Stephen King - Colorado Kid

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Una obra atípica en la trayectoria del autor de Carrie, en la mejor tradición de la novela negra; un crimen en las costas de Maine, aparentemente irresoluble. En una isla de las costas de Maine, un hombre es encontrado muerto. No hay identificación de su cuerpo. Solo el esforzado trabajo de un par de periodistas locales y de un graduado en medicina forense logra descubrir algunas pistas para, después de un año, saber quién es el muerto. Pero es aquí donde comienza el misterio. Porque cuanto más descubren del hombre y de la extrañas circunstancias de su muerte, menos comprenden. ¿Se trata de un crimen imposible? ¿O algo aún más extraño…? Con ecos de El halcón maltés de Dashiell Hammet y de la obra de Graham Greene, Stephen King presenta un relato sorprendente y conmovedor, cuyo tema es nada menos que la naturaleza del propio misterio.

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– Nunca lo sabremos con seguridad, pero los dos pensamos lo mismo -terció Dave.

– Madre mía -casi susurró Stephanie-. Bueno, ¿y adonde nos lleva todo esto?

Una vez más se miraron y se encogieron de hombros de forma idéntica.

– A territorio nebuloso -repuso Vince-. A lugares en los que ningún periodista del Globe de Boston se adentrará jamás, en otras palabras. Pero hay algunas cosas de las que estoy completamente seguro. ¿Quieres oírlas?

– ¡Sí!

Vince siguió hablando despacio, en tono preciso, como si avanzara a tientas por un pasadizo muy oscuro que había recorrido cientos de veces.

– Sabía que se encontraba en una situación desesperada y sabía que si moría podían no llegar a identificarlo. No quería que eso sucediera, probablemente porque le preocupaba dejar a su mujer en la ruina.

– Así que compró aquellos cigarrillos con la esperanza de que pasaran inadvertidos -aventuró Stephanie.

– Exacto -asintió Vince con un gesto-. Y en efecto, así fue.

– Pero ¿inadvertidos a quién?

Vince guardó silencio unos instantes sin responder a su pregunta.

– Bajó en el ascensor y cruzó el vestíbulo del edificio de oficinas -explicó por fin-. Había un coche esperando para llevarlo al aeropuerto de Stapleton, bien delante de la puerta o bien a la vuelta de la esquina. Quizá solo fueran él y el conductor en el coche, aunque tal vez había alguien más; nunca lo sabremos. Antes me has preguntado si Cogan llevaba el abrigo cuando salió aquella mañana, y te he dicho que George el Ilustrador no lo recordaba, pero Arla me contó que nunca volvió a ver el abrigo en cuestión, de modo que puede que sí lo llevara. En tal caso, creo que se lo quitó en el coche o en el avión. Y creo que también se quitó la americana. Y creo que o bien alguien le dio la chaqueta verde o bien la tenía preparada.

– En el coche o en el avión.

– Exacto -dijo Dave.

– ¿Y los cigarrillos?

– No lo sé con seguridad, pero si tuviera que apostar algo, apostaría a que ya los llevaba encima -comentó Dave-. Sabía lo que se avecinaba…, fuera lo que fuese. Supongo que los llevaba en el bolsillo del pantalón.

– Y más tarde, en la playa…

Stephanie imaginó a Cogan, su versión mental de Colorado Kid, encendiendo el primer cigarrillo de su vida, el primero y el último, antes de dirigirse hacia la orilla de la playa Hammock, solo a la luz de la luna. La luna de medianoche. Inhala una bocanada de aquel humo acre y desconocido. Quizá dos. Luego arroja el cigarrillo al mar. Y luego… ¿qué?

¿Qué?

– El avión lo dejó en Bangor -se oyó decir en un tono que le sonó áspero e impropio de ella.

– Exacto -convino Dave.

– Y el coche que lo esperaba allí lo llevó hasta Tinnock.

– Exacto -repitió Vince.

– Se comió la cesta de pescado con patatas fritas.

– Cierto -dijo Vince-, la autopsia lo demuestra, y mi olfato me lo confirmó en su momento; olí el vinagre.

– ¿En aquel momento ya no tenía la cartera?

– No lo sabemos -reconoció Dave-; nunca lo sabremos, pero creo que no. Creo que la entregó junto con el abrigo, la americana y su vida normal. Creo que lo que le dieron a cambio fue una chaqueta verde a la que más tarde también renunció.

– O puede que se la quitaran después de morir -conjeturó Vince.

Stephanie se estremeció sin poder evitarlo.

– Toma el transbordador de las seis hasta la isla, lleva un café a Gard Edwick…, o sea, té para el timonel… o para el encargado.

