Stephen King - Colorado Kid

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Una obra atípica en la trayectoria del autor de Carrie, en la mejor tradición de la novela negra; un crimen en las costas de Maine, aparentemente irresoluble. En una isla de las costas de Maine, un hombre es encontrado muerto. No hay identificación de su cuerpo. Solo el esforzado trabajo de un par de periodistas locales y de un graduado en medicina forense logra descubrir algunas pistas para, después de un año, saber quién es el muerto. Pero es aquí donde comienza el misterio. Porque cuanto más descubren del hombre y de la extrañas circunstancias de su muerte, menos comprenden. ¿Se trata de un crimen imposible? ¿O algo aún más extraño…? Con ecos de El halcón maltés de Dashiell Hammet y de la obra de Graham Greene, Stephen King presenta un relato sorprendente y conmovedor, cuyo tema es nada menos que la naturaleza del propio misterio.

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– ¿Llevaba Cogan la chaqueta verde o el abrigo?

– Steff-repuso Vince-, Gard no solo no recordaba si el hombre llevaba abrigo o no, sino que seguramente no habría sido capaz de jurar ante un tribunal si el hombre iba a pie o a caballo. Para empezar, era casi noche cerrada; además, aquel episodio no fue más que un gesto amable y una conversación brevísima recordada un año y medio más tarde, y en tercer lugar…, bueno, el viejo Gard, ya sabes…

En lugar de acabar la frase se llevó el pulgar a la boca.

– No hay que hablar mal de los muertos, pero aquel tipo bebía como un cosaco -comentó Dave-. Perdió el empleo en 1985, y el ayuntamiento lo puso a conducir el quitanieves, sobre todo para que su familia no se muriera de hambre. Tenía cinco hijos y una mujer que sufría esclerosis múltiple. Pero un buen día se cargó el quitanieves mientras trabajaba en Main Street y dejó a todo el pueblo sin electricidad durante una semana en pleno mes de febrero. Entonces perdió también ese empleo y quedó a cargo del ayuntamiento. Así que no me sorprende en absoluto que no recordara más detalles. Sin embargo, estoy convencido por lo que sí recordaba de que, en efecto, Colorado Kid tomó el último transbordador a la isla, y de que, en efecto, llevó té al timonel o algo parecido, en cualquier caso. Te felicito por haberlo recordado, Steff -alabó al tiempo que le daba una palmadita en la mano.

Stephanie le dedicó una sonrisa que se le antojó algo aturdida.

– Como has dicho -prosiguió Vince-, tenemos el factor de las dos horas de diferencia -comentó mientras acercaba el dedo izquierdo de Stephanie al derecho-. Son las doce y cuarto, hora de la costa Este, cuando Cogan sale de su despacho. Abandona su actitud relajada y despreocupada en cuanto las puertas del ascensor se abren en la planta baja. Sale a la calle a toda pastilla y se dirige hacia donde el coche veloz y su igualmente veloz conductor lo esperan. Al cabo de media hora está en el OBF de Stapleton, y cinco minutos más tarde sube la escalerilla de un avión privado. Tampoco ha dejado ese detalle al azar, eso sería imposible. Algunos pilotos pilotan aviones privados con bastante frecuencia y luego están parados durante un par de semanas. Los tipos que hacen solo trayectos de ida pasan ese período atendiendo otros vuelos chárter. Sin duda nuestro hombre eligió uno de esos aviones y con casi total seguridad pagó en efectivo para volar en el trayecto de vuelta hacia el este.

– ¿Qué habría hecho si los pasajeros del avión que pretendía coger hubieran cancelado el vuelo en el último momento? -inquirió Stephanie.

Dave se encogió de hombros.

– Lo mismo que si hubiera habido mal tiempo, supongo, o sea, aplazar el viaje.

Entretanto, Vince había desplazado el dedo izquierdo de Stephanie un poco más hacia la derecha.

– Es casi la una en la costa Oeste -dijo-, pero al menos nuestro amigo Cogan no tiene que preocuparse por la pesadez de las medidas de seguridad; no en 1980 y mucho menos aún volando en jet privado. Y no nos queda más remedio que suponer, una vez más, que no tiene que hacer cola con un montón de aviones más a la espera de una pista de despegue, porque de lo contrario la cronología se nos va al traste, y mientras tanto, en la otra punta del país -le tocó el dedo derecho- el transbordador, el último del día, espera. En fin, el vuelo dura tres horas, más o menos. Aquí mi amigo se metió en Internet, le vuelve loco, y dice que hacía un día precioso para volar y que según los mapas las corrientes soplaban en el lugar adecuado…

– Pero lo que nunca he logrado precisar es la fuerza exacta de las corrientes -interrumpió Dave antes de volverse hacia Vince-. Dada la precariedad de tu argumentación, compañero, creo que eso es bueno.

