Gregg Hurwitz - Cuenta Atrás

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Latinoamérica es víctima de constantes desastes ecológicos: los rayos solares que atraviesan los agujeros de la capa ozono pueden quemar la piel humana en cuestión de minutos, muentras que los terremotos y los huracanes están a la orden del día. Un grupo de investigadores es enviado a una isla de las Galápagos con el objetivo de instalar unos detectores de actividad sísmica que permitan prevenir futuros seísmos y paliar de algún modo sus devastadores efectos. Como refuerzo y protección, les acompaña un equipo de soldados de la marina estadounidense.

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El agua que se encontraba dentro del anillo de coral tenía un tono verdoso a causa de las minúsculas algas flotantes, pero todavía era de una transparencia casi absoluta. Cameron observó a una castañuela amarilla que perseguía al pez loro, apartándolo de la pared de coral. El pez loro consiguió burlarla y Cameron lo observó un rato hasta que desapareció de la vista. Triunfante, la castañuela amarilla viró en una amplia curva antes de volver al interior del anillo, con el amarillo brillante de la cola y el labio en fuerte contraste con el negro liso del resto de su cuerpo. Maravillada y con los pulmones casi ardiendo, Cameron la observó deslizarse en el agua.

Cuando Cameron se disponía a subir a la superficie, la castañuela viró bruscamente para esquivar algo que se elevaba desde el fondo del anillo y sacó a Cameron de su ensueño. Esperó a ver qué aparecía.

Cameron sintió que la sangre se le detenía cuando distinguió la característica cabeza de color verde y los anillos de los segmentos abdominales. La larva emergió como el humo de un hogar y apareció a la vista por completo, de espaldas a Cameron y, ondulante como una serpiente marina, se deslizó hacia delante. Su sombra se arrastraba por el fondo de arena como un organismo oscuro y extraño. Salió a la superficie a poca distancia de la iguana marina, que todavía se encontraba retozando perezosamente en el agua. La larva abrió la boca y extendió las mandíbulas. La iguana desapareció y la larva volvió a sumergirse mientras masticaba. Luego, se deslizó a través del anillo interior del atolón en dirección a las aguas abiertas.

Cameron salió a la superficie sólo un momento para llenar los pulmones de aire y luego nadó hacia la larva con brazadas largas. Llevó la mano al cuchillo que llevaba enfundado en el cinturón de los pantalones y lo desenfundó. No había ninguna duda en sus movimientos.

La larva no notó su cercanía. Volvió la cabeza para seguir el movimiento de un brillante ídolo moro que nadaba delante de ella. Las agallas vibraban cada vez que expulsaba agua.

Cameron levantó el brazo como un lanzador de jabalina y soltó el cuchillo con suavidad para no desviarlo del objetivo. La hoja reflejaba la luz en un tono plateado, como si vibrara cada vez que recibía la luz del sol.

El cuchillo se acercó a la desprevenida larva por detrás, hacia la cabeza. Justo cuando las agallas se abrieron, la hoja desapareció a través de una de ellas y se clavó en la cabeza de la larva hasta la empuñadura. La larva forcejeó como si hubiera recibido una descarga y un montón de burbujas salieron de los espiráculos. Una impresionante nube de hemolinfa se expandió desde las agallas como una rosa floreciente. Cameron no quiso pensar en las aguas infestadas de virus.

La larva abrió la boca y la punta de la hoja apareció entre las mandíbulas. Incluso debajo del agua, Cameron oía el chirrido que salía de los espiráculos. La larva se dio la vuelta y se encaró a Cameron, demasiado sorprendida para avanzar a pesar de que las patas falsas se movían lentamente en círculos. El líquido verdoso continuaba emanando de las aberturas de las agallas.

Cameron se acercó a la larva con los ojos entrecerrados y las mandíbulas apretadas. Agarró el mango del cuchillo y dio la vuelta hacia la costa llevando a la larva empalada en la hoja del cuchillo. La larva forcejeaba mientras Cameron nadaba hacia la playa y salía a la superficie de vez en cuando para respirar.

