Cameron notó la crueldad de la criatura, como si emanara como una ola de calor. Una gota de jugo gástrico cayó de las mandíbulas de la mantis hasta el suelo. La luz de las bengalas se reflejaba en el ojo de la criatura, que de nuevo era negro en la noche.
Con un rápido movimiento, la mantis atrapó con las patas a su congénere y lo arrancó del gancho. La larva, empalada entre las púas de las patas, chilló y no dejó de hacerlo cuando la mantis le arrancó la cabeza de un mordisco.
Cameron sintió que se le revolvía el estómago, pero continuó avanzando lentamente, con cuidado de no tropezar con ninguna roca del suelo. Al retroceder, tropezó con una grieta que se había levantado en el suelo durante el último terremoto, y cayó con suavidad al suelo.
Pero no con suavidad suficiente.
Las antenas de la mantis se pusieron erectas y la criatura giró la cabeza y las patas delanteras, observando en la noche. Cameron notó su mirada, notó cómo la localizaba en la oscuridad. De la cabeza de la criatura surgió un grito callado mientras la boca articulada se abría en un rictus de caverna. La cabeza de la larva cayó de su boca.
Cameron sintió que el pánico le subía por la garganta como vómito y notó el sabor en ella. La tierra le hería las palmas de las manos, desolladas, mientras se quedaba helada, observando.
La mantis plegó las patas una vez y soltó el pequeño e inerte cuerpo de la larva. Se dirigió al extremo de la choza y extendió el esbelto cuello para sacar la cabeza al aire libre y apuntar a Cameron con la vista.
«Relájate -pensó Cameron-. Todavía hay tiempo. Tiene que bajar de la torre. Aún puedes pasar al otro lado de los cables detonantes.»
La mantis dio un paso hacia delante; las cuatro patas posteriores ocupaban todo el espacio de la entrada de la choza. Plegó las patas de presa contra el pecho y se inclinó todavía más hacia delante, hacia el espacio abierto. Lentamente desplegó las alas inferiores desde debajo de las tegminas, que ocuparon todo el perímetro de la torre de vigilancia. La luz roja brilló a través de ellas y proyectó un tinte sanguinolento sobre el camino.
Cameron intentó tragar saliva, pero tenía un nudo en la garganta.
La mantis se colocó en el borde de la torre, con las alas desplegadas como la vela de un parapente, de una extensión tan grande que hacía que el cuerpo pareciera enano. La mantis saltó de la torre y las afiladas patas delanteras colgaban debajo de ella como misiles.
Estaba planeando en dirección a Cameron.
Cameron gritó y empezó a correr en dirección al bosque. No podía adivinar el avance de la criatura de ninguna forma: no había ningún ruido de pisadas ni se oía el follaje a su paso. A ciegas y aterrorizada, Cameron corrió. Los árboles la observaban solemnemente desde ambos lados como espectadores de una ejecución. Le parecía que sus piernas se movían a cámara lenta; las botas le pesaban como si fueran de cemento. Sentía sus jadeos en todo el cuerpo. Sentía latir el corazón en la yema de los dedos y en los talones.
La mantis estaba detrás de ella; Cameron notaba cómo se acercaba. Si hubiera podido morirse en ese instante, simplemente disolverse en la tierra antes de que la criatura la alcanzara, lo habría hecho.
La mantis chilló y Cameron sintió una ola de terror en todo el cuerpo. Echó un vistazo hacia detrás y vio que la mantis se encontraba a unos dieciocho metros y que se acercaba con rapidez.
Cameron volvió a mirar hacia delante y vio el primer cable detonante justo delante de ella. Con un grito, saltó y cayó dando una voltereta al otro lado. De nuevo estaba de pie y corriendo. Casi no había reducido la velocidad.
La explosión habría debido producirse justo después de que ella saltara, pero Cameron se dio cuenta de que la mantis se encontraba a demasiada altura, había pasado por encima del cable. Tendría que activar el siguiente ella misma. Pero si se precipitaba corriendo contra él, reduciría la velocidad y nunca podría salir del camino antes de que los árboles le cayeran encima. Si intentaba pasar rodando por debajo, la criatura caería encima de ella inmediatamente.
