Ian Rankin - El jardínde las sombras

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El jardínde las sombras: краткое содержание, описание и аннотация

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El inspector Rebus se desvive por llegar al fondo de una investigación que podría desenmascarar a un genocida de la segunda guerra mundial, asunto que el gobierno británico preferiría no destapar, cuando la batalla callejera entre dos bandas rivales llama a su puerta. Un mafioso checheno y Tommy Telford, un joven gánster de Glasgow que ha comenzado a afianzar su territorio
Rebus, rodeado de enemigos, explora y se enfrenta al crimen organizado; quiere acabar con Telford, y así lo hará, aun a costa de sellar un pacto con el diablo.

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– ¡Oiga! -decía Kirstin Mede con la cabeza ladeada mirándole.

– ¿Qué?

– Estaba usted a miles de kilómetros -dijo ella sonriendo.

– Sólo en el otro extremo de la ciudad -replicó él.

Ella señaló los papeles.

– Se los dejo aquí, ¿de acuerdo? Y si tiene alguna pregunta…

– Estupendo, gracias -dijo Rebus levantándose.

– No se moleste. Conozco el camino.

Pero él se empeñó en acompañarla.

– Lo siento, estoy un poco… -dijo agitando las manos en torno a la cabeza.

– Es lo que le decía, que esto acaba por afectarle a uno -añadió ella.

Mientras cruzaban el departamento Rebus notó las miradas a sus espaldas y vio que Bill Pryde se acercaba pavoneándose para que se la presentase. Era un rubio de cabello ondulado y pestañas claras pobladas, nariz grande y pecosa y una boca pequeña rematada por un bigote pelirrojo, accesorio éste del que habría podido prescindir.

– Encantado -dijo estrechando la mano a Kirstin Mede-. Ojalá te hubiera cambiado el caso -añadió dirigiéndose a Rebus.

Pryde tenía asignado el caso Taystee, un vendedor de helados hallado muerto en su furgoneta con el motor en marcha dentro del garaje; aparentemente, un suicidio.

Rebus y Kirstin Mede superaron el obstáculo Pryde y siguieron su camino. Él iba con idea de pedirle una cita -aunque sabía que era soltera, no descartaba que hubiera algún novio por medio- y en aquel preciso instante trataba de figurarse qué clase de restaurante podría gustarle: ¿Francés o italiano? Para ella que dominaba los dos idiomas quizá fuera más apropiado algo neutral: indio o chino. Pero, a saber si no era vegetariana o detestaba los restaurantes. ¿Invitarla a una copa? Pero él ya no bebía.

– … Bueno, ¿qué le parece…?

Rebus dio un respingo. ¿Qué le habría preguntado?

– ¿Cómo dice?

Kirstin se echó a reír, al comprender que no le había estado prestando atención, y Rebus intentó dar una excusa. Pero Kirstin Mede le interrumpió:

– No, claro; si es que está un poco… -dijo agitando las manos alrededor de la cabeza, haciéndole sonreír.

Se detuvieron uno frente a otro. Ella con la cartera apretada bajo el brazo. Era el momento ideal para pedirle una cita; que ella eligiera dónde.

– ¿Qué ha sido eso? -preguntó Kirstin sobresaltada.

Un grito. También él lo había oído. Un grito detrás de una puerta, allí mismo: la del servicio de señoras. Un grito que volvió a repetirse, seguido esta vez de una frase bien clara:

– ¡Que alguien me ayude!

Rebus abrió la puerta, entró como una tromba y vio a una agente de uniforme que empujaba con el hombro la puerta de una cabina en la que se oían gemidos sofocados.

– ¿Quién hay ahí? -preguntó Rebus.

– Una que detuve hace veinte minutos y que me pidió ir al váter.

Lo decía ruborizada y enfurecida por la situación.

Rebus agarró la puerta por arriba para alzarse a pulso a mirar y vio un cuerpo sentado en la taza. Era una mujer joven excesivamente maquillada que, recostada en la cisterna, miraba hacia él con ojos vidriosos sin dejar de desenrollar el papel higiénico al tiempo que se lo introducía en la boca.

– Se va a ahogar -dijo Rebus dejándose caer al suelo-. Apártese -añadió empujando dos veces con el hombro y alejándose a continuación para pegar una patada.

La puerta se abrió dando contra las rodillas de la joven sentada. Rebus entró sin remilgos viendo que tenía ya la cara abotargada.

– Sujétele las manos -dijo a la agente, y comenzó a extraerle papel higiénico de la boca como si fuese un mago de pacotilla.

