– Sí a todo -repuso Vince-, pero le habría costado unos dos mil pavos, y su cuenta bancaria habría reflejado un gasto así.
– ¿Y no lo reflejaba?
Vince denegó con la cabeza.
– No se habían producido retiradas significativas de dinero antes de la desaparición de Cogan. Sin embargo, eso es lo que debió de hacer. Hablé con varias compañías de aerotaxi, y todas me dijeron que en los días buenos, es decir, cuando las corrientes eran propicias y un Lear pequeño tipo 35 o 55 las pillaba, el trayecto duraba unas tres horas, tal vez un poco más.
– De Denver a Bangor -dijo Stephanie.
– Sí, de Denver a Bangor; no hay ningún otro sitio más cercano en esta parte de la costa donde puedan aterrizar esos pajaritos. No hay ninguna pista lo bastante larga.
– ¿Así que verificó las compañías de vuelos chárter de Denver?
– Lo intenté, pero no hubo suerte. De las cinco compañías que fletaban vuelos de cualquier capacidad, solo dos se avinieron a hablar conmigo. No estaban obligados a hacerlo; yo no era más que un periodista de pueblo que investigaba una muerte accidental, no un policía investigando un delito. Además, en una de ellas me dijeron que no se trataba de comprobar tan solo los OBF que fletaban aviones pequeños desde Stapleton…
– ¿Qué son OBF?
– Operadores de Base Fija -explicó Vince-. Fletar aviones es solo una de sus actividades. Obtienen autorizaciones de despegue, tienen pequeñas terminales para los pasajeros que vuelan en aviones privados a fin de que los vuelos privados sean realmente privados, venden, mantienen y reparan aviones… En muchos de estos OBF puedes pasar la aduana, comprar un altímetro si el tuyo se te rompe o pasar ocho horas en la sala de pilotos si resulta que tu vuelo se retrasa. Algunos OBF, como Signature Air, son auténticos monstruos, cadenas como el Holiday Inn o McDonald's. Otras son empresas minúsculas con poco más que una máquina expendedora y un catavientos junto a la pista.
– Veo que hizo usted los deberes -observó Stephanie, impresionada.
– Sí, lo bastante para averiguar que los aeropuertos de Stapleton y el resto de Colorado no los utilizan tan solo pilotos y aviones de Colorado. Por ejemplo, un avión de un OBF del aeropuerto de La Guardia de Nueva York podría aterrizar en Denver con pasajeros que fueran a pasar un mes visitando a sus parientes de Colorado. En tal caso, los pilotos darían voces en busca de pasajeros que quisieran volver a Nueva York para así no tener que regresar de vacío.
– Hoy en día tendrían a todos los pasajeros de vuelta controlados por ordenador con antelación -terció Dave-. ¿Nos sigues, Steffi?
Stephanie los seguía y además veía otra cosa.
– O sea que la ficha del vuelo del señor Cogan podría estar en los archivos de Air Pajarito, en Nueva York.
– O Air Pajarito en Montpellier, Vermont… -añadió Vince.
– O Air Patito, en Washington, DC -agregó Dave.
– Y si Cogan pagó en efectivo -dijo Vince-, lo más probable es que su vuelo no figure en ninguna parte.
– Pero sin duda hay toda clase de organismos…
– Sí, señora -la interrumpió Dave-, más de las que alcanzarías a imaginar, empezando por la Administración Federal de Aviación y acabando por Hacienda. De hecho, no me extrañaría nada que también anduvieran por ahí metidos los Futuros Agricultores de América. Pero las transacciones en efectivo generan poco papeleo. ¿Te acuerdas de Helen Hafner?
Por supuesto que se acordaba; era la camarera del Grey Gull, aquella cuyo hijo se había caído de la cabaña del árbol y se había roto el brazo. Ella se queda con el dinero íntegro, había comentado Vince respecto a los billetes que tenía intención de deslizar en el bolsillo de Helen Hafner, y el tío Sam no se entera de nada. A lo que Dave había añadido: Así se hacen los negocios en América.
Stephanie suponía que era cierto, pero le parecía una forma preocupante de hacer negocios en un caso como aquel.
– Así que no lo sabe -constató-. Hizo cuanto estaba en su mano, pero no lo sabe.
Vince adoptó una expresión primero sorprendida y al poco divertida.