– Digamos tres horas -insistió Vince al tiempo que desplazaba el dedo izquierdo de Stephanie (en el que empezaba a pensar como el «dedo de Colorado Kid») hasta apenas cinco centímetros del derecho (que en su mente ya recibía el nombre de «dedo de James Cogan a Punto de Morir»)-. No puede haber durado mucho más.

– Porque los hechos no lo permiten -musitó la joven, fascinada y también algo asustada por la idea.

En cierta ocasión, cuando iba al instituto, había leído una novela de ciencia ficción titulada La luna es una cruel amante. No sabía gran cosa de la luna, pero lo cierto era que el título bien podía aplicarse al tiempo.

– No, señora, no lo permiten -convino él-. A las cuatro o las cuatro y cinco…, digamos las cuatro y cinco, Cogan aterriza y desembarca en la zona de Twin City Civil Air, por entonces el único OBF del Aeropuerto Internacional de Bangor…

– ¿Su llegada consta en alguna parte? -preguntó Stephanie-. ¿Lo comprobó?

Por supuesto, sabía que lo había hecho y también que no había servido de nada. Así era aquella historia, como un estornudo que amenaza con salir pero al final se queda atrapado.

– Desde luego -aseguró Vince con una sonrisa-, pero en los días felices antes de la entrada en vigor de la auténtica Seguridad Nacional, lo único que Twin City conservaba durante mucho tiempo eran los libros de contabilidad. Aquel día recibieron bastantes pagos en efectivo, entre ellos los de algunas facturas de reabastecimiento bastante elevadas a última hora de la tarde, pero puede que ni siquiera estas signifiquen nada. El piloto de Cogan bien pudo pasar la noche en Bangor y regresar a la mañana siguiente…

– O pasar el fin de semana allí -puntualizó Dave-. Aunque por otro lado, pudo volver a despegar de inmediato sin repostar siquiera.

– ¿Cómo es posible si había volado desde Denver? -inquirió Stephanie.

– Pudo aterrizar en Portland para repostar allí -aventuró Dave.

– ¿Y por qué iba a hacer eso?

Dave esbozó una sonrisa que le confirió un aspecto sorprendentemente astuto, que en nada se parecía a su expresión de sinceridad seria y algo bobalicona. De repente, a Stephanie se le ocurrió que el cerebro que se ocultaba tras aquel rostro gordinflón y más bien infantil era sin duda tan agudo y rápido como el de Vince Teague.

– Es posible que Cogan pagara al Señor Piloto de Denver para que lo hiciera porque temía dejar algún rastro -conjeturó Dave-. Y con toda probabilidad, el Señor Piloto de Denver se avendría si Cogan le ofreció suficiente dinero.

– En cuanto a Colorado Kid -reanudó Vince-, aún le quedan casi dos horas para llegar a Tinnock, pedir una cesta de pescado con patatas fritas en el Jan's Wharfside, sentarse a comer a una mesa mientras contempla el mar y luego tomar el último transbordador a Moose-Lookit.

Mientras hablaba fue acercando el dedo izquierdo de Stephanie al derecho hasta que se tocaron. La joven lo observaba, aún fascinada.

– ¿Es posible?

– Puede, pero a duras penas, desde luego -repuso Dave con un suspiro-. De hecho, yo nunca me lo habría creído si no hubiera aparecido muerto en la playa de Hammock. ¿Y tú, Vince?

– No -convino Vince sin detenerse siquiera a considerar la cuestión.

– Hay cuatro aeródromos con pista de tierra en un radio de unos veinte kilómetros alrededor de Tinnock, todos ellos de temporada. Casi toda su actividad consiste en llevar a turistas a dar una vuelta durante el verano o a contemplar el follaje otoñal a vista de pájaro cuando está todo de colorines, aunque ese período solo dura un par de semanas. Los investigamos para verificar la remota posibilidad de que Cogan hubiera tomado un segundo avión, esta vez uno pequeño de hélices, como por ejemplo un Piper Club, para ir desde Bangor hasta la costa.

– Imagino que no hubo suerte.

– Imaginas bien -corroboró Vince con una sonrisa más sombría que astuta-. En cuanto las puertas de aquel ascensor se cerraron ante Cogan en aquel bloque de oficinas de Denver, todo este asunto queda reducido a un montón de sombras imposibles de apresar… y un cadáver. Tres de aquellos aeródromos estaban desiertos en abril, cerrados a cal y canto, así que en cualquiera de ellos podría haber aterrizado un avión sin que nadie se enterara. En cuanto al cuarto…, en él vivía una mujer llamada Maisie Harrington con su padre y unos seis chuchos. Afirmó que nadie había aterrizado en su pista entre octubre de 1979 y mayo de 1980, pero olía como una destilería, y no me pareció muy capaz de recordar lo que había pasado la semana anterior, por no hablar de un año y medio atrás.

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