– Cierto -murmuró Dave con expresión solemne.

– Por entonces ya no tiene cartera ni identificación alguna, tan solo diecisiete dólares en billetes y algunas monedas entre las que quizá se encuentra una moneda de diez rublos. ¿Creen que esa moneda podía ser…? No sé, alguna clase de herramienta de identificación, como en las novelas de espías. En aquella época aún había guerra fría entre Rusia y Estados Unidos, ¿no?

– Estaba en pleno apogeo -corroboró Vince-. Pero Steffi…, si fueras a hacer tratos con un agente secreto ruso, ¿utilizarías un rublo para presentarte?

– No -reconoció ella-. Pero ¿por qué si no llevaba esa moneda? Lo único que se me ocurre es que quisiera mostrársela a alguien.

– Siempre he intuido que se la dio alguien -declaró Dave-. Quizá junto con un trozo de filete envuelto en papel de aluminio.

– ¿Por qué? -inquirió ella-. ¿Por qué iba alguien a hacer una cosa así?

– No lo sé -admitió Dave, meneando la cabeza.

– ¿Encontraron papel de aluminio en el escenario? ¿Algún trozo arrojado entre la maleza que bordea la parte más alejada de la playa?

– Te aseguro que O'Shanny y Morrison no lo comprobaron -señaló Dave-. Yo y Vince nos pateamos toda la playa cuando por fin retiraron la cinta policial; no buscábamos papel de aluminio en concreto, como comprenderás, sino cualquier cosa que nos pudiera proporcionar alguna pista sobre el muerto, lo que fuera. No encontramos más que la basura habitual, como envoltorios de caramelos y demás.

– Si la carne estaba envuelta en papel de aluminio o una bolsa, es posible que Cogan lo tirara al mar junto con el cigarrillo -observó Vince.

– En cuanto al pedazo de carne atascado en su garganta…

Vince esbozó una leve sonrisa.

– Sostuve algunas largas conversaciones sobre ese trozo de carne con el doctor Robinson y el doctor Cathart. Dave estuvo presente en un par de ellas. Recuerdo que Cathart me dijo una vez, alrededor de un mes antes de que el infarto se lo llevara al otro barrio hace seis o siete años: «Estás obsesionado con ese viejo asunto como los niños se obsesionan con los dientes que se les caen y se tocan los huecos con la lengua». Y me dije que tenía toda la razón del mundo, que era verdad. Este asunto es como un hueco que no puedo dejar de tocar y lamer para ver si encuentro el fondo. Lo primero que quería averiguar era si alguien le había metido a Cogan la carne en la garganta, bien con los dedos o con algún utensilio, como un palillo de brocheta, una vez muerto. A ti también se te ha ocurrido esa posibilidad, ¿verdad?

Stephanie asintió.

– Cathart me dijo que era posible pero no probable, porque el trozo de carne estaba lo bastante masticado para poder ser tragado. De hecho, ya no era carne, sino lo que Cathart denominó «pulpa orgánica». Claro que podría haberlo masticado otra persona, pero es improbable que lo introdujera después de hacerlo, por temor a que pareciera insuficiente para causar la muerte. ¿Me sigues?

Stephanie volvió a asentir.

– También me dijo que la carne masticada hasta formar pulpa orgánica sería difícil de manipular con un instrumento, ya que con toda probabilidad se desharía al empujarla garganta abajo. Podría hacerse con los dedos, pero Cathart creía que en tal caso habría descubierto algún indicio, probablemente cierta tensión en los ligamentos de la mandíbula. -Se detuvo para meditar unos instantes y por fin sacudió la cabeza-. Existe un término técnico para esa apertura de la mandíbula, pero no lo recuerdo.

– Cuéntale lo que te dijo Robinson -instó Dave con ojos relucientes-. A fin de cuentas no sirvió de nada, pero siempre he pensado que es interesantísimo.

– Me dijo que existen ciertos relajantes musculares, algunos de ellos exóticos, y que la carne de Cogan podía haber sido tratada con alguno de ellos -explicó Vince-. En tal caso, habría podido tragar los primeros bocados sin problema, teniendo en cuenta el contenido de su estómago, pero de repente encontrarse con un trozo que no podía tragar después de masticarlo.

– ¡Debió de ser eso! -exclamó Stephanie-. Y la persona que manipuló la carne se sentó a verlo morir asfixiado. Una vez muerto Cogan, el asesino lo sentó apoyado contra la papelera y se llevó el resto de la carne para que no pudieran analizarla. ¡No fue ninguna gaviota! -Se detuvo y los miró-. ¿Por qué menean la cabeza?

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