Ramsey Campbell - Turno de noche

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Los ordenadores de la librería donde trabaja Woody no funcionan correctamente, aparecen errores en los catálogos y los pedidos desaparecen sin dejar rastro. La muerte por atropello de un empleado marca el inicio de la debacle: un dependiente acusa a otro de acoso sexual; otro pierde la habilidad de leer; los monitores de seguridad muestran cosas que se arrastran entre las estanterías y desaparecen antes de que nadie pueda encontrarlas…
Los húmedos y silenciosos seres que han estado merodeando en el sótano pueden ser lentos, pero son inexorables. Esta librería no es un refugio. Es la puerta hacia un infierno como no hay otro igual.
Ramsey Campbell es el maestro de la novela psicológica, por encima de Stephen King, y su talento para transmitir lo más enrevesado de la mente humana no tiene parangón en la narrativa moderna. Sus novelas han sido adaptadas a la gran pantalla en dos ocasiones: Los sin nombre de Jaume Balagueró y El segundo nombre de Francisco Plaza.

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– ¿No es esa la carretera principal?

Es cierto que hay luz delante de ellos. En unos pocos segundos es más brillante que el resplandor de los faros de Jill contra la niebla. Es lo bastante brillante para originarse en una o varias farolas; de hecho, esa es la fuente que Jill cree más probable para explicar su procedencia. Entonces la niebla se disipa y se retira, permitiéndoles observar una alta farola tras el espacio entre dos casas.

– No vine por este camino.

– No importa, ¿verdad? -dice Connie-. Estaremos fuera en un minuto.

Una vez Jill ha cruzado el doble carril como si quisiera dirigirse a Manchester, cae en la cuenta de que Connie se refería al coche.

– Para -ordena Connie-. Cogeré ese taxi.

Apenas ha frenado Jill, Connie sale disparada del Nova y corre a toda velocidad hacia el taxi, moviendo ostensiblemente los brazos y no solo gritándole, sino berreándole, al conductor.

– Gavin, ¿quieres compartirlo? -le pregunta cuando el taxi se detiene y da marcha atrás.

– Si a ti no te importa, Jill.

– ¿Por qué iba a importarme? Quiero llegar a casa como todo el mundo.

– Ya nos veremos entonces -dice antes de bostezar y estirarse, todo ello durante el proceso de abrir la puerta de atrás, y entonces se demora para añadir-: Nos veremos, ¿no?

– No lo sabemos de momento, ¿verdad? Espero que lo averigüemos pronto.

– No creo saber ya cuándo es pronto y cuándo tarde.

Lo demuestra en la velocidad a la que sale del coche.

– ¿Vienes conmigo o no, Gavin? -exclama Connie.

– Gracias por sacarnos -le murmura a Jill, y se dirige al taxi todo lo rápido que su amodorramiento le permite.

El taxi apaga la luz del techo y se aleja. Jill lo sigue a menor velocidad, y al poco tiempo se queda sola junto a un desfile de casas adosadas a ambos lados de la carretera, generalmente a oscuras salvo por los altas farolas. Los bloques de luz son tenues, pero es solo niebla. No recuerda cuando la niebla empezó a ser solo niebla, ni mucho menos la razón por la que se le ha pasado ese pensamiento por la cabeza. Quizá lo comprenda cuando haya dormido. Tras conducir unos minutos se da cuenta de que se unió a la carretera principal a unas dos millas pasada la ruta que tomó para llegar a Fenny Meadows, hace una inimaginable eternidad. Al menos hay otro camino para llegar a la librería, y debería atraer a más clientela al complejo comercial, si alguien se molestara en colocar una señal indicándolo.

No mucho después llega a la autopista de Bury y deja atrás el último remanente de niebla. No hay nadie cerca que se queje de su forma de conducir como sería el caso si se encontrara en una zona urbanizada. Finalmente llega a una, donde los relojes entre las tiendas la informan de que no son mucho más de las cuatro de la mañana, aunque apenas se puede creer que se haya perdido la Navidad. Unos cuantos escaparates adornados con luces o árboles cargados de bombillas de colores solo provocan que se sienta como si esa época ya hubiera pasado. Por supuesto la va a pasar con Bryony, pero está tan cansada que solo pensar que no va a hacerlo le hace frotarse los ojos, tanto para permanecer despierta como para no llorar.

