Levantó la solapa del bolsillo de los pantalones y consultó el reloj digital. Pasaban dos minutos de las once. De momento, la mantis estaba atrapada en el bosque, a la sombra. Anochecería sobre las seis, lo cual le daba a Cameron siete horas. Al cabo de siete horas, la criatura podría desplazarse donde quisiera.
Cameron no podía nadar hasta los conos de tufo para pasar esas horas de noche porque la mantis podía descubrir a Justin o podía volar fuera de la isla en busca de comida, lo cual significaba llevar el virus a otro lugar. Y si Cameron no encontraba a la larva que faltaba, lo cual parecía muy probable, corría el riesgo de que por la noche tuviera que enfrentarse con dos de esas criaturas.
Dada la vulnerabilidad de Justin y la ventaja que la criatura tenía por la noche, ella tenía que tomar la ofensiva. El arpón se había perdido, pero todavía le quedaban tres bengalas y dos paquetes de TNT. Intentó pensar en algunas trampas que pudiera preparar, pero tenía la mente en blanco. Nunca se había dado cuenta de hasta qué punto se había apoyado en Tucker cuando se trataba de explosivos.
Se encontraba absolutamente sola en la isla, sin ninguna arma, y la perseguía uno de los depredadores más avanzados de la naturaleza en su propio hábitat. La vida de su esposo, y la de la isla, no sólo dependían de su supervivencia sino de su triunfo sobre la criatura. Las cosas pintaban mal.
Cubierta de sangre, hemolinfa y sudor, Cameron se levantó y se quedó de pie, con las piernas débiles. Necesitaba comer. Con el estómago lleno podría pensar con mayor claridad.
Caminó hasta su antigua tienda, con los brazos dormidos y sufriendo calambres en las piernas. La parte interna de los muslos le dolía a cada paso que daba y ese dolor resonaba en toda la parte inferior de su cuerpo. Le parecía que la cabeza estaba a punto de estallarle, el hombro le dolía sin cesar y el corte que se hizo en la pantorrilla cuando estaba en el congelador era más profundo de lo que había pensado.
Lo más probable era que le quedaran siete horas de vida.
Cameron bebió de la cantimplora hasta vomitar, pero el agua le seguía pareciendo fresca y pura incluso cuando la devolvía. Después reguló su hidratación, a pesar de que el cerdo y el arroz preparado le resultaban tan secos como la arena. Si vomitaba otra vez, perdería los nutrientes de la comida.
Devoró con voracidad la barrita de cereales y luego echó un vistazo a la linde del bosque. Tardo mucho tiempo en detectar a la mantis, escondida entre el follaje. Inmóvil y alerta, ésta sobresalía sólo ligeramente de la primera línea de árboles, como una gárgola, y movía muy ligeramente la cabeza mientras seguía a Cameron con la vista.
Cameron se tumbó encima de la hierba y apoyó la cabeza en uno de los troncos para poder observar a la mantis. No tardó mucho en empezar a dormitar; cuando se despertó, sobresaltada, vio que la mantis había salido del cubierto de los árboles y había dado unos pasos en dirección a ella.
Cameron se puso de pie de un salto, con la respiración cortada, y empezó a agitar los brazos y a gritar. Inmediatamente, la mantis retrocedió hasta los árboles. Era evidente que la mantis se arriesgaba a exponerse a la luz del sol si tenía asegurada una captura fácil. Cameron había salvado la vida demostrando que estaba viva: la mantis no podía permitirse una persecución, porque pronto se quedaría sin energía bajo aquel sol abrasador. Sabía que sólo tenía que esperar la noche.
El incidente reforzó el alivio de Cameron al haber enterrado a Justin, escondiéndolo de la vista de la mantis. La mantis no habría tardado mucho en reunir el coraje suficiente para perseguir a una presa herida. La adrenalina mantuvo despierta a Cameron durante un tiempo, pero el agotamiento físico y la fatiga emocional le hacían difícil no echar una cabezada. El sueño la sedujo como una canción de sirena. Se estuvo mordiendo la cara interna de la mejilla hasta que sangró; se mordió las uñas todo lo que pudo; incluso se obligó a estar de pie; pero, a pesar de todo, se durmió.
