Gregg Hurwitz - Cuenta Atrás

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Latinoamérica es víctima de constantes desastes ecológicos: los rayos solares que atraviesan los agujeros de la capa ozono pueden quemar la piel humana en cuestión de minutos, muentras que los terremotos y los huracanes están a la orden del día. Un grupo de investigadores es enviado a una isla de las Galápagos con el objetivo de instalar unos detectores de actividad sísmica que permitan prevenir futuros seísmos y paliar de algún modo sus devastadores efectos. Como refuerzo y protección, les acompaña un equipo de soldados de la marina estadounidense.

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Cameron forcejeaba en la camilla.

– Deteneos. Hay un hombre -consiguió decir. Pero su voz no era audible bajo el ruido de los lanzallamas y de los rotores. Señaló al montón de tierra removida bajo el cual se encontraba Justin, pero ellos continuaban pasando de largo.

Se tiró de la camilla y gruñó al golpearse contra el suelo. Justin estaba enterrado a unos tres metros. Las figuras se detuvieron, preocupadas, y se inclinaron encima de ella. Cameron vio el destello de una aguja en una mano enguantada: un sedante. Se dio la vuelta para ponerse de espaldas con torpeza y las figuras dieron un paso atrás.

Se dio la vuelta de nuevo y se arrastró hacia Justin al tiempo que sentía la aguja en el trasero. El mundo se volvió borroso. Cameron luchó para no quedar inconsciente y se impulsó hacia delante con las uñas sangrantes. Las figuras esperaron a que perdiera la conciencia.

Con un gruñido, se impulsó hasta el tubo de plástico que sobresalía del suelo. Tenía la visión llena de puntitos negros. Finalmente, llevó la mano hasta allí y apartó un montón de tierra, revelando la mejilla de Justin. Una de las figuras se agachó encima de él y comprobó el pulso de Justin en el cuello.

Cameron sintió que su cuerpo flotaba.

Atada a la camilla, Cameron volvió en sí cuando el Blackhawk tocó el pavimento de Baltra. Una de las enfermeras manipulaba un tubo de oxígeno. Se inclinó encima de Cameron y le observó las pupilas con una pequeña linterna, no sin antes ponerse un segundo par de guantes.

Encima del tubo de oxígeno que tenía en el pecho había una bolsa de plástico que contenía la cadena con el anillo de casada. La enfermera debía de habérselo quitado para poder tomarle el pulso con más facilidad.

Temerosa de que el anillo se perdiera con tanta actividad, Cameron levantó una mano débilmente, abrió la bolsa y se puso el anillo en el dedo. La cadena le resbaló del pecho y cayó al suelo del helicóptero. Cameron no estaba acostumbrada a llevar el anillo: lo notaba grande y difícil de manejar, pero reconfortante.

Cameron dejó caer la cabeza a un lado. Justin se encontraba tumbado en la camilla al otro lado del helicóptero. Miraba el techo con los ojos vidriosos. Tenía la cara pálida, como la de un cadáver, y sucia de sudor y tierra. Cameron bajó los ojos hasta sus uñas. Estaban azuladas; tenía toda la sangre concentrada en el corazón y el cerebro. Una sola lágrima le cayó desde la comisura del ojo, pero no parpadeó.

– Cariño -dijo Cameron, con la voz rota.

Se limpió el flujo nasal que le caía sobre el labio superior. De repente, el cuerpo de Justin se tensó a causa de una ola de dolor; arqueó la espalda y los tobillos tiraron de las cintas que le ataban a la camilla. Los ojos tenían una expresión de drogado, de locura, y por un momento Cameron creyó que le había perdido a pesar de la constancia del parpadeo del monitor.

Los soldados desembarcaron sin hacerles caso.

Cameron se aclaró la garganta, intentó pronunciar algo, pero las palabras le salieron entrecortadas.

– Cariño -dijo-. Cariño, mírame. Mírame.

Justin la miró con los ojos encendidos de dolor. Débilmente, levantó una mano temblorosa. La dejó colgando en el espacio entre ambas camillas, en dirección a ella. A pesar del terrible dolor que sentía en el hombro, Cameron alargó la mano hacia él también. Por un instante no hubo nada más, ni ruido, ni dolor, ni los rotores encima de sus cabezas. Solamente el tacto de la mano de su marido en la suya, sus ojos en su rostro.