Un camión lechero merodea por la siguiente calle lateral en el momento que gira en su calle. Hay espacio suficiente en el exterior de su casa para aparcar el Nova, pero no obstante toca con el neumático el bordillo al dar marcha atrás. Los dientes de león que impidió a Geoff arrancar, nacidos de las semillas esparcidas por Bryony, están bañados de rocío y de la tosca luz de la farola. Jill abre la puerta principal sin demasiada pericia y empuja para deshacerse de la dificultad que siempre encuentra para hacerlo. Busca el interruptor de la luz del recibidor y teclea el código de la alarma: una fecha que ahora parece no tener ningún sentido. Camina pesadamente hasta la cocina para echarse un vaso de agua y brindárselo con desgana a su figura en el espejo. Tras echarse otro vaso, empieza a dar sorbos hasta que se encuentra con unas huellas embarradas por todo el hall.

Son suyas, por supuesto. Olvidó usar el felpudo. Se limpia los zapatos en él, pero la moqueta tendrá que esperar hasta que despierte. En lugar de eso coge el teléfono y marca el número de Geoff. Una vez termina de decirle que es una cinta y todo eso, Jill murmura:

– Soy yo, Bryony. Solo quería que supieras que estoy en casa. Me voy ya a la cama. Espero que seas tú la que me despierte.

Cuelga el auricular y con el vaso en la mano recorre la exhibición de dibujos de ponis. Quizá en algún momento pueda permitirse pagarle lecciones de equitación a Bryony, sueña, ¿aunque cómo va a ser posible si pierde su trabajo? Lo que importa es que estarán juntas y se las arreglarán de algún modo. Jill se cepilla los dientes delante del nebuloso espejo, tras hacer lo obvio en un baño. Le dedica a las débiles huellas de barro de las escaleras una mirada de reproche de camino a su habitación, donde se enrosca gradualmente en la cama antes de apagar la última luz. Al cerrar los ojos, se acuerda de Bryony, por si eso pudiera hacer que soñara con ella. Quizá Jill no la oiga subir por las escaleras. Quizá Jill no sabrá que tiene compañía hasta que se despierte y vea un pequeño rostro cerca del suyo.

Greg

– Sigue así, Greg. Vas a entrar en la historia de la tienda. Ojalá pudiera estar contigo. Si hay algo que pueda hacer, no tienes más que decirlo.

Greg no va a pedir un descanso. Si Woody no considera que haya tiempo para eso, ¿cómo va a mostrarse en desacuerdo? Demasiados empleados han sucumbido a la debilidad para que ahora lo haga él. Se inclina para coger libro tras libro, y los sostiene cerca de su cara para descifrar el nombre del autor y el título. Otra docena y podrá desplazarse a las estanterías de enfrente y al fondo, junto al escaparate. Se agacha en la penumbra para colocar Khan, cuando Woody dice:

– ¿Qué hice mal, Greg? Aconséjame sobre eso si puedes.

Greg tendría que abandonar su tarea para hacerlo, y Woody no querría escucharle decir que debería haber escogido mejor al personal. Al tiempo que Greg le encuentra al libro un lugar entre su tribu, Woody continúa:

– Vale, déjame decirlo. Supongo que serás demasiado modesto para admitirlo, pero debería haber contratado a más tipos como tú. Es una pena que no pueda clonarte y tener un cargamento de Gregs.

Greg levanta el siguiente libro (King, un estante por encima del anterior), y se permite una mueca supuestamente humilde en el trayecto hasta su colocación.

– Eh, concédete una sonrisa -le urge Woody a tan poca distancia del teléfono que la enorme voz se distorsiona-. No me importaría ver unas cuantas.

Greg le envía una y vuelve a concentrarse en la masa de obras de King que ocupa tres estantes.

– ¿Otra quizá? Me estoy sintiendo solo aquí arriba -exclama Woody cuando todavía no ha identificado dónde van las mil páginas que tiene en las manos.

Sus palabras y la cercanía de su voz empiezan a incomodar a Greg. Es incapaz de separarlas de las oleadas de calor y frío que le inundan cada vez que hace un esfuerzo. Al agacharse o estirarse, el dolor en sus magullados hombros se le extiende por la nuca, donde se golpeó con el suelo. Quizá Woody no vio que fue derribado por nada menos que Jake. Greg espera que no. Ciertamente, no va a comentarlo con él, y menos a su padre, que seguramente llegaría al fin a la conclusión de que Greg no merece ser llamado hijo suyo. Para Greg es bastante saber que ha vencido en su papel de hombre contra la chusma. Fuerza una sonrisa y la dirige al techo antes de seguir buscando un hueco para el libro.

– No lo hagas solo por mí -dice Woody-. Estoy seguro de que también puede valerte.

Greg se esfuerza por sonreír cuando encuentra más de King a sus pies. Por supuesto está a favor de la monarquía, [6] lo estaría más si el rey fuera un hombre, pero la repetición de la palabra parece restarle todo su significado. Quizá es culpa de la penumbra, que le afecta a los ojos. Gira los libros poniendo la portada a la vista para dejar espacio a nuevos ejemplares.

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