Detrás del tronco caído del último árbol, la mantis se había incorporado totalmente mientras avanzaba a pesar de que tenía la parte izquierda del cuerpo aplastada. Un árbol cayó al suelo detrás de ella sin aplastarla por muy poco.
«Dios mío -pensó Cameron-, ¿y si no la aplastan? ¿Y si ninguno le cae encima?»
La mantis avanzó con un chillido cuando por muy poco esquivó otro árbol y Cameron intentó ponerse en pie y correr, pero el cuerpo no le respondió a causa del miedo y el agotamiento. Ya no le quedaba ninguna energía.
Ninguna imagen pasó por delante de sus ojos, ningún recuerdo de infancia, ningún pensamiento hacia Justin: sólo existía la criatura que cargaba contra ella, el suelo debajo de la barbilla y la boca llena de tierra.
Ya se había resignado a morir cuando el último árbol cayó encima de la espalda de la mantis aplastándola contra el suelo a tal velocidad que Cameron no pudo seguir el movimiento con los ojos.
Un enorme tronco ocultaba a la criatura de la vista, pero Cameron oyó que sus chillidos se transformaban en un ronco silbido. El aire se llenó de hojas y polvo y de un impresionante silencio que se rompía sólo ocasionalmente por un movimiento de la mantis. Cameron lo oía a pesar de cómo le silbaban los oídos.
Cameron volvió a enfundar el cuchillo en la parte trasera de los pantalones e intentó ponerse de pie, pero sintió tal dolor en la espalda que cayó al suelo con un grito. No sentía su cadera y la pierna no le respondía cuando intentaba moverla. Se arrastró hacia delante clavando los dedos en la tierra en dirección al árbol caído que ocultaba a la mantis. Sentía la tierra como virutas de acero contra su estómago y unas cuantas piedras afiladas se le clavaron a través de la camiseta destrozada.
Al acercase oyó más fuerte los roncos silbidos de la mantis. Se agarró a un nudo del tronco y se impulsó hacia arriba de él. La mantis estaba tumbada de espaldas y el enorme tronco le había aplastado por completo el abdomen. Aunque la cabeza y el protórax sobresalían de debajo del árbol, las patas de presa se encontraban atrapadas por él, las púas aplastadas en la confusión de árbol, intestinos y tierra. Movía la cabeza ligeramente hacia delante y hacia atrás y abría la boca con esfuerzo.
Estaba agonizando.
Cameron intentó bajar por el otro lado del tronco, pero acabó cayendo. Aterrizó sobre la cadera y gritó de dolor al tiempo que los ojos se le llenaban de lágrimas. La vista se le volvió borrosa y luego se aclaró otra vez. Se arrastró hacia la criatura.
La mantis no podía levantar la cabeza del suelo. Su boca se abrió al ver a Cameron, como si intentara atacarla por su cuenta.
Cameron sentía el hedor de la podrida boca, pero acercó la cara a la de la mantis y vio su reflejo en el ojo sano de la criatura. Mientras observaba ese ojo negro supo, de alguna forma, que la mantis sabía que estaba perdiendo la vida.
La mantis forcejeó, intentó desesperadamente levantar la cabeza para atrapar a Cameron entre sus mandíbulas. Pero estaba demasiado débil: sólo consiguió girar ligeramente la cabeza de un lado a otro. Cameron alargó la mano hacia el arpón que sobresalía y tuvo que apoyarse en la mantis. El pelo rubio le caía por las mejillas. Tenía el mentón lleno de saliva y sangre y parte de ella cayó en la boca de la mantis. Cameron agarró el arpón con ambas manos y tiró de él levantando la cabeza de la mantis. Con todas sus fuerzas acabó de clavarlo golpeando la cabeza de la mantis contra el suelo. La mantis abrió la boca en un horrible silencio. El arpón se había clavado en la cabeza de la criatura con un suave crujido.
Cameron sintió en las manos el temblor de la mantis y, luego, las convulsiones. El frotar de la cutícula contra el tronco del árbol, que en aquel momento formaba parte del abdomen. Todavía tenía la boca abierta cuando dejó de temblar y la cabeza le cayó a un lado.