Una maraña de imágenes atravesaron su mente: niños deformados, mordidos, quemados, en llamas, apilados en piras y amontonados en mataderos, ojos en blanco y bocas abiertas en silenciosos gritos de terror. Un niño mutante se arrastró sobre sus piernas deformes desde un montón de informe carne de bebés en el que se hundía hasta las muñecas. El niño abrió la boca como en una mueca de payaso.
Cameron se inclinaba hacia su lado izquierdo y despertó de repente para recuperar el equilibrio. Se dio cuenta de que el grito del sueño era suyo. Se llevó las manos al rostro en un intento por apartar las imágenes de sus ojos. Recordó dónde se encontraba y se dio la vuelta frenéticamente para localizar a la mantis en la linde del bosque. Se había ido.
Alarmada, Cameron miró a lo largo de la linde del bosque. Instintivamente dio unos pasos hacia el campamento base y, finalmente, la vio, camuflada entre las balsas que se alineaban al lado del camino, dejándose mecer ligeramente por el viento y mirando a Cameron con el ojo sano.
Cameron agitó los brazos y gritó.
– No estoy dormida, cabrona. Estoy despierta. Jodidamente despierta.
Los exagerados movimientos de Cameron dejaron claro que no era una presa agonizante. La mantis se deslizó hasta el bosque resguardándose bajo las copas de los árboles a una sorprendente velocidad. Cameron agarró una piedra del suelo y se la lanzó a la mantis, pero solamente le dio a un árbol a unos cuantos metros por detrás de ella.
– ¡Que te jodan! -gritó Cameron-. Que te… -Cayó de rodillas.
Cuando cerró los ojos, los niños deformes la rodearon, tiernos, inocentes y chillando infernalmente. Cameron agitó la cabeza para apartar la niebla de la mente y luego observó cómo la mantis desaparecía en el bosque con un último destello del sol reflejado en las púas de las patas.
Cameron iba a morir de forma lenta y dolorosa, y nadie lo sabría nunca. Sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas y una mezcla de pánico, frustración y pena le invadió el pecho. Sacó el cuchillo de Savage de la parte posterior de los pantalones y lo lanzó contra un tronco. El cuchillo se quedó clavado con un fuerte golpe. Cameron rompió a llorar y estuvo unos minutos balanceándose y apretándose los ojos con ambas manos.
Estuvo sentada mucho tiempo hasta que el miedo empezó a desvanecerse y entonces empezó a murmurar para sí misma mientras acariciaba la hierba con una mano. El miedo desapareció y solamente le quedó una rabia caliente y dura. Cameron cerró el puño sobre la hierba.
Los niños volvieron a aparecer y Cameron les dio la bienvenida; pero se negó a acobardarse ante aquella imagen. Los miró, chirriantes y chillones hasta que ya no sintió nada más que su rostro adormecido.
Una parte suya había muerto. La sentía, colgando como un peso de su corazón.
A pesar de que Cameron recordaba dónde estaba la mantis, tardó unos momentos en distinguirla entre los árboles. La criatura se hizo visible lentamente: la cabeza ladeada, el ojo de un tono verde, el agujero oscuro del otro ojo. Cameron miró su boca, que siempre estaba ligeramente abierta -una serie de partes bucales-, y por primera vez sintió algo que se acercaba mucho a la pura enemistad. No era un sentimiento movido por la emoción, sino como una fría y desapasionada antipatía.
Se puso de pie y se acercó a la bolsa de comida preparada que había tirado. Buscó el paquete de café y lo abrió. Se vertió el café soluble en la boca y lo mascó después de tomar un trago de la cantimplora. Luego abrió otras dos bolsas de comida y también se tragó el café de ambas.
Cuanto hubo terminado, sintió el pulso latiéndole en las sienes. Tenía la piel de los hombros y las mejillas muy quemada, y tenía el interior de las orejas tan irritado que le dolía. A pesar del dolor, comprobó todos sus músculos, uno por uno. Todavía funcionaban, y el dolor no llegaba a debilitarla, aunque tenía los muslos muy lastimados después de haberse deslizado por el tronco.
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