Ian Rankin - El jardínde las sombras

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El inspector Rebus se desvive por llegar al fondo de una investigación que podría desenmascarar a un genocida de la segunda guerra mundial, asunto que el gobierno británico preferiría no destapar, cuando la batalla callejera entre dos bandas rivales llama a su puerta. Un mafioso checheno y Tommy Telford, un joven gánster de Glasgow que ha comenzado a afianzar su territorio
Rebus, rodeado de enemigos, explora y se enfrenta al crimen organizado; quiere acabar con Telford, y así lo hará, aun a costa de sellar un pacto con el diablo.

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– No se lo he preguntado.

– ¿Le importaría preguntárselo? -dijo Rebus señalando al fondo del pasillo.

Volvieron sobre sus pasos, Colquhoun con la cabeza gacha.

– Sarajevo sufrió mucho en la guerra -dijo-. Por cierto, lo que sí me ha dicho es su edad: tiene veintidós años.

A Rebus le había parecido mayor. Quizá lo era y mentía. Pero cuando abrieron la puerta del cuarto de interrogatorios y la vio otra vez le llamaron la atención los rasgos infantiles de su rostro y se dijo que, efectivamente, era más joven. Ella se puso en pie de un salto al verle entrar como si fuese a echársele de nuevo encima, pero él alzó una mano disuasoria, le señaló la silla y la joven volvió a sentarse sujetando entre sus manos el vaso de té sin quitarle a él la vista de encima.

– Le tiene verdadera adoración -dijo la agente que la vigilaba.

Era la misma del incidente en los lavabos y se llamaba Ellen Sharpe. Como ella también estaba sentada no quedaba mucho sitio en aquel cuarto, que llenaban prácticamente dos sillas y una mesa sobre la cual había dos grabadoras de vídeo y una pletina doble. En lo alto de una pared destacaba la cámara del vídeo. Rebus hizo una seña a la agente para que cediese el asiento a Colquhoun.

– ¿Le ha dicho cómo se llama? -preguntó al profesor.

– Candice, dice -respondió Colquhoun.

– ¿Cree que es mentira?

– No es muy propio de su etnia inspector. -Candice musitó unas palabras-. A usted le llama su protector.

– ¿Protector, de qué?

Colquhoun y Candice dialogaban en un idioma áspero y gutural.

– Dice que la protegió contra sí misma y que ahora tiene que continuar.

– ¿Continuar protegiéndola?

– Dice que ahora es suya.

Rebus miró al profesor, que observaba los brazos de la joven. Se había quitado la chaqueta de esquí y su blusa de cordoncillo de manga corta transparentaba sus pechos. Tenía los brazos cruzados, pero los arañazos y cortes eran llamativos.

– Pregúntele si se los ha infligido ella.

A Colquhoun le costó traducírselo.

– Tengo más costumbre de traducir literatura y películas que…

– ¿Qué le ha contestado?

– Que se los ha hecho ella misma.

Rebus la miró como pidiendo confirmación y ella asintió despacio con la cabeza un tanto avergonzada.

– ¿Quién la ha puesto a hacer la carrera?

– ¿Se refiere usted…?

– ¿Quién la explota? ¿Quién es su jefe?

Se estableció otro breve diálogo.

– Dice que no entiende.

– ¿Niega que trabaja de prostituta?

– Dice que no entiende.

Rebus se volvió hacia la agente Sharpe.

– ¿Qué opina usted?

– Yo la vi parar un par de coches e inclinarse hacia la ventanilla para hablar con los conductores. Aunque, como los dos siguieron su camino, supongo que no les gustó la mercancía.

– Si no habla inglés, ¿cómo iba a «hablar» con ellos?

– Bueno, hay maneras.

Rebus miró a Candice y comenzó a decirle despacio:

– Polvo sencillo, quince; una mamada, veinte. Sin condón, cinco más. -Hizo una pausa-. Por culo, ¿cuánto, Candice?

La joven enrojeció y Rebus sonrió.

– No es un inglés muy universitario, doctor Colquhoun, pero algunas palabras sí que le han enseñado. Las justas para su trabajo. Pregúntele otra vez cómo acabó así.

Colquhoun se enjugó antes la cara y Candice respondió agachando la cabeza.

– Dice que salió de Sarajevo como refugiada en viaje a Amsterdam y que después vino a Inglaterra. Su primer recuerdo es una población con muchos puentes.

– ¿Puentes?