Cameron escupió sangre al suelo y empezó a sollozar. Lloró tumbada sobre el estómago. Las lágrimas abrían surcos en la suciedad del rostro. Aún tenía las manos agarradas al arpón.
Cameron bajó la cabeza y la dejó reposar sobre los antebrazos mientras luchaba por mantener el control y apretaba los labios para que dejaran de temblarle.
El cuchillo de Savage todavía estaba en el mismo lugar donde había caído, cerca de ella. Cameron cerró una mano alrededor de la negra empuñadura como si pudiera obtener fuerzas de ella. Levantó el brazo dolorido y clavó el Viento de la Muerte encima del tronco que aplastaba a la criatura. El cuchillo, vertical, parecía la cruz de una tumba.
Pensó en Justin e intentó levantarse, pero no pudo. Se le escaparon unos cuantos sollozos que le sacudieron el pecho. Rodó hasta quedar de espaldas. Las estrellas en el cielo brillaban en una maravillosa composición de puntitos amarillos.
La oscuridad la reclamó.
La carretera al canal, un camino mal pavimentado que atravesaba Santa Cruz en dirección al extremo norte de la isla, era una extensión de cuarenta y dos kilómetros de desorden. Los baches y las grietas reducían la velocidad del camión a un penoso avance nocturno. Unas cuantas veces Diego tuvo que detenerse para no meterse en una fisura y esperar a que Ramoncito y Rex sacaran dos placas del suelo del camión y cubrieran con ellas la fisura. Una vez tropezaron con un bache con bastante fuerza y Rex creyó que habían destrozado un neumático, pero el camión siguió avanzando.
Después de lo que les pareció toda una vida, bajaron por la pendiente de la colina hacia el muelle del canal Itabaca. Al otro lado de las oscuras aguas brillaban las luces del aeropuerto de Baltra.
El camión se detuvo y todos saltaron fuera.
Rex miró las aguas y maldijo.
– Me olvidé de esto -dijo-. No hay ningún bote. ¿Qué vamos a…? -Miró alrededor y Diego ya se había quedado en calzoncillos.
Diego metió la cabeza en el camión y agarró las esposas que colgaban del espejo retrovisor.
– Voy a detener ese avión aunque tenga que esposarme a él -dijo. Dio unos cuantos pasos a la carrera y se zambulló en el agua con elegancia.
Ramoncito gruñó y empezó a desvestirse. Rex le miró un momento antes de imitarle.
Cameron se despertó al notar el aire que levantaban las hélices del helicóptero. Guiado por las luces estroboscópicas, avanzó por encima del camino y aterrizó en el campo que se encontraba entre el campamento base y la vesícula de aire. Un soldado se encontraba sentado detrás de la M-60 montada en la puerta.
Tres figuras salieron del helicóptero y corrieron hacia ella bajo la amarilla sábana de la luz del foco. En los brazos llevaban unas tiras blancas con una cruz roja. Al ver el cuerpo de la mantis debajo del árbol se pararon en seco con las Beretta a punto. Uno de ellos gritó algo al artillero y dos hombres salieron con lanzallamas. Cameron tosió: tenía la garganta llena de sangre y tierra.
Los lanzallamas cobraron vida y acabaron con los restos del virus del campamento base. Cameron levantó una mano exhausta e irguió dos dedos; luego señaló en dirección a la casa de Ramón y Floreana y hacia el congelador de especímenes: los dos lugares que necesitaban ser esterilizados con fuego. Uno de los soldados asintió con la cabeza y corrió por el camino con el lanzallamas entre las manos. Cameron se dio cuenta de que todo eso sólo tenía sentido si las muestras de agua habían salido limpias.
Dos figuras se aproximaron con cautela, con los ojos fijos en la criatura, y colocaron a Cameron en una camilla. Cameron intentó hablar, decirles que Justin se encontraba enterrado, pero tenía la garganta llena de tierra y no pudo emitir ningún sonido. A pesar de sus protestas, ellos la llevaron rápidamente aunque con cuidado hacia el helicóptero. Detrás de ella, un lanzallamas acababa con el cuerpo de la mantis.
Читать дальше