Por primera vez, que ella recordara, desconectó el busca.
16 feb. 08
Repleta de fruta, la cornucopia de mimbre parecía devolverle la mirada a Cameron y a Justin desde la mesa de la sala de espera. El sobre de vidrio de la mesa se había roto durante un temblor reciente y había sido sustituido temporalmente por una plancha de madera. Al lado de ellos, una madre reciente hacía saltar a su bebé sobre sus rodillas mientras las manitas de éste se abrían y cerraban agarrándose a la nada. El bebé hipó y se rió cuando su madre se inclinó hacia delante. Ella le frotó la nariz con la suya.
Justin tenía la mano de Cameron entre las suyas mientras esperaban. Debajo de la camisa de Justin se apreciaba el bulto del vendaje. Cameron cambió de postura en la silla sin hacer caso del dolor que sentía en la cadera. Sin pensar en nada, jugaba con la cadena que llevaba colgada del cuello y se dio cuenta de que el cierre estaba sobre su pecho. Justin alargó la mano mientras movía y flexionaba los dedos para comprobar la movilidad de los músculos. La cirugía reconstructiva le había devuelto el control del brazo por completo. Los médicos, con la última tecnología, habían conseguido reparar el plexo de nervios que corría a lo largo del brazo.
Cameron jugaba con el anillo que llevaba en el dedo y miró sin prestar mucha atención una revista Child que se encontraba debajo de la lámpara de lectura. En la portada se veía la foto de un niño mofletudo y sonriente de unos dos años, sentado con las piernas abiertas. Sonreía con orgullo ante la torre de cubos de colores que había erigido entre las piernas.
A pesar de la aprensión que sentía, Cameron se obligó a mirar la oscura y sólida puerta de la derecha. La puerta que no tenía ventana. Pensó en la elección que tendría que tomar si el feto estaba sano. Cuando miró la puerta de color amarillo se sintió mejor, casi fortalecida.
El virus Darwin no había aparecido ni en su sangre ni en la de Justin; Rex, Diego y Ramoncito también estaban bien. A causa del embarazo, Samantha le había dicho que se hiciera un reconocimiento completo a las seis semanas de que la misión hubiera terminado. Este incluía una amniocentesis. Una muestra de vellosidades coriónicas y pruebas de ultrasonidos. Estaban a la espera de los resultados.
Diego había vuelto a Sangre de Dios a desinfectar aún más todo lo que había estado en contacto con el virus: el frigorífico de especímenes, lo que quedaba de los dos campamentos, los sitios en que las mantis y las larvas habían sido quemadas. También instaló tres unidades de GPS, con lo que se completó la red.
Al lado de Cameron, la madre susurraba con cariño algo al niño mientras le hacía eructar. Era evidente que el niño había regurgitado, porque ella se limpió la blusa con una toallita. La toallita estaba decorada con vagones de tren.
Se oyeron unos pasos en el pasillo, unos tacones contra las baldosas.
La madre miró hacia la alegre puerta amarilla que tenía enfrente y luego dirigió a Cameron una amable sonrisa.
– Qué emocionante, ¿no le parece? -preguntó.
Cameron la miró sin ninguna expresión.
La puerta se abrió y la contundente enfermera italiana, cargada de hombros, llenó toda la entrada. En el rostro, las ojeras se veían más oscuras de lo que Cameron recordaba y el pelo mostraba mechones grises.
– Kates -dijo la enfermera, mostrando unos dientes descoloridos y en mal estado-. Cameron Kates. Tiene los resultados. El doctor querría comentarlos con usted.
Cameron sintió que Justin le daba un pequeño apretón en la nuca. Se levantó con calma. Justin la acompañó con la mano en la espalda, para que se sintiera más segura.
La habitación era pequeña y claustrofóbica. Cameron se desvistió despacio, se puso la bata y se tumbó en la camilla. Se le veía una pequeña cicatriz en el deltoides provocada por la extracción del transmisor.
Cuando oyó que la puerta se abría, Cameron sintió que el pánico se apoderaba de ella, pero luchó para contenerlo. El doctor Birnbaum entró, un hombre barbudo de amables ojos azules. Consultó un informe mientras se rascaba la mejilla con un bolígrafo. Cameron y Justin le miraban con los ojos muy abiertos, demasiado nerviosos para decir nada.
– Acabo de hablar con la doctora Everett del Instituto Nacional de Salud -dijo-. Y ambos hemos llegado a la conclusión de que sus resultados son totalmente normales. Parece que tiene usted un niño sano. -La sonrisa se desvaneció un poco cuando miró a Cameron-: Si es que decide tenerlo.
Cameron había creído que no sentiría nada, así que no estaba preparada para la ola de emoción que la invadió. Por la mente le pasaron un sinfín de recuerdos e imágenes. Recordó la larva, retorciéndose y chillando al morir. Recordó la retorcida criatura que estaba en el suelo, en casa de los Estrada. Pensó en Derek y Jacqueline, y en su hija. Recordó todas las cosas horribles que había visto: tantas razones para tener miedo, tantas razones para retraerse en sí misma donde todo era limpio y seguro.
– Cariño -le decía Justin-. ¿Quieres? ¿Crees que estás preparada? -Su mirada era tan tierna como siempre: valiente y al mismo tiempo intensamente vulnerable.
Cameron casi no podía oírle. Estaba tan replegada en sí misma, sintiendo miedo, emoción y pura felicidad. La respuesta estaba allí delante como un brillante rayo de luz y la pronunció con lágrimas imparables. Cameron tenía el rostro hundido en el pecho de Justin y lloraba de alegría. Como si estuviera muy lejos de todo eso, oyó que decía «sí» una y otra vez, como si rezara.
La última perra asilvestrada de la isla husmeaba entre las cenizas y la basura del campamento base en busca de comida. Tenía las patas heridas y una de las uñas estaba rota a causa de una pelea. El día anterior había cazado a un polluelo de piquero enmascarado y se lo había comido delante de la madre, que chillaba, saboreándolo. Pero el hambre había vuelto rápidamente al salir el sol.
Quizá se debiera a que estaba preñada.
Hundió el hocico en un trozo de lona reseco en busca de algo para comer, pero no encontró nada, sólo una caja de viaje abombada y una cantimplora de metal.
Finalmente desistió y trotó hasta el camino. Sólo la cabeza sobresalía de la alta hierba.
Saltó ágilmente sobre las balsas caídas y siguió a su olfato entre los troncos agrietados, pero tampoco encontró nada. Estaba a punto de dirigirse hacia el bosque cuando olió algo que transportaba el viento del sur.
Subió por la carretera hacia el origen del olor con el hocico levantado, husmeando. Se detuvo al pie de la torre de vigilancia y se sentó a observar la altura que tenía.
Arriba, en la choza, el cuerpo disecado de la larva estaba en el suelo, debajo del gancho y protegido por la sombra. El abdomen y el tórax se habían descompuesto hacía tiempo a causa del calor, pero la cabeza esclerotizada empezaba a agrietarse. La hemolinfa verde manaba de ella y se deslizaba por la escalera destrozada. Despedía un olor intenso.
La perra, sentada y con la cabeza ladeada, observaba cómo caía el fluido.
En la distancia, una barca apareció en el océano. En ella iban Diego, de pie, y Ramoncito, cantando. Aún tardarían unas cuantas horas en llegar a la playa.
La hemolinfa se arremolinó un momento en un escalón y luego continuó descendiendo hasta llegar abajo.
La perra dio un paso adelante y se puso a lamer.
***