Jordi Sierra i Fabra - Sin tiempo para soñar

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¿Qué se esconde detrás de una noticia cualquiera de un periódico? Es lo que tratan de averiguar Julia y Gil, dos estudiantes de periodismo en un trabajo a simple vista rutinario. La noticia es la del asesinato de Marta, una adolescente cargada de antecedentes penales. Pero la investigación les llevará a descubrir mucho más: su vida, sus sueños… ¿Por qué murió Marta? ¿Cuál es la verdad? ¿Quién la asesinó? Esta novela es el retrato generacional de una adolescencia marcada que lucha por salir de la desesperanza.

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Ni siquiera llegó a meterse del todo en el pasillo.

La mano de Lenox le cayó encima desde la parte de la derecha. Le empujó hacia el interior del despacho y, antes de que Gil pudiera abrir la boca, el musculitos se la cerró de un puñetazo.

Froilán Palacios apareció entre las estrellitas que de pronto empezaron a danzar por el interior de su cabeza.

– ¿Y este quién coño es? -se preguntó, alucinado.

– Estaba aquí, jefe -fue explícito Lenox-, así que lo habrá oído todo.

El dueño del Aurora se arrodilló a su lado. Le cogió por el pelo.

– ¿Tú de qué vas? -le escupió a la cara.

Gil le mostró todo su miedo.

Intentó hablar, mentir, decir la verdad, lo que fuera… Pero no pudo.

– ¡Joder! ¿Qué está pasando aquí? -volvió a levantarse Froilán Palacios-. ¿De dónde mierda están saliendo tantos críos?

Le tocó el turno a Lenox.

– Habla.

Gil tenía la garganta seca y los ojos vidriosos.

– ¡Habla!

Fue un golpe tonto. Un puñetazo fuerte, pero no destinado a dejarle inconsciente. Lo malo fue que la cabeza le salió rebotada contra el canto más duro del sofá.

Gil se alegró de marcharse de allí, aunque fuera para adentrarse en aquella fría y oscura noche interior.

Capítulo 3

Julia se preguntaba cuánta adrenalina era capaz de soportar el cuerpo antes de dispararse y pasar a la fase de ataque de nervios incontrolado y total.

A la media hora ya estaba impaciente; a los cuarenta y cinco minutos, tan asustada que por dos veces tuvo el móvil en la mano para llamar a Gil, o a su padrino. Al cumplirse la hora, no podía más. O su compañero se lo estaba pasando de muerte, y daba por descontado que no era así, o… ¿O qué?

No tenía respuesta.

Solo aquella sensación de agobio en la que le costaba incluso respirar.

Le dolían el pecho, la cabeza y cada uno de sus músculos.

Salió de entre los árboles que la protegían a ella y a la moto, y caminó primero a lo largo de la carretera, por la que apenas había tráfico. En aquella hora, cuatro coches se habían parado en el Aurora, y dos clientes se habían marchado con los suyos. Cuando se cansó de aquella inutilidad, cruzó la calzada y contempló más de cerca el club, sin saber qué hacer.

Si esperar o… De nuevo la misma pregunta: ¿O qué?

Rodeó el edificio por la parte de la derecha, con cuidado, intentando pasar inadvertida, aunque si alguien salía y la sorprendía, no tenía la menor forma de justificar su presencia allí, salvo, quizá, decir que había seguido a su novio porque sospechaba de él.

Paso a paso, fue rodeando el local, que por la parte de atrás era más bien feo e insulso.

Llegaba a la parte izquierda, para salir de nuevo a la carretera, cuando se abrió una puerta por ese lado y lo único que pudo hacer fue ocultarse detrás de dos bidones vacíos y herrumbrosos. Casi no le extrañó ver a Lenox, iluminado por una luz cenital, al que reconoció sin esfuerzo por su pinta de generosa musculatura. El hombre se acercó hasta una camioneta aparcada en solitario, se subió a ella y la puso en marcha, maniobrando hasta situar la parte trasera de cara a la puerta por la que él había salido. Bajó, volvió a entrar en la casa y no tardó en reaparecer.

Cargando un bulto.

Una persona.

Inconsciente o muerta.

– ¡Gil…!

Ahogó el grito en su garganta y, asustada hasta el límite, contempló el final de la escena, cómo Lenox dejaba a su amigo en la parte de atrás, sin miramiento alguno, y después, cómo entraba de nuevo en la casa, dejando la puerta abierta con la clara intención de volver a salir.