Cameron salió del agua con el cuchillo todavía clavado en las agallas de la larva. El segmento posterior de la larva rozaba la superficie del agua mientras Cameron avanzaba hacia la orilla. El animal emitía unos chillidos, todavía fuertes, aunque había perdido la mayor parte de sus fluidos. Se movía violentamente con la cabeza girada a causa de la intrusión del cuchillo. Cameron la aguantaba con cierta inclinación para que la hemolinfa infectada de virus se derramara por el cuerpo de la larva y no por la empuñadura del cuchillo y su mano.

Cameron avanzó por el acantilado hacia el sendero que conducía al camino. Dejó la torre de vigilancia atrás y se dirigió directamente al congelador de especímenes, arrastrando a la larva que seguía forcejeando y chillando. Abrió la puerta, haciendo caso omiso del fétido aire, los charcos de fluidos y los cuerpos en descomposición. Sin querer le dio una patada con la bota a la cabeza de Tank al entrar. Giró el cuchillo y la larva se deslizó por la hoja hasta el suelo.

Cameron tomó un gancho que colgaba del techo y colgó a la larva en él clavándoselo en la barbilla hasta que salió por su boca como una lengua puntiaguda. La larva chilló con todo su cuerpo.

Cameron levantó a la larva, que se debatía colgada del gancho. La miró sin odio y sin sentimiento de venganza; la larva era una herramienta, como lo habían sido el cuchillo de Savage y el TNT.

El sol estaba bajo cuando Cameron se detuvo en el campamento base para recoger las tres bengalas. Se las colocó en el bolsillo trasero del pantalón, de donde sobresalían como un rollo de papel higiénico. Con la larva colgando del gancho, bajó por el camino flanqueado por los árboles a ambos lados. En frente, la torre de vigilancia continuaba emitiendo sus lamentos.

La astillada madera de la escalera le hirió las manos, pero Cameron subió sin prestar atención a la larva, que se debatía y chillaba. La choza era como un agujero negro que coronaba la torre, una boca chillante. Clavó el gancho en la madera para impulsarse hacia arriba. La larva, empalada en él, se golpeó contra el suelo y dejó una mancha húmeda en él. Los chillidos fueron incluso más fuertes.

Mientras se ponía en pie, el viento resonaba en el interior de la choza y Cameron sintió sus vibraciones en los huesos.

Del techo sobresalía un firme trozo de madera y Cameron sujetó el gancho en él. La larva quedó colgando del techo cómo un tortuoso candelabro.

Cameron sacó las bengalas del bolsillo y, mientras sujetaba una entre los dientes, encendió las otras dos, que brillaron con un color rojo brillante. Luego encendió la tercera y observó cómo esa luz roja bailaba en las paredes de la choza.

Todavía tenía la cinta roja de la caja de explosivos en el bolsillo delantero del pantalón, y con ella ató las tres bengalas. La larva se retorcía en el gancho, detrás de ella, intentando soltarse. El gancho había desgarrado la cutícula de la barbilla y se había quedado detenido contra la mandíbula.

Cameron tiró las bengalas al suelo, debajo de la larva, y la dejó atrás sin siquiera echarle un vistazo. Tenía que volver al campamento base, lavarse las manos con el agua de la cantimplora y ver si todavía quedaba algo de gel en la botella. El sol ya se acercaba al horizonte: había un brillo anaranjado encima de las copas de los árboles y el bosque se había convertido en un mar de llamas ondulantes.

Anochecía, pensó Cameron mientras empezaba a descender de la torre. La criatura estaba a punto de aparecer.

73

Catorce muestras de agua estaban limpias. Sólo quedaban las tres que se habían sacado directamente de la zona de extracción de muestras del fondo marino. Las habían dejado para el final, ya que eran las que tenían más posibilidades de presentar restos del virus. En el mostrador había unas polaroids de las bandas de ADN en agar, además de una de control que sabían que era normal.

– Muy bien -dijo Diego-. Cada uno va a contrastar una.

Ramoncito fue el primero en comparar la polaroid de la muestra con la de control en busca de diferencias. No había ninguna.

– Limpia -dijo.

Diego echó un vistazo por encima del hombro de Ramoncito para comprobar que el patrón de bandas de la muestra y el del control fueran iguales.

Rex reunió valor y tomó la polaroid de control que tenía Ramoncito. Luego tomó la segunda fotografía de la muestra y la puso al lado. Expiró con fuerza.

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