– En cuanto a lo de hacer cuanto estaba en mi mano, Stephanie, no creo que nadie pueda estar nunca seguro de ello; de hecho, creo que casi todos estamos condenados a creer que podríamos haber perseverado un poquitín más, aun cuando obtengamos lo que pretendíamos alcanzar. Pero te equivocas…, sí que lo sé. Cogan cogió un vuelo privado desde Stapleton, eso es lo que pasó.
– Pero ha dicho que…
Vince se inclinó aún más sobre las manos entrelazadas, la mirada clavada en ella.
– Escucha con atención y sigue mis instrucciones, querida. Hace mucho tiempo que no leo ninguna novela de Sherlock Holmes, así que no lo sé con seguridad, pero en un momento dado el gran detective le dice al doctor Watson algo así como: «Cuando eliminas lo imposible, lo que queda, por improbable que sea, tiene que ser la respuesta». Sabemos que Colorado Kid estuvo en su oficina de Denver hasta las diez y cuarto o diez y veinte de aquel miércoles por la mañana. Y podemos afirmar con bastante certeza que estaba en el Jan's Wharfside a las cinco y media. Levanta los dedos como has hecho antes, Stephanie.
La joven obedeció, levantando el dedo medio izquierdo por James Cogan en Colorado y el derecho por James Cogan en Maine. Vince separó las manos y le rozó el dedo derecho con uno de los suyos, la vejez y la juventud encontrándose en pleno vuelo.
– Pero este dedo no recibe el nombre de «las cinco y media» -señaló-. No debemos fiarnos de la camarera, que pese a no estar tan agotada como habría estado en julio, sin duda iba de bólido porque era la hora de la cena.
Stephanie asintió. En aquella parte del país, la gente cenaba temprano, mientras que el almuerzo se tomaba al mediodía, por lo general a bordo de una embarcación langostera.
– Llamémoslo «las seis» -propuso Vince-, la hora del último transbordador.
Stephanie volvió a asentir.
– Sin duda lo cogió, ¿verdad?
– A menos que cruzara el canal a nado -señaló Dave.
– O alquilara una barca -añadió Stephanie.
– Lo preguntamos -aseguró Dave-. Mejor aún, se lo preguntamos a Gard Edwick, encargado del transbordador en el ochenta.
¿Le llevó Cogan una taza de té?, se preguntó Stephanie de repente. Porque si quieres ir en transbordador, tienes que llevarle una taza de té al timonel. Eso es lo que me dijo usted, Dave. ¿O acaso el encargado y el timonel son dos personas distintas?
– ¿Steffi? -la llamó Vince en tono preocupado-. ¿Te encuentras bien, querida?
– Sí, ¿por qué?
– Estabas como…, no sé, extraña.
– Bueno, es que me siento un poco extraña. Es una historia peculiar, ¿verdad? -comentó antes de añadir-: Claro que no es una historia, tenían toda la razón del mundo, y si me he puesto un poco extraña, supongo que es por eso. Es como intentar montar en bicicleta por una cuerda floja inexistente.
Calló un momento, indecisa, y luego decidió lanzarse de cabeza y ponerse totalmente en ridículo.
– ¿Recordaba el señor Edwick a Cogan porque Cogan le llevó algo? ¿Porque llevó té al timonel?
Por un instante, los dos hombres guardaron silencio y se limitaron a observarla con expresión inescrutable, una mirada singularmente joven y traviesa en sus rostros ancianos, y Stephanie creyó que se echaría a reír o a llorar de un momento a otro, lo que fuera con tal de mitigar la angustia y la creciente certeza de que acababa de hacer el más espantoso de los ridículos.
– Hizo frío durante aquella travesía -rememoró Vince al fin-. Alguien, un hombre, llevó un vaso de plástico con café a la cabina del timonel y se la dio a Gard. Tan solo cambiaron unas pocas palabras. No olvides que era abril y a aquella hora ya casi había anochecido. «El mar está muy quieto», comentó el hombre. «Sí», asintió Gard. Y entonces el hombre dijo: «Ha tardado mucho en llegar», o quizá «He tardado mucho en llegar». Gard comentó que quizá incluso le había parecido oír algo así como «Lidie ha tardado mucho en llegar». Ese nombre existe, pero no hay nadie llamado así en el listín de Tinnock, aunque sí encontré varios en otras localidades.
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