Iba a llevárselo. Iba a…

Reaccionó. Se jugó el todo por el todo. Salió de su escondite y echó a correr hacia la carretera. La cruzó sin mirar, alcanzó la moto y se puso el casco. Su bolso estaba en el compartimento de debajo del sillín. Aún no había arrancado cuando la camioneta salió del aparcamiento del club Aurora y enfiló hacia su izquierda.

Julia puso en marcha la moto.

Y cuando la camioneta se encontraba a unos treinta metros de distancia, salió de su escondite y fue tras ella.

– ¡Mierda! -tuvo ganas de llorar.

¿Por qué le había dejado hacerlo? ¿Por qué no habían llamado a su padrino? ¿Por qué, al ver que no salía, no hizo algo antes? ¿Por qué…?

– Gil, no… No, por Dios.

No podía parar la moto para llamar. Si lo hacía, adiós contacto visual. Ni conducirla y telefonear al mismo tiempo, porque a duras penas lograba mantener una velocidad de crucero para no perder a la camioneta. Y menos mal que Gil le había dejado llevar su precioso vehículo un par de veces. De no haber sido por eso…

La camioneta rodaba a una velocidad bastante buena, aunque no excesiva, de espaldas a Barcelona. Había muchas curvas y, aunque el asfalto estaba seco por la ausencia de lluvias, algunas eran tan cerradas que se convertían en peligrosas, y más para ella. No podía acercarse mucho, so pena de despertar sospechas, ni mantener una cierta distancia porque si la camioneta se salía por algún desvío y no se daba cuenta…

Miró el cuentakilómetros.

Dos, tres, cinco, diez…

– ¿Adónde vas? -le preguntó al aire.

Ahora sí tenía frío, mucho frío. No llevaba la ropa adecuada. Yendo detrás de Gil, él la protegía, pero conduciendo ella, el viento la golpeaba y la helaba. Si la camioneta iba lejos, a cincuenta o cien kilómetros, tal vez no lo resistiese, o se acabase la gasolina.

No se cruzó con un solo coche de policía, y ningún otro hubiera parado.

Estaba sola.

Sola con un maníaco, y sin saber si Gil estaba vivo o muerto.

Ningún pueblo, ninguna casa. No tenía ni idea de dónde se encontraba, pero, desde luego, Lenox evitaba cualquier núcleo habitado. Recordó el hallazgo del cadáver de Marta, en una montaña perdida. De no ser por aquel loco de los pájaros, nadie la habría encontrado jamás, o al menos en muchos meses.

No pudo permitirse el lujo de llorar. Y menos llevando el casco y la visera bajada. Si encima no veía nada, se mataría.

Se aferró al manillar con rabia.

Dos kilómetros después, la camioneta se salió por fin de la carretera y enfiló un camino vecinal de tierra. Julia se detuvo al ver sus luces traseras avanzar en la oscuridad. Había llegado el momento de jugársela y pensar algo rápido. Si la seguía, Lenox lo notaría. Si no lo hacía, la perdería.

Apagó la luz, miró la luna, se encomendó a todos los santos del cielo y se internó por el camino de tierra.

La camioneta rodaba ahora a velocidad mínima, así que no la perdió de vista. Entre observar el suelo, para no meter la rueda en un agujero y caer, y mantener aquel conecto, pasó unos minutos angustiosos. Ni siquiera pudo sa-3er cuántos.

Luego, la camioneta se detuvo.

Julia hizo lo mismo.

La distancia debía de ser de unos veinte o veinticinco metros. Suficiente en todos los sentidos. Se quitó el casco y lo dejó en el suelo. El otro estaba sujeto atrás. No se llevó las llaves, por si acaso, y las dejó insertadas en el contacto. Cuando echó a correr por el camino, lo hizo calculando todas sus posibilidades, y al final, ya cerca de la camioneta, agudizó los sentidos y se movió mucho más despacio.

La camioneta enfocaba con sus luces un puñado de árboles y de maleza abigarrada.

Lenox abría en ese momento la parte de atrás. Agarró una pala y se la colocó entre las piernas. Después sacó el cuerpo de Gil, arrastrándolo hasta el borde, y se lo cargó a la espalda. Cogió la pala con la otra mano y echó a andar.

Gil llevaba una cinta adhesiva muy gruesa en la boca, y las manos y los pies, atados también con ella. Seguía inmóvil.

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