Se había tragado casi medio rollo. Rebus cruzó una mirada con la agente y ambos se echaron a reír. La joven ya no se resistía. Su cabello era pardusco, lacio y grasiento, y llevaba una chaqueta de esquí negra con falda también negra ajustada. Se apreciaban en sus piernas unas manchas rosa y la magulladura del golpe de la puerta. Rebus se había manchado las manos con el carmín de labios. La muchacha no cesaba de llorar y él, sintiendo aún mala conciencia por haber soltado la carcajada, se puso en cuclillas y miró aquellos ojos embadurnados más que pintados. Ella parpadeó sosteniendo la mirada y tosiendo al expulsar el último trozo de papel.

– Es extranjera -comentó la agente-. Creo que no habla inglés.

– ¿Cómo le ha dicho, entonces, que quería ir al váter?

– Hay maneras de hacerlo, ¿no?

– ¿Dónde la ha encontrado?

– En el Pleasance, descarada como nadie.

– Para mí es territorio desconocido.

– Para mí también.

– ¿Iba con alguien?

– Que yo viera, no.

Rebus le cogió las manos. Seguía agachado y las rodillas de ella le rozaban el pecho.

– ¿Se encuentra bien? -Ella miró sin entender y Rebus adoptó una expresión de interés por su estado-. ¿Bien, ahora?

Ella asintió con un leve movimiento de cabeza.

– Bien -añadió con voz ronca.

Rebus, al sentir sus dedos fríos, pensó si no sería heroinómana. Muchas prostitutas lo eran, aunque nunca había visto una que no hablase inglés. Le dio la vuelta a las manos y le miró las muñecas. Tenía unas costras en zigzag recientes. Le subió una manga de la chaqueta sin que ella se resistiera y vio que tenía en el brazo muchas iguales.

– Se autocastiga.

La joven comenzó a balbucir una frase incomprensible, y Kirstin Mede, que estaba junto a la puerta, entró en los servicios; Rebus la miró.

– No lo entiendo… Es una lengua del este europeo.

– Pruebe a decirle algo.

Mede le dirigió una pregunta en francés que repitió en tres o cuatro idiomas sin que la joven respondiera, aunque pareció que apreciaba sus esfuerzos.

– Es muy posible que en la universidad haya alguien que nos pueda ayudar -dijo Mede.

Rebus fue a incorporarse pero la mujer se agarró a sus rodillas y le atrajo hacia sí haciéndole casi perder el equilibrio. Se aferraba a él con la cara hundida entre sus piernas balbuciendo algo sin dejar de llorar.

– Creo que le ha gustado usted, señor -dijo la agente.

La obligaron a soltarle y Rebus retrocedió unos pasos, pero ella volvió a lanzarse sobre él repitiendo en voz más alta una especie de súplica. En la puerta se había formado un grupo de seis policías y a cada paso hacia atrás de Rebus la joven lo seguía a gatas. Rebus, al ver la salida bloqueada, pensó que de mago de pacotilla pasaba a ser un figurón de comedia. La mujer policía sujetó a la joven y la obligó a incorporarse retorciéndole un brazo por detrás.

– Andando -dijo entre dientes-. Al calabozo. Se acabó, señores.

Y se llevó entre aplausos a la detenida, que dirigió suplicante la vista atrás, hacia Rebus, que no entendía nada y que, intempestivamente, optó por volverse hacia Kirstin Mede.

– ¿Le apetece que quedemos un día para cenar?

Ella le miró de hito en hito como si estuviera loco.

– Hay dos cosas claras: una que es musulmana de Bosnia y otra, que quiere volver a verle.

Estaban en el pasillo de la comisaría de St. Leonard y Rebus miró al hombre del Departamento de Lenguas Eslavas recomendado por Kirstin Mede.

– ¿De Bosnia?

El doctor Colquhoun asintió con la cabeza. Era bajito, orondo y peinaba su cabello negro y largo en dos mechas hacia atrás por ambos lados de la calva; tenía hoyuelos en la cara regordeta y vestía un traje marrón gastado y sucio con mocasines de ante del mismo color. Rebus pensó que aquel atuendo sería el habitual entre los catedráticos. Aquel Colquhoun era un manojo de tics nerviosos y no le había mirado una sola vez a la cara.

– El bosnio no es mi especialidad -prosiguió el hombre-, pero dice que es de Sarajevo.

– ¿Le ha explicado cómo llegó a Edimburgo?

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