La puerta se abrió y Cameron vio una película de imágenes nocturnas: Rex que corría hacia la puerta abierta del helicóptero, el bombardero B1 en la pista a punto de despegar, Diego tumbado delante del avión con las muñecas esposadas en el tren de aterrizaje. Parecía que Rex y Diego iban en calzoncillos.

Cameron parpadeó con debilidad, intentando comprender todo eso. El bombardero ya debería haber despegado, debería encontrarse rumbo a Sangre de Dios en esos momentos con la bomba de neutrones en el vientre. Diego debía de haber retrasado el despegue al esposarse al tren. Un soldado de Naciones Unidas sujetaba los brazos de Diego entre las rodillas mientras otro luchaba por abrir las esposas con una llave. Al fin las abrió y los soldados arrastraron a Diego, que forcejeaba y chillaba. Un botón salió disparado de la camisa del soldado y cayó al suelo. Ramoncito, con unos sucios calzoncillos, apareció corriendo aparentemente de la nada, y empezó a golpear débilmente la espalda de uno de los soldados con los puños.

El bombardero empezó a avanzar y los motores rugían a punto del despegue.

Rex subió al helicóptero apartando a la enfermera a un lado. El agua se le escurría por el pelo.

– Las muestras de agua están limpias -le dijo-. Todas.

Cameron intentó sonreír pero no pudo.

– ¿Exterminasteis todos los reservorios? -le preguntó.

Cameron luchó contra la confusión. Levantó una pálida mano con el pulgar hacia arriba. Detrás de ellos, el B1 bramó al despegar, con los motores rugiendo, cortando el aire como una guadaña. Justin murmuró algo, pero se perdió en medio del ruido.

Diego se soltó de los soldados de Naciones Unidas y corrió hacia el helicóptero con Ramoncito pisándole los talones.

– ¿Lo hicisteis? -gritó Diego. Tenía uno de los codos lleno de sangre: se lo había raspado contra el pavimento.

Rex apretó los labios y sacó el minúsculo transmisor de donde lo había colocado, en las encías. Sujetándolo en la palma de la mano como si de una joya se tratara, lo activó y pidió al operador que lo comunicara con Samantha. Su pierna se movía en un tic nervioso mientras el B1 se volvía cada vez más pequeño a sus espaldas.

Al final de la pista, el panel electrónico estaba apagado, esperando otra mañana, otra lectura. Diego murmuró algunos insultos mientras esperaban. Finalmente oyeron la clara voz de Samantha.

– Han vuelto -dijo Rex-. Los reservorios de virus han sido exterminados. Hemos terminado.

Se oyó el frotar de la camisa de Samantha contra el transmisor, pero a pesar de ello distinguieron cómo gritaba al secretario Benneton al otro lado de la ventana.

El B1 desapareció en la noche; las luces de las puntas de las alas casi no se percibían. Diego observó cómo se alejaba, con claras muestras de estar luchando contra el pánico.

– Acaba de dar la orden de cancelación -dijo Samantha.

La cara de Diego quedó inerte a causa del alivio. Empezó a sollozar despacio. Ramoncito se apoyó en él y enterró el rostro en su costado.

– Quiero que usted, el doctor Rodríguez, el chico y Cameron se dirijan directamente aquí para las pruebas. El C-130 los espera.

Rex se volvió.

– Sí -dijo-. Lo veo.

Un enfermero llegó corriendo desde el C-130.

– ¿Cuántas camillas tengo que preparar?

Rex miró dentro del helicóptero, dándose cuenta por primera vez de lo vacío que estaba.

Cuando el enfermero volvió a preguntarlo, la voz le salió con un acento de pavor.

– ¿Cuántas camillas?

– Dos -dijo Rex. Volvió a hablar, en un susurro-: Sólo dos.

A lo lejos, el sonido de los motores del B1 cambió, elevándose en un tono más agudo. El avión viró trazando un amplio círculo y se dirigió hacia el aeropuerto. Diego cayó de rodillas. El pelo húmedo le caía por encima de los ojos.

Era la visión más bonita que había tenido nunca.

Tumbados en las camillas que habían sido cuidadosamente aseguradas, Cameron y Justin estaban dormidos antes de que el C-130 despegara. La aceleración hizo que Rex se apoyara en el asiento con fuerza, pero pronto se acostumbró. El avión avanzó con rapidez y rodeó la isla antes de enfilar hacia el noreste, hacia Maryland.

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