– No le hablamos de Colorado Kid porque habría convertido un auténtico misterio sin resolver en un reportaje cualquiera -explicó Vince-. No habría cambiado los hechos, pero habría hecho hincapié en un detalle, el concepto de los relajantes musculares que dificultan o imposibilitan la deglución, por ejemplo, y habría omitido otro.
– El hecho de que no se encontró ningún indicio que avalara esa teoría, por ejemplo -concluyó Stephanie.
– Tal vez eso, tal vez otra cosa. Y quizá habría escrito el artículo así él solo, sencillamente porque sacar una historia de cosas que no lo son en realidad se convierte en un hábito después de trabajar algunos años en esta profesión, o bien su editor se lo habría devuelto para que lo reescribiera.
– O bien el editor lo habría escrito en persona, si el tiempo apremiaba -terció Dave.
– Sí, a veces los editores hacen eso -convino Vince-. En cualquier caso, lo más probable es que Colorado Kid hubiera acabado convertido en el episodio número siete u ocho de la serie Misterios sin resolver de Nueva Inglaterra de Hanratty, algo que fascina a la gente durante un cuarto de hora el domingo y que el lunes usan para forrar la caja del gato.
– Y entonces ya no les pertenecería a ustedes -observó Stephanie.
Dave asintió, pero Vince agitó la mano como para desterrar aquella idea.
– Eso no me importaría tanto, pero habría sido endilgarle una mentira a un hombre que ya no puede refutarla, y eso sí que no lo soportaría, porque no tengo por qué. -Miró el reloj-. En fin, me voy. El último que se vaya que cierre con llave, ¿de acuerdo?
Vince salió de la redacción. Los otros dos lo siguieron con la mirada, y al poco Dave se volvió hacia Stephanie.
– ¿Alguna otra pregunta?
Stephanie se echó a reír.
– Centenares, pero ninguna a la que ni usted ni Vince puedan contestar, creo.
– Siempre y cuando no te canses de formularlas, no pasa nada.
Dave se acercó a su mesa, tomó asiento y cogió una pila de papeles con un suspiro. Stephanie se dirigió hacia su propio escritorio, pero a medio camino reparó en el tablón que cubría toda la pared opuesta de la sala, frente a la desordenada mesa de Vince. Stephanie se aproximó a echar un vistazo.
La mitad izquierda del tablón mostraba viejas primeras planas del Islander, en su mayoría amarillentas y arrugadas. En la esquina superior, muy solitaria, se veía la primera página de la semana del 9 de julio de 1951. El titular rezaba: LUCES MISTERIOSAS SOBRE HANCOCK FASCINAN A MILES DE PERSONAS. Debajo había una fotografía cuyo autor era Vincent Teague, que a la sazón debía de contar treinta y siete años, si las matemáticas no le fallaban. La clara imagen en blanco y negro mostraba un equipo de béisbol infantil con una valla publicitaria al fondo que proclamaba: MADERAS HANCOCK SIEMPRE GANA. La instantánea parecía tomada al atardecer. Los pocos adultos situados en las gradas destartaladas estaban de pie, mirando hacia el cielo, al igual que el árbitro, que se hallaba en la cuarta base con la máscara protectora en la mano derecha. Un grupo de jugadores, el equipo visitante, supuso Stephanie, se agolpaba junto a la tercera base como en busca de seguridad. Los otros niños, que llevaban vaqueros y sudaderas con las palabras MADERAS HANCOCK impresas en la espalda, estaban de pie formando una tosca línea en el campo interior, todos ellos con el rostro vuelto hacia el cielo. Y en la plataforma de lanzamiento, el niño al que le tocaba lanzar sostenía el guante en alto, hacia uno de los brillantes círculos suspendidos en el cielo, justo debajo de las nubes, como si quisiera tocar aquel misterio y acercarlo, abrir su corazón y conocer su historia.
Stephen King
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[1] Stephen King Colorado Kid Traducción de Bettina Blanch Tyroller Título original: The Colorado Kid
El Chaval de Colorado. (N. del E.)