Recordaba que había diez pasos hasta el siguiente cable. Siguió corriendo mientras su mente trabajaba a toda velocidad. Sintió en los hombros el aire que la mantis agitaba al acercarse. No tenía tiempo para pensar. El delgado cable brillaba bajo la luz de la luna a pocos pasos.
Cameron llevó la mano hacia atrás y desenfundó el cuchillo de la parte posterior de los pantalones. Este salió con suavidad de la funda. Lo agarró con la hoja contra el antebrazo, igual que hacía Savage.
Empujó el cable con la hoja del cuchillo mientras continuaba corriendo hacia delante. Los explosivos detonaron con un profundo rugido e hicieron volar fragmentos de corteza y madera por todas partes. Un trozo de madera le pasó por encima de la cabeza. Las cargas explotaban una detrás de la otra e iluminaban la carretera como una luz estroboscópica.
La mantis se asustó un momento, pero mantuvo el ojo en la presa; estaba hecha para matar.
El cable se tensó al máximo y se rompió. Ambos extremos retrocedieron como dos latigazos. Cameron no dejó de correr ni un instante.
Por encima de ella, la mantis se llevó las patas de presa debajo de la barbilla. Las encogió, a punto de lanzarlas hacia delante como las garras de un halcón.
Desde más arriba todavía, las copas de las balsas empezaron a caer cada vez que sonaba una explosión. Los doce paquetes de TNT habían sido demasiado para el quino, y la explosión lo había seccionado por completo de la base. La explosión lo lanzó al aire en posición horizontal al instante y la copa, cargada de ramas, atravesó el aire.
La mantis se acercaba velozmente a Cameron. Con las patas de presa plegadas, se detuvo una fracción de segundo antes de lanzar el fulminante ataque.
Cameron sentía que toda la isla se cerraba encima de ella, los árboles caían y bloqueaban el cielo, la criatura voladora se precipitaba sobre su espalda. La sangre se le había convertido en pura adrenalina y Cameron corría hacia el final del opresivo camino.
El quino cayó encima de la espalda de la mantis y el golpe hizo que la criatura soltara aire con fuerza a través de los espiráculos al tiempo que una ola de jugo digestivo caía sobre los hombros de Cameron. La mantis perdió el equilibrio con el golpe y cayó de espaldas sobre una de las alas, que quedó doblada y aplastada bajo su cuerpo. El impulso del golpe la había lanzado unos pasos por delante de Cameron y ésta se encontró trepando por encima de la cabeza al tiempo que esquivaba una pata que se cerró en el aire. La mantis se dio la vuelta en el suelo y echó a correr detrás de Cameron, cojeando.
El quino cayó al suelo detrás de ellas y activó el segundo cordón. El camino se encendió con otra explosión lumínica. El aire se llenó de trozos de madera que volaron por encima de su cabeza. Los tocones de los árboles chasquearon a medida que éstos se precipitaban al suelo desde ambos lados del camino.
El árbol que se encontraba más cerca del bosque, justo al final de la trampa, caía por delante de los demás. El TNT había explosionado una gran parte del tronco y había precipitado la caída.
Cameron corrió hacia el espacio que quedaba debajo del último árbol y la mantis se arrastraba rápidamente detrás de ella. Si Cameron no se refugiaba debajo del árbol antes de que la copa tocara el suelo, la criatura la atraparía o los demás árboles la aplastarían. Arriba, el aire estaba lleno de fragmentos de madera que caían iluminados por las explosiones.
Jadeando, Cameron se lanzó bajo el tronco en el momento en que la copa de éste se precipitaba hacia el suelo como una guillotina. Apenas rozó el tronco con el hombro, pero fue suficiente para salir volando. Sintió un dolor que le atenazaba la espalda y el único consuelo fue saber que no la había aplastado. Saltó por el aire y dio la vuelta ciento ochenta grados. Cayó sobre el estómago y el pecho de cara al camino.
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