– Allí estuvo cierto tiempo -dijo Colquhoun conmovido por la historia; tendió un pañuelo a la joven para que se enjugara las lágrimas y ella le sonrió agradecida y volvió a mirar a Rebus.

– Hamburguesa… patatas fritas… ¿sí?

– ¿Tienes hambre? -dijo Rebus frotándose el estómago. La joven sonrió asintiendo con la cabeza y él se volvió hacia Sharpe-. Mire a ver qué encuentra en la cantina, haga el favor.

La agente le miró de soslayo contrariada.

– ¿Quiere usted alguna cosa, doctor Colquhoun?

El hombre negó con la cabeza. Rebus encargó un café para él y nada más salir Sharpe se agachó junto a la mesa y miró a la joven a la cara.

– Pregúntele cómo llegó a Edimburgo.

Colquhoun hizo la pregunta y la joven comenzó a explicarle una larga historia de la que él fue anotando datos en una hoja.

– Dice que en la ciudad de los puentes casi no vio nada porque la tenían en una casa desde la cual solían llevarla a las citas… Usted perdonará, inspector, pero, aunque soy lingüista, no domino el lenguaje coloquial.

– Lo hace usted muy bien.

– Bueno, lo que sí entiendo es que la utilizaban de prostituta. Un día la hicieron subir a un automóvil y ella pensó que la llevaban a otro hotel o alguna oficina.

– ¿Oficina?

– Por lo que me cuenta, yo diría que parte de su… trabajo lo hacía en oficinas, además de apartamentos y domicilios particulares, aunque sobre todo, en habitaciones de hotel.

– ¿Y dónde la tenían encerrada?

– En una casa, dentro de un dormitorio -dijo Colquhoun pellizcándose el puente de la nariz-. Un buen día la subieron a un coche y la trajeron a Edimburgo.

– ¿Cuánto duró el viaje?

– No sabe muy bien porque durmió durante casi todo el trayecto.

– Dígale que no tema nada. -Rebus hizo una pausa-. Pregúntele para quién trabaja ahora.

El miedo volvió a ensombrecer el rostro de Candice mientras tartamudeaba algo meneando la cabeza. Su voz era aún más gutural y Colquhoun parecía tener dificultades con la traducción.

– No puede decir nada -resumió.

– Dígale que no corre peligro -Colquhoun lo tradujo-. Repítaselo -añadió Rebus mirándola cara a cara mientras el profesor lo decía.

La observaba con expresión serena para inspirarle confianza. Ella le tendió la mano y Rebus se la apretó.

– Pregúntele otra vez para quién trabaja.

– No se lo puede decir, inspector. La matarían. Ha oído cosas.

Rebus decidió probar con el nombre que él pensaba, el dueño de la mitad del negocio de prostitución en Edimburgo.

– Cafferty -dijo, pendiente de una reacción que no se produjo-. Big Ger. Big Ger Cafferty.

Su rostro permanecía inexpresivo. Rebus volvió a apretarle la mano. Había otro nombre…, uno más reciente.

– Telford -dijo-. Tommy Telford.

Candice retiró la mano y rompió a llorar histérica justo en el momento en que entraba la agente Sharpe.

Rebus acompañó al doctor Colquhoun fuera de la comisaría.

– Gracias de nuevo, doctor. ¿Le importa que le llame si lo creo necesario?

– Si es necesario, hágalo -replicó Colquhoun poco predispuesto.

– No abundan los especialistas en lenguas eslavas -alegó Rebus. Tenía en la mano la tarjeta de visita del profesor con su número de teléfono particular apuntado detrás-. Bien, gracias otra vez -añadió tendiendo la mano libre y estrechándola mientras se le ocurría una pregunta-. ¿Estaba usted en la universidad por los años en que Joseph Lintz era profesor de alemán?

A Colquhoun le sorprendió la pregunta.

– Sí -contestó finalmente.

– ¿Lo conoció?

– Nuestros departamentos estaban más bien apartados. Lo veía en algún acto social y en conferencias.

– ¿Cuál es su opinión sobre él?

Colquhoun parpadeó sin mirarle a la cara.

– Dicen que fue nazi.

– Sí, pero ¿y entonces?

– Ya le digo, no nos veíamos mucho. ¿Está usted investigando el caso?

– Era simple curiosidad. Perdone que le haya entretenido.

De vuelta en la comisaría, Rebus encontró a Ellen Sharpe de vigilancia ante la puerta del cuarto de interrogatorios.

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