóra con dulzura-, ¿crees que tu marido pueda tener alguna relación con este caso? Hasta las mejores personas pueden llegar a verse envueltas en situaciones que hacen surgir lo peor que hay dentro de ellas. Nadie sabe lo que sucedió realmente, e incluso podría existir una explicación lógica para tanta violencia, aunque no podemos hallarla por el largo tiempo transcurrido desde entonces.
La anciana se echó hacia atrás como para alejarse de Þóra todo lo posible. El olor del perfume se debilitó un poco.
– Tengo entendido que esos hombres fueron golpeados hasta la muerte -dijo Klara-. Mi marido era fuerte, muy fornido. Pero no era un hombre violento. Nunca habría podido matar a nadie.
– ¿Nunca participó en peleas en sus años mozos, que tú sepas? -preguntó Þóra.
– ¡En peleas! -dijo Klara, muy molesta-. Él era… -miró de reojo a su marido y se corrigió-: Él es un hombre. Claro que se vio metido en peleas hace muchos años, pero eso se acabó cuando nacieron los niños.
– ¿No armaba jaleo cuando se tomaba una copa, o cosas de esas? -preguntó Þóra recordando las palabras de Markús de que su padre no era demasiado divertido cuando llevaba una copa encima. También sabía que los marinos de hace años bebían muchísimo. Ella misma tenía muchos «lobos de mar» en la parte materna de su familia, y había oído historias sobre sus largas singladuras. Cuando estaban embarcados, trabajaban bajo una presión enorme y en cuanto llegaban a tierra se desenfrenaban. Ahora eran otros tiempos, y los marineros borrachos no destacaban más que cualquier otro profesional.
– Magnús no era violento cuando bebía, si es esa la pregunta -respondió Klara con sequedad-. Tampoco tenía problemas con el alcohol, como tantos de sus compañeros. Creo, en realidad, que ese es el motivo de que le fuera en la vida mejor que a ellos, y de que consiguiera levantar una empresa que ahora está entre las más fuertes de la isla.
– También tuvo su parte el que fuera tan tremendamente trabajador -se oyó decir a Leifur-. Corren historias sobre su diligencia cuando era joven, y lo cierto es que fue así durante toda su vida -puso una mano sobre el hombro de su padre-. No nació con una cucharita de plata en la boca, como tanta gente hoy día.
Þóra no pudo menos que pensar que Leifur era una de esas personas, pues había recibido la empresa de manos de su padre. Decidió asimismo no seguir insistiéndoles sobre la afición de Magnús a la bebida, porque no parecía que tuviera importancia alguna.
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